Renata Sinclair lleva años casada con un hombre que la mira como si fuera un mueble más de su casa. Sin caricias, sin besos, sin palabras dulces… ni siquiera de noche comparten la cama. El rechazo constante ha despertado en ella un fuego que no logra apagar: su cuerpo pide lo que su alma anhela, y la ausencia de afecto se transformó en un deseo incontrolable que la avergüenza y la consume. Desesperada por salvar su matrimonio y sanar esa parte rota de sí misma, acude a una consulta médica privada. Allí conoce al doctor Gabriel Sterling: hombre alto, imponente, mirada de acero y voz que la eriza con cada sílaba. Es autoritario, directo, exigente… y despierta en ella algo que ni su propio cuerpo logra entender. Cuando Renata se atreve a acercarse a su esposo una última vez, buscando recuperar lo que perdieron, recibe la humillación más cruel de su vida. Destrozada, volverá a los brazos —y a la cama— del doctor, sin imaginar que él oculta un secreto: detrás de esa bata blanca.
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Capítulo 20: Celos y Sombras Ajenas
Los días siguientes transcurrieron entre la calma y la inquietud. Valeria no desapareció; al contrario, parecía estar en todas partes. En cada evento social, en cada rueda de prensa, en cada reunión de negocios a la que Gabriel asistía, ella aparecía como si lo siguiera su sombra. Sonreía, saludaba, hacía comentarios sutiles que dejaban dudas flotando en el aire: «Qué lástima que no pudiéramos continuar con ese proyecto, Gabriel… como habíamos planeado», o «Tú siempre fuiste el único que entendía mi visión». Frases sin sentido para cualquiera, pero que envenenaban poco a poco.
Renata intentó ignorarlo. Se dijo a sí misma que era inmaduro sentir celos, que Gabriel la amaba, que eso bastaba. Pero el nudo en el estómago no se aflojaba. Lo peor era que Gabriel no la despedía bruscamente: era educado, firme, pero no la alejaba del todo. ¿Acaso había algo entre ellos antes? ¿Un pasado que nunca le contó?
Una tarde llegó temprano a su despacho para llevarle el almuerzo. Al entrar sin llamar, se detuvo en seco en el umbral. Valeria estaba de pie junto a su escritorio, inclinada hacia él con una mano sobre su antebrazo, hablándole en voz baja y dulce, mientras Gabriel la escuchaba con expresión seria, sin retirar el brazo. El corazón de Renata se detuvo un instante, luego comenzó a latirle con furia dolorosa.
Gabriel levantó la vista y la vio. Sus ojos se iluminaron al instante, pero Renata ya había dado media vuelta y salía por el pasillo a paso rápido, con la garganta cerrada y las lágrimas amenazando brotar.
—¡Renata! —escuchó que la llamaba a sus espaldas, con voz apurada—. ¡Espera!
No se detuvo. Llegó al ascensor y apretó el botón con dedos temblorosos, pero antes de que se cerraran las puertas, él se deslizó dentro y las bloqueó con un brazo. Estaba sin aliento, el cabello desordenado, mirándola con mezcla de confusión y alarma.
—¿Adónde vas? ¿Qué te pasa?
—¿Qué me pasa? —repitió ella con voz quebrada, apartándose de la pared para encararlo—. Podría preguntarte lo mismo. ¿Por qué la tocas? ¿Por qué la dejas acercarse así? ¿Es que acaso I didn't finish what you had? ¿Qué soy para ti, Gabriel? ¿La que vino después mientras esperabas tu oportunidad con ella?
Gabriel abrió los ojos con horror, como si ella le hubiera asestado un golpe real.
—¿Cómo puedes decir eso? —susurró, herido—. ¿Cómo puedes dudar?
—Porque la dudas tú —le soltó con amargura—. Si no la mandas lejos, es porque algo queda. ¿Verdad? ¿La amaste? ¿Todavía la quieres?
Él la tomó por los hombros con firmeza, sacudiéndola suavemente, clavando sus ojos oscuros en los suyos con una intensidad que la obligó a callar.
—Escúchame bien y graba cada palabra en el alma. Nunca amé a Valeria. Jamás. Hicimos negocios juntos, sí. Compartimos intereses, sí. Pero mi corazón, mi deseo, mi alma… todo eso era tuyo mucho antes de saber tu nombre. La soporto porque todavía tiene información que necesito, vínculos con personas que investigo. No la dejo acercarse por amabilidad: la dejo para tenderle una trampa. ¿Entiendes? No es debilidad. Es estrategia. Pero si te duele… —se le acercó más, hasta que sus frentes casi se tocaban, y su voz se volvió grave y letal—. Si te duele aunque sea un segundo más, la echo de mi vida ahora mismo. Negocios o no, información o no. Tú vales más que todo eso junto. Siempre.
Renata se quedó sin palabras, con el pecho subiendo y bajando, avergonzada y aliviada a la vez.
—¿Por qué no me lo dijiste?
—Porque no quería que cargaras con mis batallas hasta que supiera con certeza —confesó él más suave, acariciando sus mejillas con las yemas de los dedos—. Pero cometí un error. Tu paz vale más que cualquier estrategia. Te lo prometo: desde hoy no se te acerca ni respirando el mismo aire que tú.
La atrajo contra sí y la abrazó con fuerza, besándole la sien, el cuello, cualquier lugar que pudiera alcanzar.
—Celoso sería yo si supiera que alguien te mira como te miro yo. Pero tú… tú no tienes rival. No existe nadie en el mundo que pueda estar a tu altura. No te compares. No te hagas pequeña ante nadie. Ni ante Valeria ni ante nadie más.
Renata escondió el rostro en su pecho, abrazándole fuerte la cintura, sintiendo cómo el miedo se desvanecía dejando paso a un fuego distinto: hambre de ser suya, de que lo supieran todos.
—Llévame arriba —le susurró contra la tela de su camisa—. Ahora. Quiero que lo sepa. Quiero que todos lo sepan.
Gabriel gimió bajito y la besó con furia contenida, empujando el botón del piso superior. No esperaron a llegar al despacho: se amaron contra la pared del pasillo, a puertas cerradas y cerrojo echado, con desesperación y ternura a partes iguales, marcándose el uno al otro como posesión eterna. Cuando salieron horas después, el rostro de Renata llevaba el brillo de quien ha sido reivindicada, y Gabriel… caminaba con una sonrisa de lobo que prometía guerra para quien se interpusiera en su camino.
Esa misma tarde, Valeria recibió su despido por correo electrónico, sin explicaciones ni plazo. Y cuando intentó llamar, el número ya no existía.