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Cicatrices De Seda, La Piel Del Enemigo

Cicatrices De Seda, La Piel Del Enemigo

Status: En proceso
Genre:Amor en la guerra / Arrogante / CEO
Popularitas:489
Nilai: 5
nombre de autor: Maria Guanipa

La vida de Ela se medía en fórmulas perfectas, aromas limpios y la calidez de una familia que lo tenía todo. Su padre, el fundador de una de las firmas de cosmética y skincare más exitosas del país, siempre creyó que el éxito se construía con integridad. Se equivocó. El éxito también atrae a los depredadores.
Cuando un influyente y despiadado conglomerado decide absorber la empresa familiar a cualquier precio, la negativa de su padre sella su destino. En una noche que Ela jamás podrá borrar de su mente, unos hombres irrumpen en su hogar. El castigo a la rebeldía de su padre es una tortura lenta y sistemática, ejecutada ante los ojos de Ela y de su madre, hasta que el último aliento de vida lo abandona.
Pero el horror no termina con la muerte.
En un último acto de protección, su padre nombra a Ela como la única heredera universal de la compañía. Al descubrirlo, los mismos verdugos inician una cacería implacable para obligarla a firmar la cesión de derechos. Sometida a un acoso físico

NovelToon tiene autorización de Maria Guanipa para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

EL SONIDO DE LAS BISAGRAS

La sospecha es un veneno lento que no necesita pruebas para matar; se alimenta de los silencios, de los gestos incompletos y de las puertas que se cierran un segundo antes de lo previsto.

Julián carraspeó antes de tocar la imponente madera de caoba de la oficina de la presidencia ejecutiva de Althea. Sus dedos, habitualmente firmes, sudaban frío. Sabía que la situación en la cúpula del holding era crítica tras el colapso público de Patricia, pero su ambición era un motor que no admitía pausas. Necesitaba ese ascenso a la dirección regional antes de que la tormenta familiar de los dueños paralizara el flujo del dinero.

—Adelante —pronunció la voz profunda y cortante de Kang desde el interior.

Julián empujó la puerta con una sonrisa ensayada, sumisa, la misma que usaba para ocultar el desprecio que sentía por los que estaban arriba.

—Señor Kang, disculpe la interrupción —dijo Julián, dando pasos cortos y sosteniendo una carpeta de cuero bajo el brazo—. Sé que son días... complicados para la empresa, pero he preparado el informe de proyección de ventas del sector de cosmética orgánica. Quería entregárselo personalmente.

Kang ni siquiera levantó la vista del documento que firmaba. Su pluma estilográfica se deslizó con una precisión quirúrgica sobre el papel. Llevaba las mangas de su camisa blanca arremangadas, dejando ver la tensión en sus antebrazos. Estaba exhausto, pero su porte seguía siendo imponente.

—Déjelo sobre la mesa, Julián. Lo revisaré cuando tenga tiempo —respondió Kang, frío, distante.

Julián avanzó, pero en lugar de retirarse inmediatamente, se aclaró la garganta de nuevo. Quería jugar la carta que Susana le había entregado, sin saber que el borde de esa carta estaba afilado con cuchillas.

—Señor Kang... mi esposa, Susana, me comentó que estuvo conversando con usted en el Saint Michel sobre el patrocinio de la biblioteca. Ella me dijo que usted fue sumamente amable. En casa estamos muy agradecidos por cómo ha recibido a nuestra familia en el colegio.

El movimiento de la pluma de Kang se detuvo en seco.

La sola mención del nombre de Susana provocó una vibración casi imperceptible en la mandíbula del CEO. Levantó los ojos lentamente, clavando sus pupilas oscuras en Julián. El contraste era brutal: ante él estaba el empleado ambicioso, ruidoso y mediocre; y en su mente, la imagen de la mujer misteriosa, serena y de perfume embriagador que dormía en la cama de ese hombre. Una oleada de rechazo y posesividad involuntaria recorrió el pecho de Kang.

—Su esposa es una mujer muy... dedicada a la comunidad escolar, Julián —dijo Kang, midiendo cada palabra, su tono tan plano que helaba la sangre—. Pero le sugiero que se concentre en sus cifras de ventas. El holding no premia las relaciones públicas familiares; premia los resultados.

—Por supuesto, señor Kang. Absolutamente —balbuceó Julián, sintiendo que el suelo se abría bajo sus pies. Retrocedió dos pasos, haciendo una torpe inclinación con la cabeza—. Con su permiso.

Al cerrar la puerta de la presidencia, Julián apretó los dientes. La ira le encendió las mejillas. ¿Por qué Kang lo trataba así si Susana supuestamente había sido encantadora con él? Un rastro de molestia absurda, una chispa de sospecha sin forma, empezó a flotar en su mente. Decidió que era hora de vigilar más de cerca los movimientos de su esposa.

Mientras tanto, en la mansión de los Kang, Patricia caminaba descalza por la alfombra del segundo piso. El zumbido de los ansiolíticos en su cabeza hacía que las paredes parecieran moverse. En su mano sostenía el teléfono celular personal de Kang, que él había olvidado por error sobre la mesita de noche esa mañana.

Sus dedos temblorosos desbloquearon la pantalla (conocía la clave desde hacía años). Buscó en el registro de llamadas, en los mensajes, en los correos. Nada. Kang era demasiado inteligente para dejar rastros obvios. Sin embargo, al abrir la aplicación de la agenda, vio un evento repetido tres veces por semana en un horario inusual, justo al salir de la oficina:

“Reunión de comité - El Compás de Seda”.

—¿El Compás de Seda? —susurró Patricia, con los ojos entrecerrados—. La academia de Susana...

La paranoia de Patricia, ya alimentada por el veneno que Ela le había inyectado en el té, conectó los hilos de inmediato de la peor manera posible. No pensó en una infidelidad; pensó en conspiración. Su mente desequilibrada asumió que Kang se estaba reuniendo en secreto en ese lugar para planear, junto a la única mujer en la que ella confiaba, la forma de arrebatarle sus acciones y declararla insana mentalmente ante el tribunal.

Tomó el teléfono fijo de la habitación y marcó el número privado de su padre, el viejo patriarca.

—¿Papá? —dijo, con la voz temblando por una mezcla de histeria y llanto—. Kang está tramando algo. Se está reuniendo a mis espaldas en la academia de esa mujer, de Susana. Tienes que mandar a alguien. Tienes que vigilar ese lugar. Nos quieren quitar todo.

Al otro lado de la línea, el viejo patriarca suspiró con fastidio ante lo que consideraba otra crisis de celos de su hija, pero la mención de reuniones secretas encendió sus alarmas de control.

—Tranquila, Patricia. Mandaré a investigar. Si tu esposo está jugando sucio, se arrepentirá de haber nacido —respondió el viejo con voz de lodo—. Acuéstate y tómate tus gotas. Yo me encargo.

En el búnker de la academia, las pantallas parpadearon, mostrando la conversación de Patricia gracias a los micrófonos ocultos en la mansión.

Ela, sentada frente a los monitores con una taza de té entre las manos, esbozó una sonrisa helada. Todo estaba saliendo de acuerdo al guion. La paranoia de Patricia obligaría al patriarca a mover sus piezas de seguridad, y eso pondría a Kang bajo una presión insoportable, empujándolo directamente hacia sus brazos en busca de refugio.

De pronto, un golpe seco y rítmico en la puerta de la entrada principal de la academia la hizo ponerse de pie.

Ela caminó hacia la pista de baile, sumida en la penumbra de la noche que ya caía sobre la ciudad. Al abrir la puerta, el viento frío coló unas gotas de lluvia.

Era Julián. Pero no traía su habitual sonrisa sumisa de esposo complaciente. Su rostro estaba rígido, sus ojos inyectados en sospecha y la mandíbula apretada. Entró sin pedir permiso, haciendo crujir la madera con sus zapatos mojados.

—¿Qué haces aquí tan tarde, Susana? —preguntó Julián, mirándola fijamente, buscando en su ropa o en su rostro reconstruido alguna pista del secreto que sentía que le ocultaba—. Hoy hablé con Kang en la oficina. Le mencioné tu nombre. Se puso tenso, Susana. Como si ocultara algo. Como si tú y él...

Julián dio un paso hacia ella, agarrándola del antebrazo con una fuerza que pretendía ser dominante, pero que a Ela solo le causó un desprecio profundo.

—Dime la verdad —siseó Julián, arrimando su rostro al de ella—. ¿Qué está pasando entre el CEO y tú en esas benditas reuniones del colegio? ¿De qué tanto hablan que a mí me trata como a un perro y a ti te busca para patrocinar bibliotecas?

Ela no retrocedió. Sostuvo la mirada del asesino de su padre con una frialdad tan absoluta que fue Julián quien, inconscientemente, aflojó un poco el agarre de su mano. La trampa psicológica estaba a punto de cerrarse sobre él, y ni siquiera se había dado cuenta de que la cuerda ya tocaba su garganta.

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