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Cancelé la boda y mi ex acabó en la ruina

Cancelé la boda y mi ex acabó en la ruina

Status: En proceso
Popularitas:14
Nilai: 5
nombre de autor: Irin_Kokh

El día de su boda, Alegra Valdés descubre que Sebastián Girón, el hombre por quien renunció a su apellido y a su fortuna, lleva meses engañándola.
Pero Alegra no piensa llorar frente al altar.
Delante de todos los invitados, revela la traición, cancela la boda y recupera la identidad que había ocultado: no es una mujer sin recursos, sino la verdadera heredera de una de las familias más poderosas de Santa Aurelia y una brillante investigadora farmacéutica.
Mientras Sebastián pierde su prestigio, su empresa y todo aquello que creyó tener asegurado, Alegra vuelve a empezar. Entonces aparece Damián Montero, su frío e insoportable director, con una propuesta inesperada: un matrimonio por conveniencia.
Lo que ella no sabe es que Damián lleva diez años protegiéndola en silencio.
Entre secretos familiares, conspiraciones científicas, enemigos dispuestos a destruirlos y un contrato que empieza a parecerse demasiado al amor, Alegra tendrá que decidir si está preparada para confiar de nuevo… esta vez en el hombre que nunca dejó de elegirla.

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Capítulo 5

Cap 5: El genio insoportable

El Instituto Nacional de Investigación Médica no parecía un lugar donde la gente fuera feliz.

Llegué a las siete cuarenta y cinco, quince minutos antes de la hora, y lo primero que vi fue a una mujer saliendo por la puerta principal con una caja de cartón en los brazos y los ojos rojos. Me miró al pasar, abrió la boca como si quisiera decirme algo, sacudió la cabeza y siguió caminando hacia el estacionamiento.

Bienvenida al instituto del hombre más difícil del país.

El edificio era impresionante: seis pisos de vidrio y acero, laboratorios de última generación visibles desde el vestíbulo, un silencio denso que olía a desinfectante y a ambición. En la recepción, una chica de pelo corto y lentes redondos me miró con la expresión de alguien que está a punto de darme malas noticias.

—¿Alegra Valdés?

—Sí.

—Julia Leyva, investigadora asociada. Me pidieron que te llevara arriba. —Bajó la voz—. Un consejo: no le hables antes de las diez de la mañana. No lo mires directamente cuando está concentrado. Y si te dice algo que suena cruel, no lo tomes personal. Se lo dice a todos.

—Suena encantador.

Julia me miró con la simpatía de alguien que ya pasó por esto y sobrevivió.

—Vas a necesitar café. ¿Quieres uno antes de subir?

—Americano sin azúcar.

—Perfecto. El director toma lo mismo. Al menos tienen algo en común.

El laboratorio de Damián Montero ocupaba todo el sexto piso.

Era el espacio de trabajo más ordenado que había visto en mi vida. Cada instrumento en su lugar, cada etiqueta impecable, los tubos de ensayo alineados con precisión milimétrica. Las paredes estaban cubiertas de pizarras blancas con fórmulas escritas en letra pequeña y apretada, la letra de alguien que piensa más rápido de lo que puede escribir.

Y en el centro del laboratorio, de espaldas a la puerta, estaba él.

Alto. Más alto de lo que parecía en la foto de credencial. Hombros anchos bajo una bata blanca que le quedaba como un uniforme militar. El pelo negro, corto, sin un mechón fuera de lugar. Las manos moviéndose sobre un microscopio electrónico con la precisión de un cirujano.

Julia carraspeó.

—Director Montero, la nueva investigadora asociada está aquí.

Silencio. Siguió mirando por el microscopio como si no existiéramos.

Diez segundos. Veinte. Treinta.

Julia me lanzó una mirada que decía «te lo advertí».

Damián Montero se enderezó. Se dio la vuelta.

Y me miró.

No como Sebastián me miraba, con esa sonrisa automática de hombre que sabe que es guapo y espera que lo notes. Damián Montero me miró como se mira una muestra bajo el microscopio: con atención fría, clínica, buscando defectos.

Ojos oscuros. Mandíbula recta. Una cicatriz pequeña sobre la ceja izquierda que no aparecía en ninguna foto oficial. Ni rastro de sonrisa.

—Valdés —dijo. No «señorita Valdés». No «doctora Valdés». Solo el apellido, seco como un dato—. Llegas temprano.

—Usted dijo a las ocho.

—Dije a las ocho. Son las siete cincuenta y dos. —Me sostuvo la mirada—. ¿Crees que llegar temprano me impresiona?

—No. Creo que llegar temprano me da ocho minutos para conocer el laboratorio antes de empezar a trabajar.

Algo cambió en su expresión. No mucho, apenas un parpadeo, una variación mínima en la presión de su mandíbula. Como si hubiera esperado una disculpa y en cambio recibiera un dato.

—Julia, vuelve a tu puesto —dijo sin mirarla.

Julia desapareció con la velocidad de alguien que ha aprendido que la invisibilidad es una habilidad de supervivencia en este piso.

Damián Montero caminó hacia una de las pizarras. Señaló una fórmula con el dedo.

—¿Qué ves?

Miré la pizarra. Era una estructura molecular compleja, un compuesto antiinflamatorio de nueva generación, a juzgar por la cadena lateral. Pero había algo raro en la configuración del tercer anillo.

—Un inhibidor de la COX-2 con un puente de hidrógeno atípico en la posición delta. La selectividad debería ser alta, pero el tercer anillo aromático tiene un sustituyente metilo que va a generar un metabolito hepático tóxico en dosis repetidas.

Lo dije sin pensarlo. Tres años diseñando fórmulas para Laboratorios Aurora me habían entrenado para leer estructuras moleculares como otras personas leen menús de restaurante.

Damián Montero no se movió. Me miraba con la misma expresión fría de antes, pero algo en sus ojos había cambiado, como una puerta que se abre un centímetro.

—¿Y tu solución?

—Sustituir el metilo por un grupo etilo fluorado. Mantiene la selectividad, reduce la toxicidad hepática en un setenta por ciento y no altera la biodisponibilidad oral.

Silencio.

—Eso es exactamente lo que el equipo anterior propuso —dijo Montero, cruzándose de brazos—. Hace seis meses. Y está equivocado.

—No si ajustas el pH de formulación a 6,8 en vez de 7,4. El grupo etilo fluorado es inestable a pH neutro, pero a 6,8 se cristaliza en una forma polimórfica más resistente. El equipo anterior no lo probó porque asumieron que el pH estándar era inamovible.

Montero me miró. Después miró la pizarra. Después volvió a mirarme.

—¿Cómo sabes que no lo probaron?

—Porque si lo hubieran probado, esa fórmula ya no estaría en la pizarra. Estaría en producción.

El silencio que siguió fue el más largo de la mañana. Montero se apoyó contra la mesa de trabajo, descruzo los brazos y los volvió a cruzar, como si su cuerpo no supiera qué postura tomar frente a algo que no esperaba.

—Interesante —dijo finalmente.

No «brillante». No «muy bien». Solo «interesante», con el tono de alguien que acaba de encontrar una anomalía en un experimento y todavía no sabe si es un error o un descubrimiento.

Fue la primera palabra que le escuché decir que no sonaba como un insulto.

El resto del día fue un ejercicio de supervivencia.

Montero me asignó una estación de trabajo en la esquina más alejada del laboratorio, la que tenía peor iluminación y una silla que chirriaba cada vez que me movía. Me dio acceso a la base de datos del instituto con un nivel de permisos tan bajo que apenas podía ver los índices de los artículos.

—Cuando demuestres que puedes leer, te dejo ver —dijo cuando pregunté.

A las doce, Julia subió con dos cafés y una expresión de asombro mal disimulada.

—¿Sigues viva?

—Creo que sí.

—Impresionante. La última persona que Montero puso en esa estación de trabajo duró cuatro horas. Se fue a almorzar y nunca volvió. —Me pasó el café—. Pero lo más raro es otra cosa.

—¿Qué cosa?

—Que discutió contigo. Diez minutos, sobre la fórmula de la pizarra. Eso no pasa. Normalmente mira las propuestas de los asistentes, dice «no» y sigue trabajando. Contigo se detuvo, te escuchó y te respondió punto por punto. En dos años trabajando aquí, nunca lo vi hacer eso.

No supe qué decir. Tomé un sorbo de café.

—A lo mejor solo quería demostrar que estoy equivocada.

Julia negó con la cabeza.

—Si pensara que estás equivocada, no habría perdido diez minutos. Te habría dicho «no» y ya. Montero no pierde el tiempo con gente que no le interesa.

A las seis de la tarde, recogí mis cosas. El laboratorio estaba vacío. Julia y los demás investigadores se habían ido hacía una hora. Solo quedaba Montero en su escritorio, escribiendo algo con la velocidad concentrada de un hombre que no sabe lo que es un horario de salida.

Caminé hacia la puerta.

—Valdés.

Me detuve.

—Mañana a las ocho. Examen de ingreso, parte teórica y parte práctica. Si no lo pasas, te vas. Sin discusión, sin segunda oportunidad, sin llamar a tu padre para que interceda.

Me di la vuelta. Montero ni siquiera me miraba, seguía escribiendo.

—El puntaje máximo es trescientos. La línea de aprobación es doscientos ochenta.

Doscientos ochenta. De trescientos. Eso no era una línea de aprobación, sino un filtro diseñado para que nadie pasara.

—¿Algo más? —pregunté.

Me miró. Solo un segundo, con esos ojos que parecían capaces de descomponer cualquier cosa en sus elementos más básicos.

—Sí. Mi récord personal es doscientos noventa y seis. Nadie lo ha superado.

La puerta se cerró entre nosotros.

Me quedé sola en el pasillo, con el eco de sus palabras y el sabor del café frío en la lengua. Doscientos noventa y seis. El genio más joven del país, retándome a superar su propia marca.

Saqué mi teléfono y empecé a caminar hacia la salida. Tenía catorce horas para repasar todo lo que sabía sobre farmacología avanzada, biología molecular y formulación de medicamentos.

Sonreí.

Iba a ser una noche larga.

Continuará...

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