Aún siento el frío del metal desgarrando mi piel y el dolor punzante en mi corazón; un dolor que no era por el acero, sino por algo más que aún no logro descifrar. En este limbo, donde no sé si estoy viva o muerta, mi único objetivo es salvar a mi hija y lograr que llegue a este mundo. Soy Amanda Leal, y esta es mi historia... una que apenas comienza con mi final.
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Capítulo VII: Solo volví por ti
Punto de vista de Andrés
El jefe de seguridad de mi casa en Nueva York me había llamado para indicarme que Amanda había escapado.
La furia se adueñó de cada una de mis células; me había engañado todo este tiempo, mostrándose como una aliada incondicional y sumisa solo para hacerme bajar la guardia.
Tomé el primer avión hacia Nueva York. No podía permitir que anduviera por ahí sola, desprotegida y sabiendo que está a punto de dar a luz en cualquier momento. Fueron cuatro horas desesperantes en las que no dejé de comunicarme con Felipe, mi mano derecha.
—Aún no tenemos noticias de la señora —indicó Felipe en cuanto bajé del avión.
—Es imperdonable que una mujer embarazada se les haya escapado de las manos —escupí, conteniendo la rabia—. ¿Tienen alguna idea del peligro que está corriendo ella sola en esta ciudad?
Subimos al auto e inmediatamente Felipe recibió una llamada, la cual puso en altavoz por orden mía.
—Tenemos varias pistas, señor —comunicó Efraín, el jefe de seguridad de la propiedad.
—Envíen las posibles ubicaciones de inmediato y manda a todos los hombres disponibles a buscarla.
Tomé las direcciones en mis manos. Hubo dos puntos específicos en el mapa que llamaron mi atención: uno era una zona cercana a la playa, un lugar discreto que sabía que Amanda había visitado en mi ausencia, y el otro era una ruta hacia la montaña.
No sé por qué, pero algo muy dentro de mí me decía que la imprudente de Amanda había subido a la montaña.
Conociéndola desde niños, sabía perfectamente en qué rincón de ese bosque podía estar escondiéndose. Sin embargo, para no errar el tiro, le pedí a Felipe que se dirigiera con un equipo a la cabaña de la playa, mientras yo tomaba la ruta contraria. Fue así como cada uno siguió su camino.
La noche empezaba a caer con un frío implacable y yo seguía conduciendo montaña arriba, con la vista fija en la carretera oscura.
El viento golpeaba con fuerza el parabrisas a medida que ganaba altura. La nieve de la temporada comenzaba a pintar de blanco los pinos, amenazando con cerrar los caminos. Apreté el volante, sintiendo cómo el pánico, esa emoción que tanto me había esmerado en erradicar de mi vida, se colaba por mis fisuras. «No te equivoques de lugar, Andrés», me repetía como un mantra.
Finalmente, divisé la silueta de la vieja cabaña de madera al fondo de un sendero casi oculto. Era un refugio familiar abandonado. Detuve el auto bruscamente y bajé corriendo, desafiando el frío que me calaba los huesos.
La puerta estaba entre abierta. Al empujarla, el chirrido de las bisagras rompió el silencio de la montaña.
—¿Amanda? —llamé, con la voz entrecortada por la agitación.
Un quejido ahogado, lleno de dolor físico y agotamiento, provino del fondo de la penumbra, cerca de la chimenea apagada. Caminé a zancadas hacia el origen del sonido y la encontré. Estaba tendida sobre unas mantas viejas, pálida, con la frente empapada de sudor y las manos aferradas con desespero a su enorme vientre.
Al verme, sus ojos se abrieron con una mezcla de terror y orgullo herido. Intentó arrastrarse hacia atrás, pero una nueva contracción la doblegó, haciéndola gritar de dolor.
—Vete... —logró articular entre dientes, jadeando—. No me vas a... a quitar a mi hija...
Me arrodillé a su lado sin importarme arruinar mi traje de diseñador. Al tocarle la frente, noté que ardía en fiebre. La fuente se había roto hacía horas; la ropa de cama estaba empapada. No había tiempo de regresarla a la ciudad, ni de esperar una ambulancia en mitad de esta tormenta. Mía venía en camino ya mismo.
—No voy a quitarte nada, Amanda —dije, infundiendo en mi voz una calma y una firmeza que no sentía en el pecho.
Le tomé las manos con fuerza, obligándola a mirarme—. Mírame. Olvídate de Miguel, olvídate de mi venganza y de tus planes de huida. En este momento solo existimos tú, yo y tu hija. Si no colaboramos, ella no va a sobrevivir al frío. Déjame ayudarte. Por favor.
Ella me miró a los ojos, buscando alguna señal de engaño, pero el dolor la asaltó de nuevo, obligándola a arquear la espalda. Sus dedos se clavaron en mis muñecas con una fuerza brutal.
Sabía de medicina por sus años de estudio, y su propio instinto le dictó que no tenía otra opción. Asintió con lágrimas en los ojos, entregándose a la inevitable realidad.
Me quité el saco, me arremangué la camisa y encendí con un fósforo lo poco que quedaba de leña para calentar el ambiente. El hombre de negocios implacable se desvaneció en esa cabaña; en su lugar, solo quedó el chico de la adolescencia dispuesto a dar la vida por ella.
—Está bien, Amanda. Respira conmigo —le ordené suavemente, colocándome entre sus piernas mientras el llanto del viento en la montaña marcaba el inicio del nacimiento de Mía—. A la cuenta de tres, vas a pujar con todas tus fuerzas. No te voy a dejar sola. Nunca más.
Después de varios intentos, finalmente el llanto fuerte y cristalino de la bebé llenó la cabaña. Tomé mi chaqueta rápidamente y envolví a la pequeña Mía con todo el cuidado del que fui capaz.
Sonreí al ver lo diminuta que era; no podía creer que yo, el frío y arrogante CEO de las empresas Ferrer, hubiera ayudado a traer una vida al mundo.
En ese milagroso segundo, el odio hacia los Maldonado que me había consumido durante años simplemente se desvaneció, y en su lugar solo quedó el amor puro que siempre había sentido por Amanda, un amor que ahora se extendía también hacia la pequeña Mía.
—Aquí está tu hija —susurré, acercándome a Amanda, quien se veía completamente agotada y pálida.
—Mía, mi pequeña... Mamá solo volvió por ti —alcanzó a decir, con una voz apenas audible que me erizó la piel.
Intentó estirar los brazos, pero no le dio tiempo de sostener a su hija. Sus ojos se cerraron de golpe y su cabeza cayó hacia un lado, perdiendo el conocimiento por completo.
—¡Amanda! ¡Amanda, reacciona! —grité, sintiendo cómo el pánico me apretaba la garganta al ver mi chaqueta manchada y su frágil cuerpo tendido e inerte en el suelo.
Andrés debes hablarle más directo
te quiero te amo seamos una familia y un matrimonio real, necesita palabras más directas porque ella solo ve tu venganza y ella siendo una pieza 🤦🤦
ya va siendo hora 🫣🫣🫣
dos meses
que perro traidor 😡😡😡
espero que cuando te quites la venda de los ojos solo sea para ver la felicidad de Amanda