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Más Allá Del Cielo Y La Sombra

Más Allá Del Cielo Y La Sombra

Status: En proceso
Genre:Demonios / Romance
Popularitas:460
Nilai: 5
nombre de autor: yamiiy

En un mundo donde demonios y ángeles se enfrentan desde siempre, Kaelen, un poderoso señor demonio, lucha por mantener unida a su familia mientras se enfrenta a prejuicios, secretos y pérdidas.

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—Sí —dijo Kael, jadeando, con el rostro a centímetros del de Marco—. Porque no puede ser nada más. No hay futuro para nosotros. No hay lugar donde podamos estar juntos sin que nos persigan o nos maten. Así que sí, es distracción. Y deberíamos dejarla ya.

—Pues suéltame entonces —retó Marco, mirándolo con ojos encendidos—. Si es tan fácil, suéltame y vete. No vuelvas. Una y otra vez aquí.

Kael no lo soltó. Se quedó ahí, respirando agitadamente, con el pecho subiendo y bajando.

—No puedo —susurró, casi sin voz—. Todavía no puedo.

—¿Por qué? —Marco le tomó la nuca con una mano, atrayéndolo hacia sí—. ¿Por qué, Kael?

—Porque te odio —respondió el ángel, con lágrimas de rabia acumulándose en sus ojos dorados—. Te odio tanto que no puedo alejarme. Te odio por hacerme sentir algo que no debería. Te odio por ser tú.

—Pues odiame entonces —dijo Marco, besándolo con una mezcla de furia y desesperación que dolía en los huesos—. Pero no me digas que no hay nada. No me mientas.

Se besaron con la misma violencia con la que se habían peleado, como si quisieran destruirse para luego reconstruirse de otra manera. Se apretaron hasta doler, se mordieron hasta saborear la sangre, y ninguno pidió perdón. Ninguno dijo que se detuviera.

—Esto va a terminar mal —murmuró Kael contra sus labios, mucho después, cuando ya no les quedaban fuerzas para pelear.

—Lo sé —respondió Marco, acariciando con el pulgar una cicatriz que le cruzaba la mejilla—. Pero no sé cómo parar.

—Yo tampoco —admitió Kael, y por primera vez no lo dijo con rabia. Lo dijo con tristeza—. Y eso me da más miedo que cualquier batalla.

En la mansión, Ricardo estaba sentado en el borde de la cama de Elara, mirándola mientras ella probaba mover las alas libres por primera vez en semanas. Se veía hermosa, con la luz bañándola toda, pero también frágil, como si cualquier cosa pudiera romperla.

—¿Por qué me ayudas? —le preguntó ella despacio, sin dejar de mover las alas con cuidado—. Pensé que me odiabas.

Ricardo la miró, y por un momento no supo qué responder.

—No te odio —dijo al final—. Solo… no sé cómo tratarte. No estoy acostumbrado a algo tan suave. Todo lo que conozco es fuego y garras.

—El fuego no es lo único que existe —dijo ella, acercándose despacio—. También existe el agua. El aire. La luz.

—La luz se apaga —respondió él con amargura—. Y el agua se evapora. Al final, solo queda el fuego.

—Entonces déjame apagarlo un poco —le pidió ella, poniendo una mano sobre la suya—. Solo un poco. No te haré daño.

Ricardo miró su mano sobre la suya, pequeña y cálida, y sintió que algo en su interior se ablandaba, aunque no quería admitirlo.

—No te confundas —dijo, sin apartarse—. Sigo siendo tu amo. Sigo siendo un demonio. No voy a volarme bueno de la noche a la mañana.

—No te pido que seas bueno —dijo ella con una sonrisa suave—. Solo te pido que seas tú.

Ricardo no respondió. Solo se quedó ahí, con la mano de ella sobre la suya, mirando las alas blancas que se movían con libertad, y por primera vez en mucho tiempo, no pensó en poder ni en venganza. Pensó en cómo sería no tener que estar siempre en guardia. No tener que ser siempre el más fuerte.

Pero en ese momento, la puerta se abrió de golpe. Morgana estaba ahí, en el umbral, mirándolos con una expresión helada.

—Ricardo —dijo con voz cortante—. ¿Qué está pasando aquí? ¿Por qué tiene las alas desatadas esa… esa cosa?

Ricardo se puso de pie de un salto, interponiéndose entre ella y Elara.

—Decidí que las necesitaba libres, madre. No es nada grave.

—¿No es nada grave? —Morgana entró en la habitación, mirando a Elara con asco—. ¿Desde cuándo nos ablandamos con el enemigo? ¿Desde cuándo tratas a una esclava como si fuera una invitada?

—No es una esclava solo porque lo digas tú —replicó Ricardo, con una firmeza que no sabía que tenía—. Y no es enemiga de nadie. No nos ha hecho nada.

—La luz es enemiga por naturaleza —dijo Morgana, acercándose a Elara hasta hacerla retroceder—. Y si no lo es, debería serlo. Recuerda de dónde vienes, hijo. Recuerda quién eres. Y recuerda que la debilidad se paga con sangre.

Se giró y se marchó, pero antes de salir, se detuvo y miró a Ricardo por encima del hombro.

—Vuelve a atárselas. O lo haré yo. Y no te gustará la forma tener que lo haré.

Cuando se fue, Elara lo miró con miedo en los ojos.

—Puedo atármelas yo —susurró—. No quiero que tengas problemas por mi culpa.

Ricardo la miró, y por un instante dudó. Luego negó con la cabeza.

—No —dijo con voz firme—. No te las ates. Y no te preocupes por mi madre. Yo me encargo.

Pero mientras lo decía, sabía que la guerra en casa apenas empezaba. Y que Morgana no se detendría ante nada, ni ante su propio hijo, ni ante una ángel frágil, ni ante la verdad que todos intentaban ocultar.

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