Para pagar el tratamiento de su abuela, Valentina Cabrera acepta convertirse en la amante de Damián Mondragón, un magnate acostumbrado a decidir cuándo empieza una relación y cuándo termina.
El acuerdo es claro: acudir cuando él la llame, guardar el secreto y no confundir la cama con el amor.
Valentina tiene su propio plan. Anotar cada peso que recibe, seguir bailando y devolverle todo para poder marcharse. Lo difícil será cumplirlo cuando Damián empiece a romper sus reglas y ella a esperar algo más que dinero cada vez que él la busca.
Pero mientras sus besos la hacen creer que es especial, sus decisiones empiezan a cerrarle las puertas que necesita para construir una vida propia.
Cuando Valentina decide irse, él le recuerda el precio de romper el contrato: seis millones de pesos.
Ella acepta la deuda.
Damián estaba preparado para sus reclamos, sus lágrimas, incluso para que le pidiera más. No para verla elegir una vida sin él.
Ahora tendrá que descubrir cómo recuperarla cuando su dinero ya no basta para hacerla volver.
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Capítulo 11
Capítulo 11 — La deuda que sí pienso pagar
La foto apareció el martes en la mañana, cuando Valentina iba entrando a la ESD.
Paola la había subido al grupo de la escuela. Era una toma robada del privado del restaurante: Valentina de perfil, una copa delante y, a su lado, la silueta de Damián. Toño Belmonte aparecía al fondo.
"Miren a la mantenida. Ahora se cree bailarina 💅."
Valentina amplió la imagen. Ni siquiera recordaba haber visto a Paola en el restaurante. Podía habérsela mandado cualquiera de los que entraron al privado. Lo que sí reconoció fue la convocatoria asomándose por la mochila, junto a su silla.
Uno de los comentarios preguntaba si ya le habían dado el papel. Otro repetía una historia de un supuesto aborto, sin nombre ni fecha, como si bastara escribirla debajo de su foto para volverla cierta.
Guardó las capturas y cerró el grupo. Le faltaban diez minutos para clase.
Al mediodía había decenas de respuestas. En el vestidor, dos alumnas dejaron de hablar cuando ella entró. Una mantuvo el celular en la mano, con la foto todavía en pantalla.
Valentina estuvo a punto de preguntarle qué estaba viendo. Siguió hasta su casillero. No quería pasar otra vez el recreo dando explicaciones a alguien que solo esperaba obtener una respuesta para compartirla.
Encontró a Meli en el escalón de atrás del edificio de danza. Se sentó a su lado y le enseñó las capturas.
—¿Viste esto?
Meli asintió sin mirarla.
—Quise contestar, pero luego Paola empezó con lo de la beca y pensé que iba a decir que tú me habías pedido…
—No tienes que contestarle por mí.
—Pero es mentira.
—Sí. —Valentina pasó el dedo hasta la foto—. Fui por el papel. Me lo ofrecieron sin hacer la prueba y dije que no. Eso pasó. Lo demás se lo están inventando.
Meli volvió a mirar la pantalla.
—¿Y por qué no les dices eso?
—¿Tú crees que me van a creer porque lo escriba en el grupo?
La pregunta salió más brusca de lo que quería. Dejó el teléfono entre las dos.
—Perdón. No estoy enojada contigo. Me da miedo que la maestra lea esto. Que el sábado ya estén pensando lo mismo los de la audición antes de que yo entre.
Meli le tomó la mano.
—Podemos ir a coordinación. Con las fotos. Yo voy contigo.
Valentina miró la hora. Todavía podían encontrarlos antes de la siguiente clase. Dudó: denunciarlo también significaba sentarse frente a un escritorio y explicar por qué había salido de un club con Damián Mondragón.
Pero las fotos ya circulaban. Callarse no las iba a borrar.
—Ven conmigo —dijo, y recogió la mochila—. Yo hablo.
* * *
Esa noche, en el cuarto rentado, sacó una libreta de debajo del colchón. Tenía la pasta doblada en una esquina y una hoja suelta entre las últimas páginas: la copia del reporte que había dejado en coordinación.
Lo guardó al final. En las primeras hojas llevaba otra cuenta.
Había empezado a anotarla el día que firmó el contrato. En una columna registraba lo que Damián había pagado o le había entregado; en otra, lo que todavía podía costar el tratamiento. Necesitaba distinguir las cantidades. Si sumaba el presupuesto completo y luego cada recibo, acabaría debiendo dos veces lo mismo.
Apuntó la mesada del mes y revisó los gastos del hospital que conocía. Después se detuvo en el vestido negro y los aretes de perla que había usado en la cena. No sabía cuánto costaban. De momento les había puesto un signo de interrogación.
La tobillera tenía otro.
Le rozó la campanita con el pulgar, procurando que no sonara. No podía decidir si lo que él llamaba un regalo también debía entrar en la cuenta. Prefería devolver las joyas; necesitaba el dinero para otras cosas.
Sumó solo las cantidades confirmadas. Aun así, el resultado era mayor de lo que podría reunir con sus clases y las presentaciones del club en mucho tiempo. Debajo anotó aparte la penalización del contrato: seis millones. No era lo que había recibido. Era lo que le exigirían si intentaba irse antes.
Durante un rato se quedó mirando ambas cifras.
Había visto a Jimena llorar delante de un cheque. En aquel momento solo pudo pensar en cuánto resolvería ese dinero. Ahora le habría preguntado cuánto tiempo tardó en decidir que quería marcharse.
Valentina subrayó el total de los gastos.
—Esto sí lo pienso pagar —murmuró.
No sabía todavía cómo. Un papel remunerado sería un comienzo; después vendrían otros trabajos. Escribirlo la ayudaba a pensar en algo distinto de la próxima llamada de él, aunque ninguna suma le explicara cómo iba a salir del contrato.
Cerró la libreta al oír pasos en el pasillo. Esperó a que pasaran y la devolvió a su escondite.
* * *
Al día siguiente fue al Hospital Santa Elena.
Amparo estaba sentada en la cama, con una bata demasiado grande y el rosario enredado entre los dedos. Se veía mejor que durante la urgencia. Había apartado parte de la comida en una servilleta.
—Ven, mija. Siéntate. Te guardé el pan.
—Es tuyo, abuela. Tienes que comer.
—Ya comí. Y tú vienes con esa cara de no haber desayunado.
Valentina la abrazó con cuidado y aceptó un pedazo. Amparo la observó masticar antes de bajar la voz.
—¿Quién está pagando todo esto, Vale?
Valentina dobló la servilleta.
—Conseguí un apoyo para el tratamiento.
—¿De quién?
—De una persona que puede ayudar. Está arreglado, abuela.
Amparo le dejó la mano sobre la rodilla.
—¿Y qué te pidió esa persona?
Valentina no pudo sostenerle la mirada. Se concentró en el rosario, en el nudo que se había formado junto a la cruz.
—No te preocupes por eso. Mira, se te enredó.
Lo tomó y empezó a deshacerlo. La abuela la dejó trabajar un momento.
—También te está pasando algo en la escuela.
—Cosas de las muchachas. —Logró soltar la cadena—. Ya sabes cómo se ponen.
—Sé cómo te pones tú cuando no quieres contarme algo.
Valentina le devolvió el rosario. No encontraba una mentira más que no le diera vergüenza decirle.
Amparo suspiró y le acarició la mejilla.
—No te endurezcas de más, mi niña. Puedes hablar conmigo aunque no me vaya a gustar lo que me cuentes.
Valentina apoyó la cara un momento en su mano. Quiso decirle que tenía miedo, pero enseguida imaginó a su abuela queriendo levantarse de esa cama y volver a casa para dejar de costar dinero.
—Cuando salgas hablamos con calma —prometió.
Antes de irse, una trabajadora social la alcanzó en el pasillo con una carpeta.
—Señorita Cabrera. Este es el presupuesto de la siguiente fase del tratamiento. Necesitamos confirmar la cobertura antes del viernes para programarla.
Valentina leyó la hoja. El importe era casi el doble de lo que había calculado para esa etapa.
—¿Ya incluye los medicamentos?
La trabajadora le señaló las partidas y le explicó qué seguía siendo una estimación. Valentina marcó las cifras con una pluma prestada. Por lo menos no iba a volver a sumarlas mal.
—Mañana le confirmo —dijo.
En la calle buscó el contacto de Lino, pero no llegó a escribir. Él gestionaba los pagos; el permiso tendría que pedírselo a Damián.
Guardó el presupuesto en la mochila, junto a la ropa de ensayo. Tenía hasta el viernes para encontrar cómo empezar esa conversación.