Durante cinco años, Valentina lo dio todo por callar: un matrimonio que la humilló, una pierna que quedó coja, una hija sorda que crió sola… y un secreto que le partía el alma. Porque la pequeña Dulce no era hija de su despreciable exmarido. Era hija de Maximiliano Argüello, el magnate que la abandonó creyendo que ella lo había traicionado.
Cuando él regresa —más rico, más frío, más cruel—, le escupe las palabras que ella jamás olvidará:
—Esos ojos, cúratelos. Y a esa niña, déjasela a tu amante. No vaya a estorbarte para casarte con otro rico.
Valentina aprieta los dientes y sonríe. Que la desprecie. Que no sepa nada. Es mejor así.
Pero el destino es cruel con los secretos. Una prueba de ADN, un rumor envenenado, una enfermedad que ella esconde de todos… y de pronto el hombre que la trató como basura está de rodillas, con su hija en brazos, suplicando:
—Perdóname, Valentina. No sabía… No sabía nada. ¡No te mueras, por favor!
¿Y la verdad sobre su madre? ¿Sobre quién destruyó de verdad a las dos familias? Esa apenas empieza a salir a la luz… y hará temblar a toda la dinastía Argüello.
Demasiado tarde, magnate. Esta vez, la que decide soy yo.
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Capítulo 4
Capítulo 4: "A nadie le sirve una coja"
No le dio las gracias. No supo cómo.
Pasó la noche entera dándole vueltas a la cuenta saldada, a los doscientos pesos que ya no debía, a la forma absurda en que un favor de ese hombre le pesaba más que una deuda. A la mañana siguiente, en la cafetería del hospital, con un café aguado entre las manos, marcó a Camila.
—Comadre, te juro que si ese hombre cree que con pagar un suero te compra, yo misma voy y le aviento los doscientos pesos a la cara —ladró Camila del otro lado, fiel a su estilo—. ¿Quieres que vaya?
—No. —Valentina casi sonrió—. No hagas nada. Solo… necesitaba contárselo a alguien.
—Para eso estamos las comadres. —Camila bajó el tono, y por debajo del coraje le salió el cariño de siempre—. Oye. Cualquier cosa, cualquier día que tengas guardia doble, me dejas a la Dulce sin pena. Tú sabes que aquí en mi casa esa niña tiene su lugar. No andes cargándola por todo CDMX como si estuvieras sola, porque no lo estás.
A Valentina se le cerró la garganta. Era el tipo de cosa que no sabía recibir.
—Gracias, Cami.
Colgó y marcó otro número. El del licenciado Tamez.
—Licenciado, una pregunta. —Bajó la voz—. ¿Hay alguna forma de quedarme con la custodia de mi hija sin… sin una prueba de ADN? ¿Sin meter a nadie más?
La respuesta tardó. Cuando llegó, fue suave, casi con pena.
—Señora, siendo honesto: las probabilidades son prácticamente nulas. El señor Salazar está en el acta. Si él pelea y usted no demuestra lo contrario, un juez se va a inclinar por mantener las cosas como están. Necesitaría la prueba. No hay vuelta.
Valentina cerró los ojos. La prueba. Una sola prueba que podía darle a su hija, y al mismo tiempo quitarle todo lo demás.
Guardó el teléfono. No alcanzó a terminar el café.
Lo vio cruzar la cafetería directo hacia ella, con Ulises tres pasos atrás y la ciudad entera de traje encima. La gente se apartaba sin saber por qué se apartaba.
—Camina —dijo Maximiliano—. Te llevo.
—No hace falta. Tomo el camión.
—No te estoy preguntando.
La sacó casi del codo, sin tocarla más de lo necesario y sin soltarla tampoco, hasta el coche negro estacionado en la puerta de urgencias, en el mismo lugar de dos noches atrás. Ulises abrió la portezuela. Valentina subió porque montar una escena frente a sus compañeros le costaba más que obedecer.
El coche arrancó. Y entonces él empezó a hablar, mirando al frente, con esa voz baja y pareja que era peor que un grito.
—Mírate. —La recorrió de reojo—. Enfermera de gobierno. Cojeando. Cargando a una niña enferma de un hombre que te exhibe en un club. —Una risa sin nada de risa—. Esos ojos que no vieron venir nada, cúratelos. Y a la niña, déjasela a tu amante, no vaya a ser que te estorbe para casarte con otro rico que te mantenga.
Cada palabra era una piedra. Valentina miró por la ventanilla los edificios pasar y no contestó. No porque no tuviera qué decir. Porque sabía que cualquier cosa que dijera le iba a doler a ella, no a él.
Algo en ese silencio lo descompuso. Él giró de golpe, y antes de que el chofer alcanzara a reaccionar, la mano de Maximiliano subió y se le cerró en la garganta. No apretó hasta hacerle daño. Apretó lo suficiente para que ella sintiera el temblor que le recorría a él los dedos, la rabia que no sabía dónde poner, los cinco años que tampoco él había sabido cargar.
Valentina no se defendió. Lo miró a los ojos, muy de cerca, y dijo apenas:
—Di lo que quieras. Con tal de que te desahogues.
Maximiliano se quedó quieto. La mano se le abrió sola, como si la garganta de ella quemara. Se echó para atrás en el asiento, se pasó la palma por la cara, y por un segundo —ella lo vio— no hubo rabia en esa cara, hubo algo roto.
Pasaron dos semáforos en silencio. Luego, sin mirarla, con la vista clavada en el tránsito, soltó la pregunta que llevaba dos días masticando:
—Esa pierna. —Tragó saliva—. ¿Es cierto que te aventaste?
Valentina se volvió hacia la ventanilla. Afuera, un vendedor de chicles caminaba entre los coches.
—No sé de dónde saca usted sus historias, señor Argüello —dijo, y el usted volvió a levantarse entre los dos como una reja—. Me caí. La gente se cae.
Él no insistió. Pero las manos, sobre el volante imaginario que no tenía porque manejaba Ulises, se le cerraron en dos puños.
—¿Dónde está tu hija? —preguntó al fin, ronco.
—En el Colegio. Tengo que recogerla.
—Ulises. Al Colegio Montessori.
No volvieron a hablar en todo el camino.
Dulce salió del colegio con la mochila a rastras y el audífono ladeado, y al ver el coche grande abrió mucho los ojos. Valentina bajó a recibirla, la acomodó en el asiento, le enderezó el aparatito detrás de la oreja.
—¿Quién es el señor? —preguntó Dulce en voz alta, sin el menor disimulo, señalando a Maximiliano con la barbilla.
—Un conocido, mi amor. Nos dio aventón.
—Huele a cigarro —dictaminó la niña, frunciendo la nariz—. Mami dice que fumar es malo.
—Dulce. —Valentina contuvo una sonrisa—. No seas grosera.
—No soy grosera. Soy sincera. Tú dices que hay que ser sincera. —Dulce se acomodó la mochila en las piernas y sacó, muy orgullosa, una hoja arrugada—. Mira, mami, hoy dibujé a mi familia. La maestra dijo que dibujáramos a nuestra familia.
Valentina tomó la hoja y el aire se le atoró en el pecho.
En el dibujo había tres monitos tomados de la mano. Ella, con un vestido y el pelo café. Dulce, chiquita, en medio. Y al otro lado, un hombre alto, mucho más alto que los demás, dibujado de negro entero, sin cara, porque Dulce nunca le había visto la cara a su papá.
—Ese es mi papá —explicó la niña, señalando al monito negro—. Está de viaje. Por eso no le puse cara. Cuando lo conozca, se la pinto.
En el asiento de adelante, Maximiliano se había quedado muy quieto. No volteó. Pero por el retrovisor, sus ojos bajaron despacio hasta la hoja arrugada, hasta el hombre sin cara, y algo se le endureció en la mandíbula.
—Está precioso, mi amor —dijo Valentina, doblando el dibujo con dedos que no querían obedecer—. Guárdalo bien.
Por el retrovisor, los ojos de Maximiliano se cruzaron un instante con los de la niña. Algo se le movió en la cara que él mismo no entendió.
Las dejó en la esquina de la colonia Obrera. Valentina bajó a Dulce, le dio las gracias con un gesto de cabeza —seca, mínima— y se las llevó de la mano, cojeando un poco, calle adentro.
Maximiliano se quedó en el coche. Iba a decirle a Ulises que arrancara cuando lo vio.
En la tela oscura del asiento, donde había ido sentada la niña, había quedado un solo cabello largo y fino. Lo levantó entre dos dedos. Lo miró contra la luz que entraba por la ventanilla. Un pensamiento que no tenía nombre todavía empezó a abrirse paso en algún lugar muy hondo, como agua filtrándose por una grieta.
La portezuela se cerró con un golpe seco.
di la verdad de una y ya....