Scarlett Harrington lleva tres años casada con Ethan Collins. Durante todo ese tiempo creyó tener el matrimonio perfecto, construyendo un hogar junto al hombre que amaba y en quien confiaba plenamente.
Sin embargo, todo cambia el día que regresa antes de lo previsto de un viaje de negocios para sorprender a su esposo. La sorpresa termina siendo para ella cuando encuentra a Ethan en la cama con su propia mejor amiga. En un solo instante, el amor, la confianza y los sueños que había construido se hacen pedazos.
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Capitulo 1
El sol de la tarde bañaba la sala de su casa, con esos tonos dorados que hacían resaltar cada detalle que Scarlett y Ethan habían elegido juntos: los muebles de madera clara, las cortinas de lino que ella misma había cosido, las fotografías enmarcadas de su boda y de sus viajes. Scarlett terminaba de acomodar el último plato en la mesa, con una sonrisa que no se le borraba de los labios. Tres años de casada, y sentía que cada día amaba más al hombre que tenía al lado.
Escuchó el sonido de la puerta abriéndose, y se giró de inmediato. Ethan entró sacudiendo un poco la ropa, pero al verla, su rostro se iluminó.
—¿Ya estás lista para irte? —preguntó él, acercándose para tomarle la mano y besarle la frente con ternura.
—Faltan solo unos detalles —respondió ella, apretando su mano—. No puedo creer que por fin vayas a esa reunión en Barcelona. Sé que te costó mucho conseguir ese contrato.
Ethan soltó una risa suave, y la atrajo hacia sus brazos.
—Todo lo que he logrado, lo he logrado pensando en nosotros. En este hogar que construimos juntos. ¿Sabes? A veces me despierto por la mañana y te miro, y pienso que no me merezco tanta suerte.
Scarlett apoyó la cabeza en su pecho, escuchando el latido de su corazón, y sintió que no existía nada más perfecto en el mundo.
—Yo soy la afortunada —susurró—. Tres años, Ethan, y sigo sintiendo mariposas cada vez que me miras así. Nunca pensé que el amor pudiera ser tan tranquilo, tan seguro… tan nuestro.
Él la separó un poco para mirarla a los ojos, pasando el dedo por su mejilla con infinita dulzura.
—Te prometí el día de nuestra boda que jamás te haría daño. Que siempre serías mi prioridad. Y sigo cumpliendo esa promesa, cada segundo de mi vida. No hay nadie más en este mundo para mí que no seas tú, Scarlett. Nadie.
—¿Me lo prometes de nuevo? —preguntó ella, con una media sonrisa, aunque en el fondo no tenía ninguna duda.
—Te lo prometo con toda mi alma —aseguró él, sellando sus palabras con un beso lento y profundo, que ella recibió con todo el amor que le cabía en el pecho—. Volveré en tres días. Y cuando regrese, haremos esa cena especial que tanto queremos. Solo tú y yo.
—Te estaré esperando —dijo ella, mientras le ayudaba a acomodar la maleta—. Y cuando vuelvas, te tendré una sorpresa.
—¿Una sorpresa? —Ethan arqueó una ceja, divertido—. ¿Acaso puede haber algo mejor que volver a verte?
—Ya lo verás —respondió Scarlett con complicidad—. Ahora vete, o perderás el vuelo. Y no quiero que pierdas ese contrato por mi culpa.
Ethan le dio un último abrazo fuerte, tan apretado que casi le cortaba la respiración, pero que ella sintió como el refugio más seguro del mundo.
—Te amo, Scarlett Harrington. Más de lo que las palabras pueden decir.
—Y yo a ti, Ethan Collins. Con todo mi corazón.
Lo vio salir hacia el taxi, agitando la mano hasta que el vehículo desapareció al final de la calle. Cerró la puerta, y se quedó un momento apoyada en ella, con la sonrisa aún en los labios, convencida de que su matrimonio era realmente intocable. No tenía ni la más mínima idea de que ese beso, esas promesas, serían el último recuerdo de la vida que creía tener.
El sol comenzaba a ocultarse, tiñendo las paredes de su hogar de tonos anaranjados, y Scarlett no podía evitar sonreír cada vez que miraba las fotos que adornaban la repisa: el día que se conocieron en la universidad, su primera cita, el viaje a la playa donde él le pidió matrimonio, y por supuesto, su boda. Pasó su dedo suavemente por el rostro de Ethan en una de las imágenes, y sintió que el corazón se le llenaba hasta rebosar.
Se sentó en el sofá, tomó su teléfono y no tardó en marcarle; apenas sonaron dos tonos, él contestó.
—¿Ya me extrañas tanto, mi vida? —se escuchó la voz de Ethan al otro lado, con ese tono cariñoso que siempre lograba ponerla nerviosa como la primera vez.
—Más de lo que crees —respondió ella con una risa suave, recostándose cómodamente—. Estaba revisando las fotos, y no puedo evitar pensar en lo afortunada que soy. A veces me parece un sueño, Ethan. Tres años y sigo sin entender cómo terminaste eligiéndome a mí entre todas.
Ethan soltó un suspiro tierno.
—¿Cómo puedes decir eso? —replicó él, con voz suave pero firme—. Fuiste, eres y serás la única que jamás me importó. Cuando te vi por primera vez en la biblioteca, supe que nadie más podría ocupar mi corazón. Nunca lo dudé, ni un solo instante.
—¿De verdad? —preguntó ella, aunque la certeza ya estaba en su pecho.
—¿Quieres que te lo repita mil veces? —se burló él con dulzura—. Te amo por tu forma de ser, por cómo me cuidas, por la paciencia que tienes conmigo cuando llego cansado, por la luz que traes a esta casa cuando entras. No hay nada en este mundo que cambiaría de lo que tenemos. Nada.
Scarlett sintió que se le llenaban los ojos de lágrimas de felicidad, y los secó rápidamente.
—Yo también te amo con toda mi alma —confesó—. A veces tengo miedo de que algún día todo esto desaparezca, de que sea demasiado bonito para ser verdad.
—Escúchame bien, Scarlett —su voz se volvió más seria, pero igual de tierna—: Nada va a cambiar. Lo que tenemos es fuerte, es real. He construido mi vida pensando en ti, en nosotros, en la familia que formaremos algún día. No dejes que el miedo te engañe, porque yo no voy a ir a ninguna parte. Estoy aquí, contigo, hoy y siempre.
—Perdóname… soy una tonta —dijo ella riendo entre lágrimas—. Es que te quiero tanto que a veces me da pánico perderte.
—Nunca me perderás —aseguró él con firmeza—. Y cuando regrese, te lo demostraré de mil formas diferentes. Te llevaré a cenar al restaurante que tanto te gusta, te regalaré esas flores que amas, y pasaremos todo el fin de semana sin salir de casa, solo abrazados. ¿Te parece bien?
—Me parece perfecto —respondió ella, sintiéndose la mujer más feliz del mundo—. Pero por favor, cuídate mucho en el viaje. No te quedes trabajando hasta tarde, y come bien, ¿entendido? No quiero que llegues enfermo.
—Sí, señora Harrington-Collins —bromeó él—. Haré todo lo que me ordenes. Y prometo llamarte cada noche antes de dormir, para darte las buenas noches como siempre.
—Y yo te contestaré cada vez —dijo ella con una sonrisa inmensa—. Te amo, Ethan. Cuídate mucho.
—Te amo más, Scarlett. Nos vemos en tres días.
Colgó la llamada, y Scarlett se quedó mirando el teléfono durante unos minutos, con la sensación de seguridad envolviéndola por completo. Se levantó, preparó una taza de té y se sentó junto a la ventana, viendo cómo caía la noche, convencida de que su matrimonio era, sin duda alguna, el más perfecto que jamás hubiera existido. No tenía ni idea de que esas palabras tan llenas de amor y promesas serían el último eco de una mentira que estaba a punto de derrumbarla por completo.