Mónica Almeida siempre fue la hija invisible. Gordita, tímida y amorosa, creció eclipsada por su hermana mayor Helena: delgada, impecable, implacable. Cuando Ricardo apareció en su vida y juró que la amaba, Mónica creyó que por fin alguien la elegía. Pero el día en que planeaba anunciar su embarazo en un almuerzo familiar, Ricardo anunció su compromiso con Helena.
Destrozada, Mónica desapareció sin revelar su secreto. Vivió meses en la calle hasta que, una noche lluviosa, colapsó en la banqueta con casi nueve meses de embarazo. Un hombre alto y atractivo corrió hacia ella antes de que todo se oscureciera. Despertó en un hospital con un bebé sano en los brazos: Eliot, su nuevo comienzo.
Un año después, con la ayuda de su mejor amiga Rosa, Mónica ha resurgido como analista brillante en una empresa financiera de prestigio, sin saber que el dueño es el padre de aquel hombre misterioso. Cuando el destino vuelve a cruzar sus caminos en un hospital pediátrico —esta vez como el médico que atiende a Eliot por un brazo fracturado—, Mónica descubre que el Dr. Augusto Valente no solo es neurocirujano y pediatra: es el hombre más honesto, paciente y decidido que ha conocido.
Pero la felicidad nunca llega sin pelea. Ricardo, atrapado en un matrimonio forjado por chantaje, descubre que tiene un hijo y quiere recuperar lo que perdió. Helena, consumida por la envidia y un testamento que amenaza su herencia, se convierte en una fuerza destructiva. Y entre secretos familiares enterrados, confrontaciones en casas de playa, una abuela que secuestra nietos por amor y un bebé que inventa sus propias reglas para llamar a cada adulto, Mónica tendrá que defender no solo su derecho a ser feliz, sino la familia que construyó desde las cenizas.
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Capítulo 21
Días después
—Aquí es muy bonito —dijo Mónica.
—Creo que Eliot opina lo mismo —respondió Álvaro mirando al bebé con la carita pegada al vidrio, contemplando la vista.
—Aga —dijo Eliot señalando el mar.
—¿Quieres ir a la playa, bebé? —preguntó Augusto tomando a Eliot en brazos.
—Paia.
—Eso, vamos a cambiarnos de ropa.
—Menos mal que compré trajes de baño y flotadores —comentó Mónica.
Mónica siguió a Augusto hasta el piso de arriba. Era viernes, fin de semana largo. Habían salido temprano por la mañana para aprovechar al máximo.
Después de acomodarse en sus habitaciones y cambiarse, todos bajaron a la playa. Eliot estaba fascinado con aquel entorno: una inmensidad de agua, la arena calentita y personas que lo querían.
Eliot se sentó en una tela que le tendieron y comenzó a jugar con los papás de Augusto. Mónica y Augusto se quedaron observando un poco más lejos.
—Toma tu jugo, linda —dijo Augusto entregándole un vaso.
—Gracias.
—¿Qué te pareció la casa?
—Es hermosa. Casi nunca íbamos a la playa.
—¿Por qué?
—Porque a mí me gustaba el mar, las olas, y cuando Helena se enteró de eso, inventaba mil y un pretextos para que no fuéramos.
—Te prometo que voy a traerte aquí cada vez que quieras —dijo tomándola de la mano—. Hice una reservación en un restaurante frente al mar. Tú y yo; el campeón se queda con mis papás.
—Augusto…
—No vamos a pasar ningún límite. Solo vamos a cenar y a conversar. Quiero ir cumpliendo las etapas del noviazgo, y las citas son parte del noviazgo.
—Está bien, pero sin pasarte de listo.
—De acuerdo, pero si cambias de opinión, mi cama es muy cómoda.
—Augusto.
—Gutu, ven juga yo —llamó Eliot, jugando con la arena.
Augusto fue hasta él y pasaron la tarde jugando. Rosa llegó alrededor de las tres de la tarde y Marcelo a las cinco, recién salido de guardia.
Disfrutaron del atardecer y después Mónica y Rosa fueron a arreglarse para salir: Mónica con Augusto al restaurante y Rosa a un bar.
Marcelo estaba desparramado en el sofá cuando Eliot llegó, se sentó a su lado con su biberón de jugo y su pan de queso.
—Fuerza, guerrero. Anímate —dijo Augusto terminando de ajustarse el traje—. ¿Qué te tiene así?
—Rosa no me quiere.
—Claro que sí.
—No me llamó, casi nunca contesta mis mensajes.
—Tal vez ha estado ocupada.
—Creo que está saliendo con alguien.
—Tía salió con Luzão —intervino Eliot, y le dio un trago a su jugo.
—¿Quién es Luizão? —preguntó Marcelo.
—Vecino —respondió Eliot.
—Mira esto, amigo. ¿Eliot, qué fruta te gusta? —preguntó Augusto.
—Babaana.
—¿Y quién rompió el jarrón caro de tu abuela?
—Fue el abu, él taba tirando la boia pa yo.
—Para hacer chisme habla perfectamente —comentó Augusto.
—¿Tu tía salió con un hombre? —insistió Marcelo.
—Si.
—¿Y a dónde fueron?
—Papa piza.
—Te dije que la llevaras a comer. No me hiciste caso. Luizão fue, la llevó a comer, y si me apuras, hasta la puso a bailar.
—No pude hacer lo que me dijiste —admitió Marcelo.
—Pues sí, y vino otro e hizo lo que tú no hiciste.
—¿Qué hago?
—Tienes dos opciones: o te quedas ahí llorando por ella, o te metes a bañar, te peinas, te echas perfume y vas a buscarla al antro.
Marcelo miró a su amigo, después al bebé, y se levantó. Se fue a la habitación, se bañó y se arregló para ir tras Rosa. Augusto miró a Eliot y le dijo:
—Tú adoras armar relajo, ¿verdad, chiquito?
—Ai, Gutu —respondió Eliot, haciendo sonreír a Augusto.
Minutos después apareció Mónica, hermosa en un vestido rojo elegante. Augusto la elogió y, antes de salir, le rindió cuentas a Eliot:
—Vamos a cenar, a dar una vuelta por el muelle y regresamos a las once. No quiero que cierto señor se quede despierto esperándonos.
—Ta.
—Ven con la abuelita, mi amor —dijo Leandra tomando al bebé en brazos—. Vamos a comernos una hamburguesa saludable que la cocina preparó especialmente para ti. Después comemos el postre y vemos caricaturas.
—Caro.
—Sí, vamos a ver la de los carros —dijo, llevándoselo a la cocina.
Augusto y Mónica salieron rumbo al restaurante, sin imaginar a quién podrían encontrarse.