Tres mujeres saltan por el tiempo transformando su dolor en poder. Sus vidas se cruzan sin saberlo. El pasado nunca fue tan presente.
NovelToon tiene autorización de analysi para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
Capítulo 7: El entre
El entre no era un lugar. Era la ausencia de todos los lugares al mismo tiempo. Valentina flotaba en una especie de niebla gris que no tocaba su piel pero la envolvía por completo. No había suelo, no había cielo, no había paredes. Sólo ella y un silencio tan profundo que dolía en los oídos.
—Me llamo Valentina —repitió, y su voz sonó apagada, como si alguien hubiera metido algodón en el aire—. Nací el 3 de junio de 1998. Mi abuela se llamaba Lucía.
El nombre de Lucía vibró en la niebla. Por un segundo, Valentina creyó ver una figura recortándose en la distancia. Caminó hacia ella, despacio, tal como le había indicado la piloto. No corrió. No gritó. Cada paso era como caminar sobre una esponja que se hundía y recuperaba la forma detrás de ella.
—Nora —llamó en voz baja—. ¿Estás ahí?
La figura se acercó. No caminaba. Se materializaba, como si la niebla la pariera en fragmentos: primero un hombro, luego una mano, luego la mitad de una cara. Valentina se obligó a no cerrar los ojos. Las instrucciones de la piloto resonaban en su cabeza: no importa cómo te mire.
Cuando Nora estuvo completa frente a ella, Valentina entendió por qué la piloto había dicho que estaba deformada.
Nora tenía la estatura de una mujer adulta, pero sus proporciones no eran humanas. Los brazos le llegaban casi hasta los tobillos, y los dedos eran demasiado largos, como ramas de un árbol enfermo. Su cara, sin embargo, era hermosa y a la vez aterradora: los ojos claros miraban en direcciones ligeramente distintas, y su boca sonreía de un lado mientras el otro lado permanecía inmóvil.
—Valentina —dijo Nora. Su voz sonaba a muchas voces superpuestas, como si estuviera hablando desde distintos tiempos al mismo tiempo—. Por fin. Te esperaba.
—¿Quién escribió el mapa? —preguntó Valentina sin rodeos, tal como se le había indicado.
Nora rió. Su risa era peor que su silencio. Era una risa que se quebraba y recomenzaba, que subía y bajaba de volumen sin razón aparente.
—El mapa lo escribió el tiempo —dijo—. Pero eso ya lo sabías. La pregunta correcta es otra.
—¿Cuál?
—¿Quién ordena el mapa? ¿Quién decide qué nombres van dónde? ¿Quién tejió el árbol de las heridas para que ustedes tres se encontraran justo ahora, justo acá?
Valentina sintió un escalofrío. No era la respuesta que esperaba, y eso la aterraba más que cualquier monstruo.
—No sé —admitió.
—El tiempo no tiene voluntad propia —dijo Nora, acercándose un paso. Sus dedos largos rozaron el aire cerca del brazo de Valentina—. Alguien lo está manejando. Alguien que aprendió a viajar antes que todas nosotras. Alguien que está tan podrido como yo, pero que nunca quedó atrapado. Alguien que se beneficia de las grietas.
—¿Quién?
Nora abrió la boca para responder, pero algo le impidió hablar. Su cara se contrajo en una mueca de dolor, y una luz blanca surgió de su pecho, atravesándola. Valentina dio un paso atrás.
—No puedo —gimió Nora—. El entre no me deja. Cada vez que intento decir su nombre, el tiempo me aprieta las cuerdas vocales. Pero puedo mostrarte.
Levantó una mano y, con un dedo demasiado largo, trazó una figura en el aire. La niebla se abrió como una cortina, y Valentina vio una escena que le heló la sangre.
Era un quirófano. No el abandonado donde había dejado a la piloto y a Clara enfermera. Era el quirófano de 1987, en llamas. Y en medio del fuego, una mujer de uniforme blanco estaba arrodillada frente a un niño desangrado. La mujer era Clara enfermera, pero más joven, con el pelo corto y los ojos llenos de humo.
Al lado de Clara, sin embargo, había otra figura. Una sombra. Una mujer vestida de negro que observaba la escena sin hacer nada, con los brazos cruzados. No era una de ellas. No era ninguna versión conocida.
—Ella —dijo Nora—. Ella es la que abre las grietas. Ella es la que alimenta el dolor. Y ella es la que escribió el mapa en el piso de ese quirófano para que ustedes lo encontraran.
—¿Por qué? —susurró Valentina.
—Porque las viajeras le sirven. Cada vez que una de nosotras salta, se libera energía. Ella la absorbe. Cuanto más viajamos, más fuerte se vuelve. Y quiere que viajen al 87. Quiere que intenten salvar al chico. Porque si lo intentan y fallan... la grieta original se va a agrandar tanto que el tiempo entero se va a romper.
La imagen en el aire se disolvió. Nora cayó de rodillas (una rodilla, en realidad, porque su cuerpo ya no era simétrico). Sus ojos claros se llenaron de lágrimas que no caían, que quedaban flotando en la niebla como pequeñas perlas grises.
—Volvé —dijo Nora—. Volvé y deciles que no vayan al 87. Deciles que es una trampa. La mujer de negro las va a esperar ahí.
—¿Cómo te salvo? —preguntó Valentina, aunque las instrucciones de la piloto le gritaban que no se quedara.
—No me salves. Salven el tiempo. Y cuando lo hagan... —Nora sonrió con su boca partida— ...acuérdate de mí. Porque si se acuerdan, existo. Si me olvidan, desaparezco del todo.
El espejo en el bolsillo de Valentina vibró. Era la señal de la piloto: tenía que salir ya.
—Me acuerdo —dijo Valentina, tocando el vidrio roto—. Me acuerdo, Nora. Te prometo que no te voy a olvidar.
La niebla la engulló. El vértigo. La caída hacia afuera. Y de repente, Valentina estaba otra vez en el quirófano, de rodillas, con el espejo roto en una mano y el cuaderno de Nora en la otra.
—¿Qué viste? —preguntó la piloto, ayudándola a levantarse.
—Una mujer de negro —respondió Valentina, con la voz rota—. Ella es quien maneja todo. Y si viajamos al 87, vamos derechito a su trampa.
Clara enfermera palideció.
—¿Entonces no viajamos?
Valentina negó con la cabeza.
—Viajamos. Pero no para salvar al chico. Viajamos para enfrentarla.