NovelToon NovelToon
Destinos Entre Sombras

Destinos Entre Sombras

Status: En proceso
Genre:Romance / Matrimonio arreglado / Amor-odio
Popularitas:734
Nilai: 5
nombre de autor: Benito Leal

Diane acepta un matrimonio por contrato para proteger el honor de dos familias, pero pronto descubre que el apellido Valcárcel está sostenido por chantajes, desapariciones y secretos nacidos frente al mar. Entre ella y Eduardo surge un sentimiento que ninguno estaba destinado a sentir. Años después, una tumba guarda la última verdad de Santa Lucía.

NovelToon tiene autorización de Benito Leal para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 21 - Dieciocho velas negras

Diane cumplió dieciocho años delante de dieciocho pequeñas llamas que su madre había ordenado mantener encendidas incluso después de que la cera comenzara a caer sobre el pastel.

—Una por cada año —explicó Damaris a los invitados—. Para que todos vean cuánto ha crecido nuestra niña.

La palabra niña produjo sonrisas alrededor de la mesa. Diane observó las velas. Eran blancas al principio, pero las mechas demasiado largas levantaban columnas de humo que se adherían a la cera derretida. Una tras otra, fueron adquiriendo bordes grises hasta parecer negras.

El nueve de septiembre de 1884, la mayoría de edad llegó vestida de azul pálido, con treinta y dos invitados y un notario sentado cerca del piano.

Damaris había organizado el almuerzo como si una fecha pudiera borrar la violencia de los meses anteriores. Había magnolias en las ventanas, músicos en la galería y tarjetas impresas con las iniciales de Diane entrelazadas con las de Eduardo. Todavía no era un anuncio de compromiso, insistía su madre. Solo una forma elegante de preparar a Santa Lucía para lo inevitable.

Ernesto brindó por la salud de su hija y por la prosperidad de dos familias unidas por el afecto y los negocios. Don Guillermo habló después. No mencionó el afecto.

—Hoy la señorita Díaz alcanza la edad necesaria para comprender plenamente las responsabilidades que la esperan —dijo.

Su bastón permanecía apoyado contra la silla. La cabeza de dragón apuntaba hacia Diane.

Eduardo no brindó.

Se encontraba a su derecha, vestido con el mismo negro que habría elegido para un entierro. Había llegado tarde y sin las flores reglamentarias. Cuando Damaris preguntó por ellas, respondió que algunos regalos no necesitaban marchitarse para demostrar que habían sido entregados.

La frase alimentó murmullos satisfechos. Diane, que empezaba a comprender su forma de hablar, oyó la resistencia oculta debajo de la cortesía.

Los regalos se abrieron después del postre.

Recibió un collar de perlas de sus padres, un juego de abanicos de Beatriz y una caja de plata de Don Guillermo. Dentro había una llave pequeña.

—Para tu futuro escritorio en la casa Valcárcel —explicó él.

Diane sostuvo la llave sin cerrar los dedos.

—¿También recibiré el escritorio?

—Cuando lleves nuestro apellido.

—Entonces la llave todavía no abre nada.

Algunas risas murieron antes de nacer. Damaris intervino mostrando a los invitados un broche enviado desde Madrid.

Eduardo esperó hasta el final. Su paquete era plano, envuelto en papel negro y sujeto con un cordón gris. No llevaba cinta ni tarjeta.

Diane retiró el envoltorio.

Encontró un cuaderno encuadernado en cuero oscuro. Las páginas también eran negras. Junto a él había lápices de tiza blanca, sepia, azul y plata.

—¿Cómo se dibuja sobre esto? —preguntó Ester.

Diane pasó la yema de los dedos por una hoja.

—Buscando la luz en lugar de la sombra.

Alzó la vista. Eduardo la observaba con una gravedad que no pertenecía a un cumpleaños.

—Es el único método que no ha probado —dijo.

Diane tomó el lápiz de plata y trazó una línea corta en la primera página. La marca surgió luminosa sobre el fondo, semejante a una grieta por la que entrara la luna. Por primera vez aquel día, algo nuevo aparecía delante de ella sin exigirle que borrara lo anterior.

Damaris consideró el regalo impropio hasta que Beatriz comentó que los cuadernos ingleses estaban de moda. Entonces decidió que era distinguido.

Diane lo cerró contra el pecho. Iván le había tallado un pájaro para recordar una libertad futura. Eduardo le daba oscuridad y herramientas para encontrar dentro de ella una forma. No quiso comparar los regalos. El pensamiento lo hizo por su cuenta.

A las cuatro, el notario Salcedo abrió una carpeta.

No hubo firma nueva. El contrato original bastaba para activar la segunda etapa: el cortejo se consideraba cumplido, el compromiso podía anunciarse y comenzaban seis meses de preparativos. Salcedo leyó cada cláusula mientras los invitados bebían café y fingían que una condena redactada con elegancia era otra clase de celebración.

—La boda podrá celebrarse a partir del mes de marzo —concluyó.

Diane miró a su padre.

Ernesto evitó sus ojos. Damaris sonreía. Don Guillermo colocó ambas manos sobre la empuñadura del bastón. Eduardo permaneció inmóvil, pero la vena junto a su sien latía con fuerza.

Las dieciocho velas seguían ardiendo. La cera había cubierto las flores del pastel con lágrimas oscuras.

—Pide un deseo —ordenó Damaris.

Diane se inclinó y apagó las llamas de un solo aliento.

El humo llenó el espacio delante de su rostro. Durante un instante, los invitados desaparecieron detrás de aquella cortina gris. Diane deseó que, cuando volviera a verlos, ninguno conservara poder para decidir por ella.

Al dispersarse la reunión, Eduardo pidió mostrarle el regalo en el jardín. Elvira los acompañó hasta la terraza, pero Beatriz la entretuvo con una discusión sobre la procedencia de los abanicos. Liberto siguió a Diane y Eduardo hasta el roble.

El verano aún resistía en las hojas, aunque el viento de septiembre comenzaba a enfriar la sombra.

—Gracias por el cuaderno —dijo Diane—. Es el primer regalo de hoy que puedo utilizar sin convertirme en otra persona.

—La llave de mi padre también puede utilizarla.

—No abre nada.

—Abre la intención con que fue entregada.

Diane sacó del bolsillo el aviso del capitán Ferreira.

—¿Reconoce este sello?

Eduardo no tocó el papel.

—Sí.

—Don Guillermo busca a Iván.

—No exactamente.

—Entonces explíqueme qué parte he interpretado mal.

Eduardo miró hacia la terraza. Las figuras de sus familias se movían detrás de las puertas como actores preparándose para otra escena.

—Iván ha sido aceptado en la tripulación de ese barco.

El nombre, pronunciado por él por primera vez, produjo un silencio distinto.

Diane sintió que el suelo se inclinaba.

—¿Desde cuándo sabe quién es?

—Desde antes de nuestro primer paseo.

—Me dejó mentirle durante un año.

—Nunca le pedí que me contara la verdad.

—Me preguntaba por mi amigo de los campos.

—Y usted respondía hasta donde podía.

Diane apretó el aviso.

—¿Lo denunció a su padre?

—No.

—¿Intervino para que lo contrataran?

La pausa fue mínima. Bastó.

—Usted lo puso en ese barco.

—Conseguí que lo aceptaran. Él ya buscaba embarcarse.

—Eso no le daba derecho.

—No.

La admisión detuvo la siguiente acusación. Eduardo no trató de esconderse detrás de una justificación.

—¿Por qué? —preguntó Diane.

—Necesito a alguien que observe las rutas y la carga.

—Iván no sabe que trabaja para usted.

—No trabaja para mí.

—Entonces es peor. Lo está utilizando sin concederle siquiera la posibilidad de negarse.

Eduardo bajó la mirada hacia Liberto. El perro había apoyado una pata sobre su zapato.

—Tiene razón.

—Sáquelo de la lista.

—No puedo.

—No quiere.

—Ambas cosas.

Diane dio un paso hacia él.

—¿Qué transporta ese barco?

—No lo sé todavía.

—¿Qué busca?

El rostro de Eduardo cambió. La rabia que ella conocía cedió ante un dolor más antiguo, uno que parecía haber aprendido a respirar sin ser visto.

—Algo que mi padre me quitó.

—Eso no responde.

—Es todo lo que puedo decirle sin colocarla en un peligro mayor.

—Ya colocó a Iván dentro.

—Y voy a cargar con esa decisión.

—Él cargará con el riesgo.

Eduardo aceptó la frase sin apartar la mirada.

—El barco zarpará en tres días. Le concederé una despedida.

Diane sintió que la ira desplazaba el miedo.

—No puede concederme lo que no le pertenece.

—Puedo asegurar que nadie la siga durante dos noches y que los hombres de mi padre no se acerquen al lugar que elija.

—¿Y después?

—Después, Iván partirá.

—¿Es una amenaza?

—Es el único modo que tengo de protegerlos a ambos sin perder el barco.

Diane lo estudió. Había cálculo en sus palabras, pero también algo más. La mandíbula demasiado tensa. La forma en que evitaba mirar el cuaderno negro entre sus manos. Una herida breve cada vez que pronunciaba el nombre de Iván.

—Está celoso —dijo.

Eduardo soltó una risa seca.

—No confunda culpa con deseo.

—No he hablado de deseo.

La respuesta lo dejó quieto.

Diane comprendió que había tocado una verdad que ninguno de los dos sabía utilizar. Eduardo no deseaba poseerla como Don Guillermo poseía barcos o Damaris reputaciones. Le dolía, sin embargo, que ella perteneciera a una historia en la que él solo podía entrar mediante un contrato.

—¿Dónde será la despedida? —preguntó él.

—No se lo diré.

—Necesito retirar la vigilancia.

—Stefany le hará llegar una zona, no el lugar exacto.

Eduardo asintió.

—Dos noches. Después no podré impedir que el capitán lo busque.

—¿Y qué obtiene usted?

—Tres días para encontrar una razón que justifique lo que he hecho.

Regresó hacia la casa. Bajo la luz de la terraza, el humo de las velas aún flotaba cerca del techo del comedor.

Diane esperó hasta que el carruaje de los Valcárcel desapareció. Luego fue a la habitación de Stefany y extendió sobre la cama el aviso del capitán, junto con los manifiestos copiados.

Stefany reconoció primero el emblema: la luna negra atravesada por un dragón. Después leyó la firma Ferreira y palideció.

—He visto ese sello en el puerto —dijo—. No pertenece al Esperanza.

—Cambió de nombre.

Stefany acercó el papel a la lámpara. Las letras plateadas parecieron moverse bajo la llama.

—Iván va a embarcarse en el Dragón de Plata.

1
NovelToon
Step Into A Different WORLD!
Download MangaToon APP on App Store and Google Play