Renata Sinclair lleva años casada con un hombre que la mira como si fuera un mueble más de su casa. Sin caricias, sin besos, sin palabras dulces… ni siquiera de noche comparten la cama. El rechazo constante ha despertado en ella un fuego que no logra apagar: su cuerpo pide lo que su alma anhela, y la ausencia de afecto se transformó en un deseo incontrolable que la avergüenza y la consume. Desesperada por salvar su matrimonio y sanar esa parte rota de sí misma, acude a una consulta médica privada. Allí conoce al doctor Gabriel Sterling: hombre alto, imponente, mirada de acero y voz que la eriza con cada sílaba. Es autoritario, directo, exigente… y despierta en ella algo que ni su propio cuerpo logra entender. Cuando Renata se atreve a acercarse a su esposo una última vez, buscando recuperar lo que perdieron, recibe la humillación más cruel de su vida. Destrozada, volverá a los brazos —y a la cama— del doctor, sin imaginar que él oculta un secreto: detrás de esa bata blanca.
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Capítulo 13: Sin Vuelta Atrás
El vehículo se alejó de la mansión dejándola cada vez más pequeña en el retrovisor, y Renata no volvió la vista atrás ni una sola vez. Sentía el pecho ligero, extrañamente vacío y lleno a la vez, como si se hubiera quitado un abrigo pesadísimo que llevaba puesto desde hacía años. Gabriel entrelazó sus dedos con los suyos sobre el asiento, apretando con firmeza, y ese simple gesto le bastó para saber que no estaba sola. Nunca más lo estaría.
—Lo hiciste bien —le dijo en voz baja, acariciándole el dorso de la mano con el pulgar—. Con dignidad. Sin súplicas. Tal como eres.
—Tú me enseñaste a ser así —respondió ella con una media sonrisa—. Me enseñaste a valorarme cuando nadie más lo hacía. Ni yo misma.
Gabriel apartó la vista de la ventana y la miró con esa intensidad que la desarmaba entera.
—No te enseñé nada que no tuvieras ya dentro. Solo fui el primero en verlo.
El trayecto no fue al piso 22 ni a ningún hotel. Gabriel le explicó que su refugio secreto quedaba expuesto y era inseguro ahora. En su lugar se dirigieron a una residencia alejada del ruido del centro, en lo alto de una colina rodeada de árboles, una casa moderna de piedra y cristal que parecía fundirse con el paisaje. Discreta, sólida, protegida por muros altos y jardines inmensos.
—Nadie sabe de este lugar salvo mi equipo de confianza —le dijo al bajar del coche—. Aquí no hay periodistas, ni enemigos, ni pasado. Solo nosotros. Por ahora.
Al entrar, el silencio fue cálido y acogedor. Su equipaje fue llevado a una habitación principal que ocupaba toda una ala del piso superior: amplios ventanales que daban al bosque, luz natural inundando cada rincón, muebles de tonos neutros que invitaban al descanso. Renata recorrió el espacio con la yema de los dedos, sintiendo que por primera vez entraba en un hogar de verdad.
Gabriel se acercó por detrás y la rodeó con sus brazos, apoyando la barbilla en su hombro.
—¿Te gusta? ¿Te sientes a salvo?
—Contigo siempre —respondió ella, girándose entre sus brazos para mirarlo a los ojos—. Pero Gabriel… ¿qué viene ahora? El escándalo sigue creciendo, lo sé. Tus enemigos no se detendrán conmigo aquí escondida. No quiero ser tu carga. Quiero ser tu igual. Tu compañera en todo.
Gabriel le acarició la mejilla con una expresión seria y solemne.
—Jamás serás una carga. Eres mi fortaleza. Pero tienes razón: no podemos escondernos para siempre. En dos días hay una reunión extraordinaria de accionistas. Vengo a rendir cuentas, a responder acusaciones, a limpiar mi nombre… y a presentarte formalmente como la mujer a mi lado. ¿Estás lista para eso? ¿Para que te miren, te señalen, te estudien como si fueras una pieza de museo?
Renata respiró hondo y pensó en la chica asustada que entró temblando a su consultorio hace apenas unas semanas. Cuánto había cambiado. Cuánto había crecido.
—Estoy lista. Si tú estás conmigo, no hay mirada que me quiebre.
Gabriel la besó entonces, despacio, con una ternura profunda que le prometía protección eterna.
—Entonces prepárate. Porque cuando entremos juntos a esa sala, cambiará la historia. Nadie volverá a vernos igual.
Esa tarde y noche fueron solo suyos. Cerraron las puertas, apagaron los teléfonos, y el mundo quedó afuera, lejos, esperando. Cenaron algo ligero frente a la chimenea encendida, descalzos sobre la alfombra, hablando de todo lo que nunca se atrevieron a decir: de sus infancias solitarias, de sueños rotos y nuevos por cumplir, de miedos que solo el otro podía disipar. Y cuando la noche avanzó, la llevó a la cama con lentitud reverente, amándola como si cada vez fuera la primera y la última, grabando su nombre en su piel con besos que juraban eternidad.
Al amanecer, Renata se despertó sola en la cama. Se incorporó asustada un instante, pero lo vio de pie frente al ventanal, mirando hacia el horizonte donde empezaba a despuntar el sol, con la espalda erguida y la mano apretada en un puño a su lado. Se acercó descalza y le rodeó la cintura con los brazos desde atrás. Gabriel se relajó al instante al sentirla, posando su mano sobre las suyas entrelazadas en su vientre.
—¿Todo bien? —susurró ella contra su espalda.
—Todo —respondió él, aunque la voz le salió tensa—. Es solo que… sé lo que vienen. Sé lo que arriesgo. Y lo haría mil veces igual.
Renata apretó más fuerte, pegando su mejilla a su espalda.
—Entonces arriesguemos juntos. Siempre juntos.
Gabriel giró y la abrazó con fuerza, ocultando el rostro en su cuello, y por primera vez dejó ver ese peso que cargaba en soledad desde hacía tanto tiempo. Allí, en silencio, abrazados ante el amanecer, sellaron su pacto: lo que viniera, bueno o malo, se enfrentaría de la mano. Y nadie, absolutamente nadie, los separaría.