Algunas almas necesitan más de una vida para encontrarse...
Algunas promesas sobreviven al tiempo.
Algunas heridas nunca terminan de cerrar.
Y algunas maldiciones esperan pacientemente el momento de cumplirse.
Gideon Huxley lleva más de un siglo viviendo bajo el peso de un pasado que se niega a desaparecer.
Hasta que un encuentro fortuito despierta en él un recuerdo que creía perdido para siempre.
Porque quizá el destino no se haya equivocado de camino.
Quizá simplemente haya esperado cien años para volver a encontrarlos.
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El perfume
Una vez que Elara pasó, Gideon cerró la puerta con un chasquido suave que, una vez más, estremeció a la modista. Gideon notó el pequeño respingo que ella dio y suspiró, caminando con paso pausado hacia su escritorio.
—Toma asiento —le indicó. Luego, abrió el cajón y colocó sobre la madera, justo delante de ella, la cinta y el bolígrafo—. Esto es suyo.
—Gracias... —murmuró Elara, recuperando sus pertenencias con un sutil alivio.
—Señorita Davis, sé que ya aceptó las disculpas, pero...
En ese momento, llamaron suavemente a la puerta.
—Adelante —pronunció el magnate.
Tita entró, dejó las tazas de café sobre la mesa y, con una breve inclinación de cabeza, se alejó nuevamente, cerrando la puerta tras de sí.
Gideon le ofreció una de las tazas a Elara. Luego, se giró hacia el gran ventanal, contemplando el extenso jardín y, un poco más lejos, el curso brillante del río. Después de dar un par de sorbos en silencio, finalmente se volvió para encararla.
—Espero que acepte mis disculpas. Sé que no tengo justificación la ofendí sin conocerla y ahora soy consciente de la mala impresión que he dejado en usted.
—Está bien —respondió Elara de forma escueta, manteniendo su postura profesional.
—No, no lo está. Usted me rehúye como si fuera una peste.
—No es así, señor Huxley. Simplemente lo trato como a cualquier otro cliente.
—Dudo mucho que trate de esa manera a sus demás clientes —contraatacó él con suavidad, aunque tampoco quería presionarla demasiado—. Solo quiero que acepte mis sinceras disculpas, por favor. Sé que actué mal.
—Acepto sus disculpas, en verdad... Y si no me cree... —Elara se levantó de la silla y extendió su mano abierta hacia Gideon—. Elara Davis, modista profesional de la Casa de Modas Lebrun. Encantada.
Gideon sonrió apenas, fascinado por su determinación, y aceptó su mano, envolviendo sus dedos con firmeza.
—Gideon Huxley... Dueño de la joyería y portador de una maldición de más de cien años... —murmuró.
Las palabras quedaron suspendidas entre ambos.
Gideon frunció el ceño.
¿Por qué demonios había dicho aquello?.
Pero, para su absoluta sorpresa, Elara no se burló ni lo miró como si estuviera loco; simplemente asintió con la mirada perdida en los ojos de él. Rompió el contacto retirando su mano tras unos segundos, justo cuando la misma descarga ardiente volvió a atraparlos.
Después de terminar el café, continuaron con la toma de medidas. Gideon, consciente de la tensión de Elara, decidió cerrar los ojos y permanecer quieto, facilitándole el trabajo. Sin embargo, en ese preciso momento, el aroma del perfume de la modista lo invadió, arrastrándolo sin piedad hacia los recuerdos más puros de su juventud.
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Hacía más de un mes que Gideon ignoraba a las damas de Madame Delacroix. Pasaba sus tardes caminando por la plaza, buscando la compañía de Zahli.
Aquel día, al cruzar la fuente, no la encontró en su sitio habitual. Ya se había hecho una costumbre que ella lo interceptara y, ahora que no la veía, se sintió extrañamente desanimado. Al llegar a la siguiente calle, al fin la divisó y apresuró el paso para alcanzarla.
—¡Señorita Zahli!
Ella giró de inmediato al reconocer su voz.
—Joven Huxley.
—¿Ya se retiraba? ¿No hubo ventas el día de hoy?
—No, no es por eso. Es que madre me ha pedido que vuelva temprano.
—Oh. Entonces, déjeme acompañarla un poco más.
Zahli lo miró fijamente con aquellos ojos verdes que siempre parecían desafiarlo.
—¿Quisiera usted conocer un poco más de mí?
—¿Yo? —inquirió Gideon, sorprendido.
—Sí. Si le parece, lo invito a ver las fogatas.
Gideon dudó. Involucrarse más con ella era una imprudencia. Ya había recibido una severa reprimenda de su madre, quien se había enterado, por boca de algunas conocidas, de que lo habían visto conversando con la muchacha. Según los estrictos estándares de su familia, no estaba bien visto que un caballero como él, heredero de la única joyería de lujo de Chicago, se dejase asociar con una joven del pueblo romaní.
Pero, para él, el mundo ya comenzaba a reducirse a los ojos de Zahli. Su manera tan libre de expresarse llamaba poderosamente su atención. Para un joven educado bajo las normas más rígidas de la alta sociedad, pasear a su lado le devolvía, de algún modo, la libertad.
—Mi familia hará una fogata y habrá bailes —añadió ella—. Pero no le pediré que venga con los míos. Podríamos ver las hogueras desde el otro lado del río.
Gideon la escuchaba mientras una brisa suave movía la larga cabellera de la joven. El aroma a gardenias, mezclado con una esencia que no lograba reconocer, llegó hasta él y lo hizo cerrar los ojos por un instante, como si quisiera guardar aquella fragancia en su memoria.
No pudo negarse.
Acordaron encontrarse esa misma noche a la orilla del río.
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Cuando Elara tocó suavemente su pecho pronunciando su nombre, Gideon abrió los ojos sobresaltado, regresando de golpe al presente.
—Lo siento, no quise asustarlo —se disculpó Elara, retirando la mano de inmediato al notar su agitación.
—Perdón, me distraje... —admitió él, frotándose levemente las sienes para disipar el eco de esos recuerdos—. ¿Qué me decía?
—Le preguntaba si tiene algún color en específico en mente para el traje —explicó ella, retomando su libreta de notas—. ¿O prefiere que lo elija también yo?
—Podría ser gris... —murmuró Gideon, aún un poco aturdido.
Mientras pronunciaba las palabras, el aroma volvió a rozar sus sentidos, era el perfume de Elara, que flotaba en el despacho cada vez que ella daba un paso hacia él.
Elara lo observó con atención, notando el rastro de agitación en sus ojos azules, luego anotó la especificación en su libreta.
—Gris marengo, entonces —sugirió ella en voz baja, intentando romper el hechizo del ambiente—. Con un sutil tramado diplomático. Le aportará una distinción impecable para la ocasión, señor Huxley.
—Me parece una elección perfecta, señorita Davis —respondió Gideon, recuperando la compostura y clavando su mirada en ella.
—Bueno, entonces le estaré avisando para la primera prueba y...
—No pensará irse a esta hora, señorita Davis —la interrumpió Gideon, dando un paso al frente que acortó la distancia entre ambos.
Elara se detuvo, aferrando su maletín contra el pecho con un ademán defensivo.
—Agradezco la invitación, señor Huxley, pero me tendrá que disculpar con la señorita Charlotte, aún tengo trabajo en el taller.
—Entiendo —respondió, pero lejos de darse por vencido, caminó hacia el teléfono de su escritorio—. Entonces déjeme avisarle al chófer. Iremos juntos; tengo un asunto pendiente en la joyería.
Elara contuvo un suspiro de frustración. Por más que intentaba mantener una distancia estrictamente profesional, él siempre encontraba la manera de reducirla, obligándola a compartir con él un viaje de regreso a la ciudad que prometía ser largo y tenso.
Al volver, el interior del coche estaba sumido en un silencio denso. Elara se distrajo nuevamente contemplando el paisaje sereno a través del cristal, olvidando por momentos la profunda incomodidad de tenerlo tan cerca. Gideon, sin embargo, era un auténtico torbellino de pensamientos. No lograba comprender el extraño e irracional sentimiento que le producía estar al lado de ella, ni esa urgencia incontenible por descifrar su origen; cuanto más deseaba saber, más sentía que se le escapaba de las manos.
Además, se sentía completamente abrumado por el aroma de su perfume, que había inundado por completo la parte trasera del vehículo. La observó de reojo por unos minutos en silencio y, finalmente, echó la cabeza hacia atrás sobre el respaldo de cuero, repasando una vez más aquel idílico recuerdo con Zahli.
Cuando llegaron al taller, Mila iba ingresando al edificio junto a un grupo de compañeros que regresaban del almuerzo. Al ver el imponente automóvil de lujo de los Huxley estacionarse junto al cordón de la acera, no le causó mayor sorpresa saber quién venía dentro. Sin embargo, en el instante en que vio al mismísimo Gideon Huxley bajar del vehículo para abrirle personalmente la puerta a Elara, la impresión fue tal que por poco deja caer el refresco que traía en la mano.
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