Luego de morir, reencarna en el cuerpo de la villana de un juego. Decidida a no morir, se va de vacaciones con su fortuna. Pero su paz es interrumpida con la llegada de un huevo de dragón.
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Capitulo 14
_____ Imperio de los dragones.
La luz del atardecer se filtraba por los altos ventanales del ala imperial, tiñendo de tonos dorados y rojizos la enorme pila de cojines de seda que Vivienne había amontonado en el suelo.
Ella había decidido que el suelo era mucho más cómodo que la cama para pasar las horas más calurosas del día.
A su lado, el pequeño Ren dormía plácidamente, envuelto en una suave manta de lana que contenía el aroma del palacio. Vivienne estiró los brazos con un bostezo perezoso, disfrutando del silencio absoluto del ala sur, un territorio que consideraba su santuario personal y que defendía con uñas y dientes de cualquier sirviente molesto; sin embargo, sabía perfectamente que el silencio no duraría mucho tiempo, pues había una persona en el imperio que parecía haberse propuesto la misión de perturbar su paz con los pretextos más ridículos y elaborados que se le pudieran ocurrir a un soberano.
Unos suaves golpes en la puerta de madera tallada confirmaron sus sospechas, y Vivienne ni siquiera se molestó en incorporarse cuando la imponente silueta de Gariel apareció en el umbral.
El Emperador de los Dragones vestía una túnica de seda oscura que dejaba entrever la firmeza de sus hombros, pero lo que realmente llamó la atención de la joven fue el extraño ramo de flores de pétalos dorados que sostenía en una mano y la bandeja de plata con una tetera humeante que llevaba en la otra.
El gran soberano, ante quien los reyes humanos temblaban, avanzaba con una delicadeza impresionante.
—He traído un té de hojas de loto de las montañas orientales.
Anunció Gariel, manteniendo una tranquilidad que a Vivienne le resultó sumamente divertida; se detuvo junto a la pila de cojines, mirando el desorden de sábanas con una mezcla de resignación y ternura.
—El sanador de la corte me ha sugerido que estas flores purifican el aire y ayudan a conciliar el sueño del heredero, así que he decidido colocarlas personalmente en tu habitación.
—Gariel, tienes a un ejército de sirvientes a tu entera disposición y un consejo de ancianos esperando tus órdenes en la sala del trono —replicó Vivienne, apoyando la mejilla en su mano mientras lo miraba de abajo hacia arriba con una sonrisa llena de picardía—. Sin embargo, el temible emperador prefiere cruzar todo el palacio cargando una bandeja de té y un montón de maleza dorada para asegurarse de que su ancla favorita no tenga que levantarse a buscar agua. ¿No crees que tus pretextos están empezando a ser un poco obvios?
El dragón sintió cómo el calor subía por su cuello, aunque intentó disimularlo aclarando su garganta antes de arrodillarse sobre la alfombra para depositar la bandeja con movimientos pausados.
—Como emperador, es mi deber velar por el bienestar de aquellos que protegen a mi linaje —declaró él, aunque sus ojos dorados brillaron con una timidez que desmentía sus palabras formales—. Además, las flores de fuego del sur solo florecen en los acantilados más altos del territorio; los sirvientes no habrían sabido cómo cortarlas sin marchitar sus propiedades curativas.
—O sea, que escalaste un acantilado solo para traerme flores decorativas.
Concluyó Vivienne, soltando una carcajada suave que hizo que Gariel desviara la mirada, notablemente avergonzado
—Eres increíble, de verdad. Deja de ponerte tan serio; me das dolor de cabeza cuando intentas actuar como un gobernante de manual en mi habitación. Anda, sirve ese té antes de que se enfríe y cuéntame qué desastre ha ocurrido hoy en tu aburrido consejo.
Gariel obedeció en silencio, sirviendo el líquido aromático en dos tazas con una delicadeza que contrastaba con su fuerza descomunal.
El aroma dulce y ligeramente herbal del té llenó el espacio de inmediato, Vivienne tomó su taza, saboreando de satisfacción que hizo sonreír al dragón de manera involuntaria; verla disfrutar de algo tan simple como un té caliente le proporcionaba una felicidad extraña y profunda que nunca antes había experimentado en sus años de reinado.
—Los nobles insisten en que debemos aumentar la vigilancia en los pasos de montaña.
Comentó Gariel, observando cómo Vivienne se acomodaba de nuevo entre los cojines con absoluta naturalidad.
—Temen que los humanos intenten algo ahora que la presencia de Ren es de conocimiento público, pero sus discusiones me resultan sumamente agotadoras. Todos buscan su propio beneficio, todos quieren una parte del poder que representa mi hijo.
—Por eso te gusta venir aquí.
Afirmó ella, mirándolo fijamente a los ojos con una nitidez que pareció desnudar sus pensamientos más íntimos.
—Porque aquí no tienes que ser el gran dragón que todo lo puede. Aquí solo eres Gariel, un padre bastante torpe que necesita que le recuerden que el mundo no se va a caer si se toma una tarde libre.
El emperador se quedó callado, conmovido por la precisión con la que ella leía sus emociones.
En su vida rodeada de intrigas, traiciones y el amargo recuerdo de su relación con Seras, nadie se había preocupado por su cansancio; todos esperaban que fuera una muralla, una fuerza destructiva lista para la batalla, pero Vivienne lo miraba como a un igual, exigiéndole únicamente que fuera él mismo.
—A veces siento que el peso del imperio es demasiado grande para un solo hombre —confesó Gariel en un susurro, dejando su taza de lado para recostarse ligeramente—. La responsabilidad de proteger a mi gente, de asegurar el futuro de Ren, de evitar que la codicia de los humanos destruya lo que hemos construido... es una carga que me acompaña a cada segundo.
—Pues deja de cargarla por una hora —ordenó Vivienne con un tono descarado, palmeando el espacio vacío que quedaba en los cojines justo a su lado—. Ven aquí. Acuéstate y cierra los ojos.
—¿Por qué eres tan confiada conmigo?
—Tú empezaste. Además, Ren necesita tener a su padre cerca.
Gariel la miró, dándose cuenta de que no había forma de ganar esa batalla.
Con un suspiro, el soberano se dejó caer sobre los suaves cojines, acomodando su gran cuerpo junto al bebé; el contraste entre la delicadeza de Ren y la robustez del dragón era evidente, pero en ese espacio compartido, esas diferencias parecieron desvanecerse por completo.
La cercanía física trajo consigo un silencio diferente, uno cargado de una calidez que no tenía nada que ver con el fuego de los dragones.
Vivienne se giró sobre un costado para mirarlo de cerca, notando las pequeñas líneas de fatiga alrededor de los ojos de Gariel y la forma en que sus facciones se relajaban poco a poco al contacto con la suavidad de las telas.
Sin pensarlo mucho, extendió la mano y comenzó a acariciar suavemente el largo cabello rojo del emperador, desenredando los mechones con dedos.
Lo hacía por capricho, tener a tu disposición al emperador y no tocarlo era un pecado. Además, ella se repetía que este no era su lugar. Que solo es la responsable del bebé hasta un cierto límite.
Gariel contuvo el aliento ante el contacto.
Aquella humana despiadada, que en su primer encuentro lo había amenazado con un arma bajo la almohada, ahora lo trataba con una ternura que desarmaba todas sus defensas; no había mentiras en sus gestos, no había intenciones ocultas de poder ni ambición de coronas.
Ella solo quería que él descansara, y esa autenticidad fue lo que terminó de derribar el último muro de su atormentada alma.
—Eres muy ruidoso cuando piensas demasiado —murmuró Vivienne con una sonrisa dulce, sin detener el movimiento de sus dedos—. Relájate, dragón. El imperio seguirá estando ahí cuando despiertes, y yo no me voy a ir a ninguna parte... Hasta que él ya no dependa de mí.
—Gracias, Vivienne —respondió él.
felicidades y disfruta del don que tenes, imaginar y escribir con esas palabras es grandioso, solo 3 escritoras me pude. haver vivir todo con su escritura, y una de ella sos vos, disfruta de esto y gracias por compartirlo 🥰
Gracias por compartir tan maravillosa historia💕