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ANTES DE QUE TE VAYAS

ANTES DE QUE TE VAYAS

Status: En proceso
Genre:Romance / CEO / Matrimonio arreglado
Popularitas:887
Nilai: 5
nombre de autor: Daniela escalante Jiménez

Dedicó cada día de su vida en esa cocina a cumplir la promesa que le hizo a su hermana, la persona que más amaba y que el cáncer se llevó. Pero sin aviso, sin motivos claros, le dieron la despedida: ya no tenía lugar allí. Su mundo se vino abajo… hasta que le dijeron que tenía que preparar un último platillo.

El cliente era él: un hombre que llevaba tiempo desapareciendo poco a poco, porque su cuerpo se negaba a aceptar comida de nadie, a rechazar cualquier sabor que no viniera de esas manos. Al probar ese último bocado que ella cocinó con el corazón roto, todo cambió: fue la primera vez en meses que su cuerpo lo aceptó, que supo saborear de nuevo.

Ese día perdió su trabajo… pero encontró la única razón para volver a cocinar. Y él encontró a la única persona que podía devolverle la vida.

NovelToon tiene autorización de Daniela escalante Jiménez para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

CAPITULO 7 BIENVENIDO EN CASA

Cuando las puertas del aeropuerto se abrieron, el aire fresco de Canadá golpeó mi rostro, mucho más suave que el viento cortante de Alemania, con un aroma a pino y tierra mojada que me hizo cerrar los ojos un instante: olía a casa. Y allí, junto al bordillo, la vi: la camioneta negra brillando bajo la luz grisácea del atardecer, una unidad tipo pickup robusta, con cabina doble y caja abierta atrás, igualitas a las que solíamos ver en los caminos de de Alemania. Era la camioneta de papá.

Él estaba recargado en la puerta del conductor, con los brazos cruzados sobre el pecho, y al levantar la vista y verme, sus ojos se iluminaron tanto que se le llenaron de lágrimas sin que se diera cuenta. No esperé a que terminara de caminar: solté mi maleta en el suelo y corrí hacia él, y él me recibió abriéndome los brazos tan fuerte que casi me levantó del suelo, enterrando la cara en mi hombro. Olía a su jabón de siempre, a tabaco ligero y al aserrín del taller donde trabajaba.

—Mi niña… por fin estás aquí —susurró, apretándome más, como si temiera que fuera a desvanecerse.

Me separé un poco para mirarlo, acariciándole la barba canosa que le había crecido un poco más.

—Te extrañé muchísimo, papá —le dije con la voz entrecortada.

Detrás de mí, el silencio se hizo suave: mis cuatro amigos se habían quedado parados junto a sus equipajes, observando la escena con una sonrisa respetuosa, sin querer interrumpir ese momento que solo era nuestro. Entonces me acordé y me giré hacia ellos, tomando la mano de papá para acercarlos.

—Mira, papá, quiero presentarte a quienes se han vuelto mi familia allá —señalé uno por uno—: Él es Adrián, el que te he contado que habla mucho con Rosa. Y ellos son Enrique, Tim y Agustín.

Papá se enderezó, se sacudió la ropa y se acercó con paso firme, extendiendo la mano grande y callosa a cada uno.

—Mucho gusto, chicos. Pueden llamarme Abraham —dijo, y su voz grave sonaba cálida, aunque con ese tono serio que siempre ponía cuando conocía a gente nueva.

Cada uno le estrechó la mano con firmeza, mirándolo a los ojos: Adrián con una calma tranquila, Enrique con esa sonrisa abierta que lo caracterizaba, Tim con un gesto educado y Agustín asintiendo con respeto.

—El gusto es nuestro, señor Abraham —respondieron al unísono.

Subimos todo al vehículo: yo me senté en el asiento del copiloto, justo al lado de papá al volante, y los cuatro chicos se acomodaron en el asiento trasero, donde apenas cabían con sus estaturas —las rodillas les rozaban el respaldo de nuestros asientos, y se oía cómo se acomodaban riendo bajito para no chocar entre sí. El motor rugió con fuerza, y salimos a la carretera que nos llevaría hasta casa.

Al principio solo se escuchaba el ruido de las llantas sobre el asfalto y el viento golpeando las ventanas. Papá mantenía las dos manos en el volante, mirando fijamente el camino, y yo noté cómo apretaba los labios, como si estuviera buscando las palabras exactas. Finalmente, rompió el silencio:

—Oigan… una duda que me ha dado vueltas —dijo, sin dejar de mirar la carretera—. ¿Por qué no aprovecharon estas vacaciones para volver a sus casas? Seguro sus familias los extrañan tanto como yo a Camila.

Desde atrás, Enrique se inclinó un poco hacia adelante, apoyando los brazos en el respaldo de nuestro asiento.

—La verdad, señor —empezó con su tono amable—, queríamos aprovechar para conocer lugares nuevos, y Camila nos contó tanto de aquí que no pudimos resistirnos. Además, volveremos a clases y no saldremos de vacaciones hasta dentro de otros ocho meses. Era la única oportunidad que teníamos.

Papá asintió lentamente, y luego soltó un suspiro profundo, girando brevemente la vista hacia el espejo retrovisor para encontrarse con la mirada de Adrián. El ambiente en la cabina se volvió más denso, más serio; hasta los chicos dejaron de moverse, entendiendo que venía algo importante.

—Bueno… antes de que lleguemos a casa, quiero ser muy sincero con ustedes —empezó con voz pausada—. Supongo que hay confianza entre todos, y sé que Camila seguramente les ha contado cosas de nosotros. Adrián… especialmente contigo quiero hablar. Sé que has estado hablando con mi hija Rosa todos estos meses. Sé que eres un hombre responsable, y sí, tienes veinte años —volvió a mirarlo por el espejo, sin apartar la vista—. Yo nunca te he mirado mal, ni he dudado de ti…

—Mira, Adrián —, sé que no eres de los que juegan con los sentimientos de nadie. Pero tienes que saberlo: Rosa tiene cáncer. Le diagnosticaron cuando tenía seis años, y toda su adolescencia ha sido una lucha constante entre tratamientos, hospitales y días en los que no tenía fuerzas ni para levantarse. No es nada fácil para ella. Nunca ha tenido novio, nunca nadie se ha acercado a ella con intenciones serias, porque todos saben lo que pasa y se asustan. No quiero que te acerques, le llenes la cabeza de ilusiones y luego te vayas sin mirar atrás. ¿Entiendes lo que te digo?

Adrián, al escuchar esto en la camioneta, se inclinó hacia adelante hasta que su hombro rozó el respaldo del asiento donde yo iba. No se inmutó, no se puso a la defensiva; solo habló con una calma que lo hacía parecer aún más seguro de lo que era.

—Señor Abraham, sé perfectamente de lo que me habla. Camila me lo contó todo con mucho detalle, y lo he tenido muy presente desde la primera vez que hablé con ella.

Papá negó con la cabeza suavemente, levantando una mano para interrumpirlo.

—Déjame terminar, por favor —pidió, y su voz seguía siendo firme—. Sé que eres buena gente, y te agradezco que la trates bien. Pero Rosa es mi bebé. Es la más sensible de las dos, se ilusiona con muy poco y se rompe con facilidad. No quiero que le prometas cosas que no puedes cumplir, ni que la hagas creer que hay un futuro si no estás dispuesto a luchar por él.

Adrián sonrió, una sonrisa tierna y sincera que le iluminó los ojos oscuros, y negó con la cabeza antes de que papá terminara de hablar.

—Ya no tiene que preocuparse —dijo, y su voz sonó tan segura que hasta yo me quedé sorprendida—. Camila ya me dijo todo lo que necesitaba saber. Y le prometo algo: en estas dos semanas que estoy aquí, voy a pedirle que sea mi novia. No es una ilusión pasajera, ni un juego. Me enamoré de ella la primera vez que la vi en esa videollamada, con el sol en la cara y esos ojos tan dulces que tiene. No voy a irme a ningún lado sin ella, suegro.

Una risa se me escapó al escuchar la última palabra, y hasta papá esbozó una media sonrisa, aunque intentó mantener la seriedad. Luego giró la cabeza para mirarme de frente, arqueando una ceja, y miró de nuevo hacia atrás a los otros tres chicos: Enrique, Tim y Agustín, todos con más de veintidós años, de espaldas anchas y porte firme, que a simple vista parecían tener veinticinco o más. Al lado de ellos, con mis dieciocho años y mi estatura de metro sesenta y siete, yo parecía una niña pequeña entre gigantes.

—Y tú, hija —dijo papá, soltando una risa franca—, ¿por qué rayos tienes amigos tan grandes? ¡Parecen de mi edad!

Todos nos reímos al mismo tiempo, y la tensión que había llenado la camioneta se desvaneció por completo, dejando solo calidez y esa certeza de que, por fin, estábamos exactamente donde debíamos estar.

 

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