Camila llega sola a Hollow Creek para olvidar la muerte de su madre. Su auto queda destrozado por trampas en el camino y encuentra a cinco jóvenes acampando. Pronto descubre que ese rincón de Texas esconde una familia que lleva generaciones aislada… y algo mucho más antiguo que ellos.
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Capítulo 1
El polvo no paraba de entrar.
Camila llevaba casi cuatro horas con la ventanilla cerrada y aún así sentía la tierra en los dientes. El aire acondicionado hacía un ruido raro, como si estuviera a punto de morir. Apagó la radio hacía rato. Solo quedaba estática y el sonido de las piedras bajo las ruedas. A veces el viento movía las ramas y el auto se llenaba de un silbido bajo, casi como un suspiro.
Había salido de Austin sin avisar a nadie. Dejó la llave debajo del felpudo, cerró la puerta con cuidado y se fue. La casa de su madre seguía igual: cajas sin abrir apiladas en el pasillo, la cama hecha con las sábanas que ya no olían a ella sino a hospital y a esa crema que usaban para las escaras. Camila no pudo quedarse una noche más. Cada vez que pasaba frente a la habitación sentía que la cama la miraba.
El cartel apareció de pronto, oxidado y torcido:
**Hollow Creek – 9 millas**.
El nombre le pareció estúpido. Un arroyo vacío. Como si alguien hubiera intentado ponerle nombre al silencio y se hubiera rendido a mitad de camino. Sonrió sin ganas. Su madre habría dicho algo como “qué sitio más raro elegiste para olvidarme”. Y después se habría reído con esa risa corta que usaba cuando intentaba no preocuparse.
Bajó la velocidad. El asfalto se había terminado hacía rato. Ahora era solo tierra y piedras sueltas que saltaban contra el chasis. Los árboles se juntaban por arriba y la luz del atardecer se filtraba roja, casi enferma. El polvo se levantaba detrás del auto como una cola larga y sucia. Notó algo brillando a un lado del camino. Parecía una malla de alambre o un resto de riego abandonado. Estaba medio enterrada, camuflada con hojas secas. No le dio importancia. Pensó que era basura de algún ranchero.
El golpe llegó sin aviso.
El auto saltó como si hubiera pisado un animal grande. El volante se le fue a la izquierda con fuerza. Escuchó el metal rechinando y el motor tosiendo como un animal herido. Frenó en seco. El coche se detuvo ladeado, con la rueda delantera izquierda completamente reventada. El parachoques quedó doblado hacia adentro. El aire se llenó del olor a goma quemada y a algo metálico.
Camila se quedó quieta. Las manos le temblaban sobre el volante. El corazón le golpeaba en los oídos. Bajó la ventanilla. El aire de fuera era más caliente y olía a hierba seca, a tierra caliente y a algo dulce, casi podrido. No se oía ni un pájaro. Ni el viento. Solo el tic-tic del motor enfriándose.
Abrió la puerta. El calor le pegó en la cara de golpe. Caminó hasta la parte delantera. Se agachó. Debajo del eje había cables gruesos y trozos de malla metálica enredados como si alguien los hubiera tejido a propósito. Estaban oxidados pero firmes. No era un accidente de la carretera. Alguien los había colocado ahí.
Miró alrededor. Solo árboles retorcidos y polvo. Ninguna casa. Ningún otro auto. El sol ya casi se había escondido detrás de las colinas. La luz se volvía grisácea, sucia. Sacó el teléfono. Cero barras. Lo levantó más alto. Nada. Lo intentó de nuevo, caminando unos pasos hacia un lado. La pantalla seguía en blanco. Lo guardó en el bolsillo trasero del pantalón con un gesto brusco.
Empezó a caminar.
No había otra opción. El camino seguía hacia adelante, más estrecho, más oscuro. Cada paso levantaba una nube de polvo que se le pegaba a la ropa y a la cara. El sudor le corría por la espalda. Pensó en su madre. En cómo le habría dicho que no fuera sola a un sitio así. En cómo le habría obligado a llevar agua y una linterna de verdad. Por primera vez en semanas no sintió culpa. Solo un cansancio pesado, como si llevara días sin dormir de verdad. Como si el cuerpo ya estuviera cansado de cargar con todo.
Detrás de ella, entre los árboles, algo se movió.
No corrió.
No gritó.
Solo se movió. Un crujido seco, como rama quebrada bajo un pie pesado.
Camila no se dio la vuelta. Apretó la mandíbula y siguió caminando. El polvo le entraba por la nariz. El silencio era demasiado grande, demasiado completo. Contó los pasos en voz baja para no pensar. Veinte. Treinta. Cincuenta.
A lo lejos, más adelante, creyó ver una luz débil. Como una linterna o el brillo de una fogata. Parpadeó. Seguía ahí. Naranja, temblorosa.
Caminó hacia ella.
Más rápido ahora.
El corazón le latía en la garganta otra vez, pero esta vez no era solo miedo. Era la necesidad de ver a alguien. A cualquiera.
hey y aparezco ahí, mi nombre también es Leo