En un antiguo reino cubierto de secretos, el emperador Aurelius Devereaux vive bajo una maldición que lo convierte lentamente en el monstruo que todos temen. Frío, obstinado y poderoso, ha perdido toda esperanza de volver a sentir amor.
Cuando Seraphina, una joven cálida, hermosa y rebelde, es obligada a casarse con él para cumplir un antiguo pacto familiar, llega al enorme palacio sin imaginar el destino que la espera.
Aurelius la considera una molestia que amenaza su autoridad, mientras Seraphina solo ve en él a un hombre cruel y maldito. Sin embargo, la aparición de misteriosas rosas doradas anuncia que sus vidas están unidas por una magia más antigua que el propio imperio.
Ninguno sabe que Seraphina podría ser la única capaz de salvar al emperador… y romper la maldición que lo condena.
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Capítulo 23: La habitación imperial
Seraphina entró en la habitación de Aurelius acompañada por Mireya y dos sirvientes.
Sus baúles ya estaban allí, junto a los libros, vestidos y objetos personales que había traído de Valdoria. La habitación era enorme. Tenía paredes de piedra oscura, ventanales altos y una cama cubierta por cortinas negras y doradas. Frente a la chimenea había dos sillones y, junto a una de las ventanas, un escritorio lleno de documentos.
Seraphina observó la cama.
—¿Dónde dormiré?
Mireya señaló el lado izquierdo.
—La emperatriz ocupará ese lugar.
—¿Y el emperador?
—El lado derecho.
—¿Compartiremos la misma cama?
Mireya se sonrojó.
—Eso no me corresponde decirlo.
—Por supuesto que no.
Los sirvientes dejaron sus cosas y salieron. Mireya permaneció junto a la puerta, nerviosa.
—¿Queréis que me quede?
Seraphina miró hacia el corredor.
—No. Ve a descansar.
Cuando se quedó sola, caminó por la habitación. Había un retrato de Aurelius sobre la chimenea. En él aparecía mucho más joven, vestido con una túnica imperial y una corona demasiado grande para su cabeza. A su lado se encontraba una mujer de cabello oscuro.
Seraphina reconoció a la madre de Aurelius por el parecido entre ambos.
El niño del retrato no parecía un emperador. Parecía serio, pero también solitario.
—No deberías estar mirando eso.
Seraphina se volvió.
Aurelius estaba junto a la puerta. Se había quitado la capa y llevaba una camisa negra con las mangas dobladas. La luz del fuego marcaba la fuerza de sus brazos y la dureza de sus facciones.
—Es su madre —dijo ella.
—Sí.
—¿La quiso?
—Mucho.
—¿Qué le ocurrió?
Aurelius se acercó al escritorio.
—Ya conoces la respuesta.
—Quiero escucharla de usted.
—Se sacrificó para mantener dormida a la criatura.
Seraphina observó el retrato.
—¿Y usted nunca intentó salvarla?
—Era un niño.
—Pero ahora es el emperador.
—Y sigo sin poder devolverle la vida.
El tono de su voz apagó la provocación de Seraphina. Durante un momento, solo se escuchó el crepitar del fuego.
Aurelius dejó unos documentos sobre el escritorio.
—Puedes utilizar este lado de la habitación. Nadie entrará sin tu permiso.
—¿Ni usted?
—Yo ya estoy dentro.
Seraphina cruzó los brazos.
—No acepte mis disculpas y luego espere que sea amable con usted.
—No espero amabilidad.
—¿Qué espera?
Aurelius levantó los ojos.
—Que seas sincera.
—Entonces sea sincero usted primero.
—No es tan sencillo.
—Nunca lo es cuando se trata de usted.
Aurelius se acercó a la cama y retiró una de las cortinas. Había dos espacios separados por una distancia considerable, aunque ambos pertenecían al mismo lecho.
Seraphina lo miró con sorpresa.
—No dormiré ahí —dijo ella.
—Lo imaginé.
Aurelius señaló un diván situado junto a la chimenea.
—Yo dormiré allí.
—¿El emperador en un diván?
—El emperador puede dormir donde quiera.
—¿Y por qué no utiliza su cama?
—Porque esta noche no quiero que creas que mi orden fue una invitación.
Seraphina guardó silencio.
Aurelius tomó una manta y la dejó sobre el diván.
—No aceptaré otra disculpa —dijo.
—Ya lo sé.
—Pero tampoco utilizaré tu comentario como excusa para tocarte.
Seraphina levantó la mirada.
—¿Por qué me dice eso?
—Porque quiero que comprendas que compartir una habitación no significa que me pertenezcas.
La respuesta la sorprendió más que su enojo.
Seraphina se acercó a la ventana. Afuera, la luna iluminaba los jardines marchitos.
—Entonces quizá podamos sobrevivir una noche —dijo.
Aurelius se acomodó en el diván.
—No cantes victoria tan pronto.
Seraphina sonrió débilmente, pero ninguno de los dos logró dormir. Ella permaneció en la cama, observando el techo, mientras Aurelius contemplaba las llamas. La habitación estaba llena de tensión, pero también de una cercanía nueva que ninguno se atrevía a nombrar. Y cuando la medianoche llegó, ambos seguían despiertos, separados por unos cuantos pasos y unidos por un deseo que todavía no se atrevían a confesar.