Despreciada por su linaje de serpiente y desterrada por las intrigas de una hembra celosa, Serena despierta los recuerdos de su vida pasada como médica e ingeniera agroindustrial. En lugar de dejarse morir en el bosque peligroso, decide que el barro es el mejor aliado y la ingeniería su salvación. Al rescatar al general del Clan Águila, no solo se gana el corazón de un temible y tímido depredador, sino que inicia una revolución agrícola, médica y militar que cambiará el Continente de las Bestias para siempre, desafiando las tradiciones de la poligamia y demostrando que la inteligencia es el arma más letal de todas.
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CAPÍTULO 9
La mañana del octavo día en el Bosque de la Niebla de Sangre se levantó inusualmente despejada. La bruma perpetua que cubría las copas de los árboles colosales se había retirado hacia los valles más profundos, dejando que un cielo de un azul intenso y limpio se adueñara del horizonte. El sol, brillante y cálido, se colaba por la entrada de la cueva, iluminando cada mota de polvo suspendida en el aire con destellos plateados.
Aquiles fue el primero en despertar.
Se puso en pie lentamente, pero esta vez no hubo torpeza en sus movimientos ni dolor en su pecho. Abrió las alas con cuidado, extendiéndolas en toda su imponente envergadura de más de seis metros dentro de los límites de la cueva. El tejido de su pecho, donde Serena había suturado la espantosa herida de la Viuda del Bosque, se sentía elástico, fuerte y completamente regenerado. Ya no quedaba rastro del veneno verdoso ni de la rigidez de la muerte. Gracias a las infusiones de raíces y la limpieza meticulosa de la cirujana, su energía vital fluía con un vigor renovado, incluso mejor que antes de la emboscada. Estaba listo para volver al cielo.
Miró hacia el otro lado de la cueva. Serena aún dormía, acurrucada sobre un lecho que ella misma había construido con hojas secas y lino silvestre. Su largo cabello oscuro caía desordenado sobre sus hombros, y su rostro, desprovisto de la usual ironía y audacia con la que solía regañarlo, se veía pacífico y extrañamente delicado. En su forma humana, parecía tan vulnerable, casi frágil, a pesar de que poseía una mente capaz de doblegar las leyes de la naturaleza y una voluntad de hierro que no temía a ningún depredador.
Un fuerte tirón en el pecho, que nada tenía que ver con el veneno o la herida física, oprimió el corazón del general. Su deber estaba en otra parte; su clan, su posición política y la inminente guerra requerían su presencia. No podía quedarse eternamente en esa cueva jugando a ser el dócil paciente de una serpiente exiliada. Pero la idea de dejarla sola en ese bosque implacable le producía una punzada de angustia que jamás había experimentado por nadie.
Dio dos pasos silenciosos sobre sus enormes garras y se acercó a ella. Su sombra cubrió el cuerpo de Serena. Aquiles inclinó la cabeza con lentitud, sintiendo el sutil perfume a menta y tierra que siempre la acompañaba. Con un movimiento de una delicadeza infinita, impropia de un ave de rapiña capaz de despedazar a sus enemigos, empujó suavemente el hombro de Serena con el lateral de su pico curvo.
Serena gimió suavemente, parpadeando para apartar el sueño de sus ojos verdes. Al enfocar la enorme figura dorada que se alzaba sobre ella, se incorporó sobre los codos, soltando un bostezo perezoso.
—¿Ya es de mañana, grandullón?... —murmuró, restregándose los ojos—. ¿Qué pasa? ¿Tienes hambre otra vez? Déjame cinco minutos más, que hoy no hay cirugías programadas...
Sin embargo, al ver la postura erguida de Aquiles, la firmeza de sus patas y el brillo majestuoso y renovado de sus ojos dorados, Serena comprendió de inmediato. El sueño se le evaporó por completo. Se sentó sobre el lecho de hojas, observando al animal en silencio.
—Vaya... —dijo en un susurro, con una sonrisa apagada que no llegó a sus ojos—. Estás completamente curado. Ni una pizca de fiebre, respiración simétrica... Estás listo para volver a casa.
Aquiles emitió un sonido bajo, un gorjeo que sonaba casi como un lamento. Con suavidad, volvió a presionar su cabeza contra el hombro de Serena, frotando su plumaje contra su cuello a modo de agradecimiento silencioso. Era su manera de decirle que no la olvidaría, que ella le había devuelto la vida y que su deuda de honor con ella sería eterna.
Serena sintió un cosquilleo cálido ante el gesto y no pudo evitar rodear el cuello del águila con sus brazos por un breve instante, hundiéndose en la suavidad de sus plumas limpias.
—De nada, pollo enorme —susurró, dándole una última palmada cariñosa en el lomo—. Hicimos un buen trabajo en equipo. Ahora, vete antes de que me arrepienta de no haberte cobrado la consulta de urgencias. Tienes un cielo que conquistar.
Aquiles dio un paso hacia atrás, la miró fijamente una última vez, memorizando cada línea de su rostro, y luego se dio la vuelta. Caminó hacia la salida de la cueva, donde la luz del sol lo recibió con un abrazo dorado.
Desplegó sus gigantescas alas de tonos castaños y dorados, que resplandecieron como metal pulido bajo el sol de la mañana. Con un salto potente que levantó una ráfaga de viento templado dentro de la cueva, Aquiles se lanzó al vacío. Dos aleteos majestuosos y rítmicos bastaron para que ganara altura, elevándose por encima del dosel del bosque, libre, poderoso y soberano de los vientos.
Serena corrió hacia el borde de la entrada de la cueva, apoyándose contra la roca para verlo marchar. Lo observó ascender en círculos perfectos, una silueta dorada y magnífica que se recortaba contra el cielo azul, haciéndose cada vez más pequeña hasta perderse por completo entre las nubes lejanas.
El silencio del bosque volvió a instalarse en la cueva, pero esta vez se sintió extrañamente pesado, casi ensordecedor.
Serena soltó un largo suspiro, cruzándose de brazos mientras miraba al cielo ahora vacío.
—Bueno... por fin se fue el inquilino —dijo en voz alta, intentando recuperar su tono sarcástico habitual—. Al menos la cueva volverá a oler a limpio y no a pluma mojada cada vez que llueve. Y ya no tendré que preocuparme de que destruyan mi horno de barro de un aleteo. Es un ganar-ganar absoluto para mi paz mental.
Sin embargo, al darse la vuelta para regresar al interior de la cueva, su mirada cayó sobre el rincón vacío que Aquiles había ocupado durante los últimos días. Vio una única pluma dorada, larga y perfecta, que se había desprendido de su ala y descansaba sobre la hojarasca.
Serena se acercó, se agachó y recogió la pluma con cuidado. Era suave, pero el raquis era fuerte y firme. Sintió una extraña opresión en el pecho, un pequeño y molesto vacío que se instalaba justo en el centro de su ser. Había pasado tanto tiempo luchando por sobrevivir sola, y luego cuidando de ese enorme animal, que ahora la cueva se sentía demasiado grande. Demasiado silenciosa.
—Vaya... —murmuró, acariciando la pluma dorada—. Parece que sí te voy a extrañar un poco, pollo enorme.
Se guardó la pluma en la faja de su falda pantalón, respiró hondo para espantar la melancolía y miró su cocina improvisada. Tenía agua que filtrar, ñames que cocinar y un bosque entero que domar. El exilio continuaba, pero Serena sabía, con una certeza absoluta, que su historia en este mundo apenas estaba comenzando.