Unas vacaciones de libertad era todo lo que Maya buscaba para escapar de una rutina asfixiante y de un novio que no la valoraba. Lo que nunca imaginó fue cruzarse con él: un hombre misterioso, de cabello oscuro y una mirada color miel tan magnética como peligrosa. Entre ellos, la atracción no fue normal; fue una obsesión instantánea. Fueron días y noches de una pasión ardiente, salvaje y sin reglas, bajo una única condición: no decirse sus nombres para que el sueño fuera eterno.
Pero los sueños terminan. Él desapareció primero, dejándola con el corazón acelerado y una realidad demoledora al regresar a casa. Tras enterarse de que estaba embarazada, su novio la abandonó de la peor manera, dejándola sola y señalada. Si no hubiera sido por el amor incondicional de su abuelo Walter, Maya no habría sabido cómo salir adelante.
Tres años después, el Destino los volvió a unir
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Capítulo 11: La máscara profesional
El eco de las palabras de Demian quedó suspendido en el aire de la sala de juntas, espeso y asfixiante. Las miradas de los abogados y de los miembros del comité ejecutivo alternaban entre el imponente CEO internacional y su joven jefa, intentando descifrar el código secreto de una frase que sonaba demasiado personal, demasiado peligrosa para una mesa de negociaciones. El pulso de Maya se aceleró a un ritmo ensordecedor, tanto que juraría que el ruido de sus latidos rebotaba en las paredes de cristal. Las piernas le temblaban bajo el amparo de la mesa, amenazando con traicionarla y hacerla caer de rodillas ante el hombre que, con una sola frase, había demolido los tres años de estabilidad que tanto le había costado construir.
Sin embargo, en medio del pánico que amenazaba con ahogarla, una chispa de rabia genuina se encendió en su pecho. Recordó la suite vacía. Recordó la humillación de la nota fría abandonada sobre la mesita de noche. Recordó el llanto amargo en el aeropuerto, el desprecio de Camilo y las noches de desvelo sosteniendo a una bebé recién nacida mientras se prometía a sí misma que ningún hombre volvería a tener el poder de pisotear su dignidad. Ella ya no era la chica asustada de veintidós años que se escondía de sus problemas en una playa del Caribe. Ahora era una madre, una ingeniera, la cabeza de una empresa que defendía el legado de su abuelo Walter.
Maya apretó las carpetas contra su pecho, clavando los talones con fuerza en el suelo alfombrado para detener el temblor. Clavó sus ojos castaños directamente en las pupilas color miel de Demian, obligándose a enfriar su expresión hasta convertirla en una máscara de hielo absoluto. No iba a regalarle el placer de verla quebrarse. No a él.
—Mucho gusto, señor Demian —respondió Maya, con una voz que sonó sorprendentemente clara, firme y cortante, rompiendo el hechizo que mantenía congelada la habitación—. Pero lamento informarle que se equivoca de persona. En este edificio, y en esta mesa, yo soy la ingeniera Maya. Así que le sugiero que tomemos asiento y hablemos estrictamente de negocios.
Un murmullo de alivio imperceptible recorrió el lado de la mesa ocupado por los locales, mientras los asesores de Demian parpadeaban, descolocados por la audacia de la joven ingeniera al frenar en seco a un magnate acostumbrado a que el mundo se doblegara ante sus caprichos.
A Demian, la respuesta le voló la cabeza.
El hombre se quedó inmóvil a escasos pasos de ella, con la sonrisa ladina congelada en los labios, pero sus ojos miel se dilataron por completo. Una descarga de pura adrenalina y una fascinación oscura le recorrieron el cuerpo. En su mente, todavía vivía el recuerdo de la chica sumisa, dulce y maleable que se enredaba en sus brazos entre las sábanas del hotel, la que gemía su nombre en la oscuridad y aceptaba sus términos sin chistar. Verla ahora, vestida con ese elegante traje de sastre azul marino que acentuaba sus curvas de mujer madura, con la espalda recta, la barbilla en alto y una mirada cargada de un gélido desprecio profesional, no hizo más que avivar la llama de su obsesión a niveles destructivos. Ya no era solo atracción física; era un desafío directo a su autoridad. Su "niña" había crecido, se había convertido en una reina indomable, y el instinto de posesión que lo había atormentado durante tres años se multiplicó por mil. Quería romper ese hielo. Quería ver cuánto tardaría esa máscara profesional en derretirse bajo el calor de sus manos.
Demian retrocedió un paso, sin apartar la vista de ella ni por una fracción de segundo, y soltó una carcajada baja y ronca que erizó los vellos de los brazos de Maya.
—La ingeniera Maya... —repitió él, saboreando cada sílaba como si fuera un manjar prohibido—. Perfecto. Me fascina la profesionalidad, ingeniera. Sentémonos, entonces. Veamos qué tan buena es para defender los intereses de su empresa.
El magnate regresó a la cabecera de la mesa y se dejó caer en su silla de cuero con una elegancia perezosa, cruzando las piernas largas y apoyando los codos en los brazos del asiento. Maya caminó con pasos calculados hacia el extremo opuesto, sentándose en su lugar, agradeciendo internamente que la mesa de cristal ocultara el hecho de que sus manos seguían apretando los papeles con demasiada fuerza.
La junta comenzó, pero el ambiente ya estaba completamente saboteado por la presencia del CEO. El director financiero de Maya proyectó las gráficas de exportación en la pantalla principal, explicando los términos de la alianza y el valor de las acciones. Cualquiera en el lugar habría querido cerrar el trato rápido, dadas las ventajas mutuas, pero Demian tenía una agenda completamente diferente. Él no había ido a buscarla, el contrato era solo un negocio más en su agenda, pero ahora que el destino se la había puesto enfrente, no tenía la más mínima intención de dejarla ir rápido. Necesitaba prolongar el tiempo a su lado, desgastar su resistencia y obligarla a mantener el contacto visual.
—Ese porcentaje de distribución en el sector europeo no me convence, ingeniera Maya —interrumpió Demian con voz pausada, arrastrando las palabras mientras jugaba con un bolígrafo de oro entre sus dedos largos—. Los costos de logística internacional requieren una revisión exhaustiva. Propongo que desglosemos el artículo cuatro, inciso por inciso.
El director financiero miró a Maya, confundido.
—Pero, señor Demian, ese inciso ya fue preaprobado por su equipo legal la semana pasada por correo electrónico...
—Mi equipo legal no tiene la última palabra aquí, yo la tengo —sentenció Demian, clavando su mirada felina en Maya, desafiándola—. Y considero que la ingeniera y yo debemos discutirlo a fondo. No tengo prisa. Tenemos toda la tarde para ponernos de acuerdo, ¿verdad, ingeniera?
Maya apretó los dientes detrás de sus labios pintados de rojo. Sabía perfectamente lo que el hombre estaba haciendo. Estaba usando su poder corporativo como una red para mantenerla atrapada en esa sala, obligándola a escuchar su voz grave, a tolerar la intensidad de sus ojos miel que la devoraban viva a través del cristal. Cada objeción absurda que Demian ponía, cada revisión innecesaria de cláusulas que ya estaban resueltas, era una excusa descarada para estirar la reunión, para forzarla a hablar, a debatir y a mantener esa distancia insoportable donde los recuerdos de la playa amenazaban con filtrarse por las grietas de su armadura.
—Si el problema es la logística, señor Demian, mi equipo puede enviarle un informe detallado por escrito mañana a primera hora —respondió Maya, manteniendo el tono profesional aunque por dentro sentía que iba a colapsar de los nervios—. No veo la necesidad de retrasar la firma por un tecnicismo menor.
—A mí me gustan las cosas claras y en persona, ingeniera —replicó él, con un brillo de oscura diversión en la mirada—. Los informes escritos carecen de... pasión. Y yo soy un hombre que valora mucho la pasión en los negocios. Así que, continuemos. Secretaria, regresemos a la página doce, por favor.
Un suspiro de frustración contenida recorrió la sala. La junta, que debía durar una hora, se extendió por casi tres, transformándose en un sutil y sofisticado juego del gato y el ratón donde Demian manejaba los hilos del tiempo a su antojo, saboteando la velocidad del trato solo para deleitarse con la presencia de la mujer que le había quitado el sueño durante tres años y que ahora, finalmente, volvía a tener bajo su control.