Daniela lo tiene todo: belleza, carisma y un futuro brillante como la mejor estudiante de su clase. Pero la perfección es una fachada frágil. Cuando un secreto familiar sale a la luz, el mundo que conocía se desmorona, dejándola atrapada en una red de mentiras y una traición devastadora de la persona que más amaba. Frente a un destino que ya no reconoce, Daniela deberá tomar una decisión radical: aceptar la derrota o transformarse en alguien que nadie esperaba.
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Capítulo XX Deseo reprimido o celos injustificados
La suite principal quedó sumida en un silencio vibrante y pesado tras el violento corte de la llamada. Leonardo arrojó el teléfono sobre las sábanas con un gesto lleno de desprecio y, sin dirigirle una sola palabra a Daniela, caminó a zancadas firmes hacia el cuarto de baño, cerrando la puerta detrás de sí con un golpe sordo que pareció hacer temblar los lujosos muros de la habitación.
Por dentro, él era un auténtico volcán en erupción. Mientras abría la llave del agua fría y se apoyaba contra el mármol del lavamanos, la furia le nublaba el juicio. No era solo el odio que sentía hacia Diego por el pasado; era algo mucho más perturbador y punzante. El titubeo de Daniela antes de contestar, la forma en que se había quedado congelada al ver el nombre en la pantalla... todo eso lo llevaba a una única y exasperante conclusión: pensaba que su esposa todavía guardaba algún sentimiento por su hermano. La sola idea de que ella pudiera extrañar los brazos del miserable trepador que la había desechado le retorcía las entrañas con unos celos posesivos que se negaba a admitir.
Fuera, ajena al torbellino que consumía a su esposo, Daniela se quedó sentada en medio de la inmensa cama King Size. Encogió las piernas de forma inconsciente, abrazando sus rodillas mientras clavaba la mirada en un punto fijo de la alfombra, procesando el absoluto caos en el que se había convertido su vida en cuestión de días.
Sentía que la presión la estaba asfixiando. No solo estaba atrapada en un matrimonio falso con un hombre tan fascinante como peligroso, envuelta en una guerra familiar de sangre que apenas lograba comprender, sino que además el vacío profesional la estaba consumiendo. Llevaba ya demasiado tiempo alejada de los pasillos del hospital, de las emergencias, de su verdadera vocación como médico. La inactividad, sumada al encierro en aquella imponente mansión blindada, la estaba volviendo loca, haciéndola sentir pequeña e inútil en un juego donde todos parecían tener el control, menos ella.
La puerta del baño se abrió de golpe. Leonardo salió sin camisa, con el cabello revuelto y la mirada gélida, dispuesto a descargar la tormenta de reproches que llevaba conteniendo.
—¿Te dolió escucharlo, doctora? —soltó él con una ironía cortante, deteniéndose al pie de la cama—. ¿O es que acaso estabas esperando que tu gran amor viniera a rescatarte de mis garras para devolverte a tu perfecta e hipócrita vida con los Talavera?
Daniela alzó la cabeza de inmediato, y la frustración acumulada estalló en sus ojos. Se bajó de la cama, plantándose frente a él sin un ápice de temor.
—¡Eres un cínico, Sterling! ¡No te atrevas a hablar de mis sentimientos cuando no sabes absolutamente nada de mí! —exclamó ella, con la voz entrecortada por la indignación—. Lo único que me duele es estar encerrada en esta maldita farsa mientras mi vida y mi carrera en el hospital se caen a pedazos. ¡No siento nada por Diego, pero al menos con él no tenía que jugar a ser el peón de un psicópata obsesionado con la venganza!
—¡Cállate! —rugió Leonardo, acortando la distancia entre ambos con un paso felino que la obligó a retroceder contra la columna de la habitación.
—¡No me voy a callar! Estoy harta de tus celos absurdos, de tus amenazas y de tu...
Las palabras de Daniela quedaron sepultadas en su garganta. Leonardo, completamente cegado por el impulso, la rabia y una necesidad desesperada de borrar cualquier rastro de otro hombre de la mente de ella, la tomó de la nuca con una mano firme y posesiva, atrayéndola hacia su cuerpo con una fuerza que le quitó el aliento. Sin pedir permiso, unió sus labios con los de ella en un beso brutal, cargado de una pasión salvaje e incontrolable.
Daniela ahogó un gemido de sorpresa contra su boca. Intentó golpear su pecho con las manos para apartarlo, enfurecida por su audacia, pero el toque ardiente de la piel desnuda de Leonardo y la arrolladora intensidad con la que él la reclamaba hicieron que su resistencia se desmoronara en un parpadeo. Sus labios, traicionando su propia cordura, cedieron por completo, abriéndose para recibirlo mientras se aferraba a sus hombros anchos. El beso dejó de ser una disputa para convertirse en un incendio mutuo; se devoraban con la urgencia de quienes se odian con la mente pero se necesitan con el cuerpo, perdiendo por completo el control en medio de la habitación iluminada por el sol de la mañana.