Evelyn Bellamy ha vivido toda su vida bajo un nombre que quizá nunca le perteneció. Cuando una antigua fotografía, una cinta azul y una serie de muertes inexplicables despiertan recuerdos que creía perdidos, descubre que su pasado esconde una verdad capaz de destruirlo todo. Ahora deberá descubrir quién es realmente antes de que alguien silencie la verdad para siempre.
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Capítulo 5: El nombre que falta
El reloj terminó de marcar las seis.
Evelyn seguía frente a su madre, incapaz de apartar los ojos de ella.
—¿Qué significa que mi padre no me crió? —preguntó.
Lady Beatrice se secó las lágrimas con rapidez, como si lamentara haber permitido que su hija la viera llorar.
—Significa exactamente lo que dije.
—No. —Evelyn negó con la cabeza—. No después de todo lo que ha ocurrido. Quiero una explicación.
Beatrice miró hacia Alistair.
—Esto no te concierne.
—Mi hermano murió investigándolo —respondió él—. Ahora sí me concierne.
Evelyn notó algo en la expresión de su madre.
No era miedo a Alistair.
Era miedo de lo que pudiera contar.
—Quiero hablar con mi madre a solas —dijo Evelyn.
Alistair la observó unos segundos antes de asentir.
—Estaré en la biblioteca.
Cuando se marchó, Evelyn cerró la puerta del salón.
—Ahora sí.
Beatrice caminó hasta una pequeña mesa y se sirvió agua.
Le temblaban las manos.
—Cuando naciste, tu padre y yo recibimos una visita.
—¿De quién?
—De la familia Vale.
Evelyn sintió que el nombre volvía a perseguirla.
—¿Por qué?
—Porque habían perdido a alguien.
—¿A quién?
Su madre bajó la mirada.
—A una niña.
Evelyn recordó la fotografía.
La cinta azul.
La mano pequeña que había sentido dentro de la suya.
—La otra niña.
Beatrice asintió.
—Sí.
Durante unos segundos no se escuchó nada.
—¿Quién era?
—Su nombre era Eliza.
Evelyn repitió el nombre en voz baja.
Eliza.
Por alguna razón, aquella palabra le resultaba familiar.
—¿Era hija de los Vale?
—No.
La respuesta llegó demasiado rápido.
—Entonces, ¿de quién?
Beatrice no respondió.
Evelyn dio un paso hacia ella.
—Mamá.
—No puedo.
—¿No puedes o no quieres?
Beatrice levantó los ojos.
—Ambas.
Evelyn sintió que la rabia reemplazaba al miedo.
—Toda mi vida me dijiste que debía ignorar los rumores. Que los hombres morían por desgracia. Que mi padre murió dejándome una familia que protegería. Y ahora descubro que ni siquiera sé quién me crió.
—Yo te crié.
—Pero no me respondes quién soy.
La expresión de Beatrice se quebró.
—Eres mi hija.
—Eso no es lo que pregunté.
Beatrice se acercó y tomó la cinta azul de la mesa.
La sostuvo entre los dedos.
—La llevabas la noche que Eliza desapareció.
Evelyn cerró los ojos.
Un recuerdo apareció.
Dos niñas.
Una puerta.
Una voz masculina.
Y una frase:
“Solo una de ustedes puede volver a casa.”
Abrió los ojos bruscamente.
—¿Qué pasó esa noche?
Beatrice soltó la cinta.
—Hubo un incendio.
—¿Dónde?
—En la propiedad de los Vale.
Evelyn se quedó inmóvil.
—¿Y Eliza?
—Desapareció.
—¿Y yo?
Beatrice no contestó.
Eso fue respuesta suficiente.
Evelyn retrocedió.
—¿Yo también desaparecí?
—Durante tres días.
El mundo pareció inclinarse.
—¿Tres días?
—Te encontraron cerca del río.
—¿Sola?
Beatrice negó lentamente.
—No.
Evelyn esperó.
—Había un hombre contigo.
—¿Quién?
Beatrice miró hacia la puerta.
—Nunca supimos su nombre.
Un golpe seco sonó desde la biblioteca.
Evelyn se volvió inmediatamente.
Alistair.
Corrió hacia allí.
Encontró la puerta abierta y el diario de su hermano sobre el suelo.
Alistair estaba junto a la ventana.
—¿Qué pasó?
—Alguien entró.
Evelyn miró alrededor.
Nada parecía faltar.
Hasta que Alistair se agachó y recogió una hoja.
—Esto estaba escondido dentro del diario.
Era una página arrancada.
Evelyn se acercó.
La letra era la misma de las otras anotaciones.
Eliza no desapareció aquella noche.
La encontraron.
Pero no era la niña que todos buscaban.
Alistair siguió leyendo.
Su expresión cambió.
—¿Qué dice? —preguntó Evelyn.
Él levantó la mirada.
—Que la niña que regresó a casa no era Eliza.
Evelyn sintió un escalofrío.
—Entonces era yo.
Alistair negó.
—No.
Evelyn lo miró, confundida.
—¿Qué quieres decir?
Alistair le entregó la página.
En la parte inferior había una última frase.
Evelyn la leyó.
Una vez.
Dos.
Y una tercera.
“La niña que regresó no era Evelyn Bellamy.”
El aire abandonó sus pulmones.
—Eso no tiene sentido.
Alistair permaneció frente a ella.
—Hay algo más.
—¿Qué?
—Mi hermano escribió quién era realmente.
Evelyn apretó la página.
—¿Quién?
Alistair tardó unos segundos en responder.
—Eliza.
Evelyn sintió que el corazón se le detenía.
—¿Estás diciendo que...?
—Estoy diciendo que, según mi hermano, la niña que volvió a la mansión Bellamy después del incendio...
Alistair bajó la voz.
—era Eliza.
Evelyn miró hacia la puerta.
Su madre estaba allí.
Había escuchado todo.
Y no lo negó.