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La Esposa De Mí Jefe

La Esposa De Mí Jefe

Status: En proceso
Genre:Amor prohibido / Traiciones y engaños / Mafia
Popularitas:864
Nilai: 5
nombre de autor: Dannyperezok

Él tenía una sola misión: protegerla.
Ella tenía una sola regla: no enamorarse de él.

Victoria Bennett tiene el matrimonio que cualquier mujer envidiaría.

Un esposo millonario. Una mansión de ensueño. Una vida rodeada de lujos.

Pero detrás de las puertas cerradas, su matrimonio es una pesadilla.

Su esposo, Alexander Blackwood, es un hombre poderoso, controlador y posesivo que se ha encargado de destruir poco a poco la seguridad y la autoestima de Victoria. Para el mundo son una pareja perfecta. Para ella, él es la razón por la que cada noche tiene miedo de volver a casa.

Hasta que Alexander contrata a Fernando Ferrara, un exmilitar convertido en guardaespaldas, para proteger a su esposa.

Fernando sabe perfectamente cuáles son sus límites.

Victoria es su jefa.

La esposa de su jefe.

Una mujer prohibida.

Pero también es la mujer que intenta esconder sus lágrimas cuando cree que nadie la está mirando.

Él comienza protegiéndola de peligros externos...

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Capitulo 4: El hombre detrás de la puerta

Victoria

No podía dejar de pensar en Fernando.

No en su aspecto.

No en su voz.

Ni siquiera en la forma en que me había tomado de la mano aquella tarde.

Pensaba en sus palabras.

Mientras estés bajo mi protección, nadie va a tocarte.

Era extraño.

Durante años había escuchado promesas.

De Alexander.

De su familia.

De personas que aseguraban que todo estaría bien.

Pero ninguna había conseguido que me sintiera segura.

Hasta ahora.

Y eso me asustaba.

Porque confiar en alguien era peligroso.

Especialmente para una mujer como yo.

Había aprendido que todo lo que amaba terminaba siendo utilizado en mi contra.

Cuando llegamos a casa, encontré a Alexander esperándonos en el vestíbulo.

Su expresión era fría.

—¿Dónde estuvieron?

—En una reunión —respondí.

—La reunión terminó hace más de una hora.

Miré a Fernando.

Él permaneció completamente tranquilo.

—Tuvimos que hacer una parada —dijo.

Alexander lo observó.

—No te pregunté a ti.

Fernando no respondió.

Yo sí.

—Fue mi decisión.

Alexander clavó sus ojos en mí.

—¿Desde cuándo tomas decisiones sin consultarme?

Sentí que el estómago se me cerraba.

Fernando dio un paso hacia nosotros.

No dijo nada.

Pero su presencia fue suficiente.

Alexander lo notó.

—Puedes retirarte, mí perro fiel.

Fernando ni siquiera se movió.

—Ferrara.

Alexander frunció el ceño.

—¿Qué?

—Mi apellido es Ferrara.

Lo dijo con absoluta calma.

Yo tuve que contener una sonrisa.

Alexander lo miró durante unos segundos.

—Retírate, Ferrara.

—Estaré en el salón.

—Te dije que te retires.

—Y yo le dije que estaré en el salón.

El silencio fue absoluto.

Alexander apretó la mandíbula.

Finalmente entró en su despacho.

Yo solté el aire que había estado conteniendo.

Fernando me miró.

—¿Estás bien?

Asentí.

—Sí.

—No parece.

—Nunca parezco estar bien.

Él no respondió.

Y esa vez agradecí el silencio.

Esa noche recibí un mensaje.

Número desconocido.

"No confíes en él."

Fruncí el ceño.

Otro mensaje llegó inmediatamente.

"Fernando Ferrara no es quien dice ser."

Sentí un escalofrío.

Miré hacia la puerta.

Fernando estaba en el pasillo.

Guardé rápidamente el teléfono.

—¿Todo bien? —preguntó.

—Sí.

Me observó.

—Otra vez estás mintiendo.

—¿Siempre eres así?

—Sí.

—Debe ser agotador.

—Lo es.

Intenté sonreír.

Pero él seguía mirándome.

—¿Quién te escribió?

Mi corazón dio un vuelco.

—Nadie.

—Victoria.

—No es importante.

Fernando se acercó.

—Si alguien te está amenazando, necesito saberlo.

—No me amenazaron.

—¿Entonces?

No sabía qué hacer.

Por primera vez tuve miedo de contarle la verdad.

No porque desconfiara de él.

Sino porque comenzaba a confiar demasiado.

Le entregué el teléfono.

Fernando leyó los mensajes.

Su expresión cambió.

—¿Cuándo llegaron?

—Hace un minuto.

Levantó la mirada.

—¿Te han enviado otros?

Dudé.

—Sí.

—¿Cuántos?

—Varios.

—¿Por qué no me los mostraste?

—Porque pensé que desaparecerían.

—No van a desaparecer.

Guardó mi teléfono.

—Voy a investigar esto.

—Fernando.

Se detuvo.

—¿Qué?

—Ten cuidado.

Por primera vez vi algo parecido a una sonrisa en su rostro.

—Siempre lo tengo.

Fernando

No me gustaban aquellos mensajes.

Pero había algo que me preocupaba todavía más.

La frase:

No confíes en él.

Alguien quería que Victoria desconfiara de mí.

Eso podía significar dos cosas.

O conocían mi pasado.

O querían impedir que descubriera la verdad.

En ambos casos, tenía un problema.

Me dirigí hacia la oficina de seguridad.

La casa estaba en silencio.

Demasiado.

Revisé las cámaras.

Todo normal.

Hasta que encontré algo.

Una cámara había sido desconectada durante nueve minutos.

La del pasillo que conducía directamente a la habitación de Victoria.

Sentí un nudo en el estómago.

Revisé la grabación anterior.

Una figura apareció en el extremo del pasillo.

Un hombre.

Vestido de negro.

Se acercó a la cámara.

La miró directamente.

Después la desconectó.

Congelé la imagen.

No podía distinguir su rostro.

Pero reconocí algo.

El reloj.

Un reloj de acero con una pequeña marca roja en la correa.

Había visto ese reloj antes.

En la muñeca de uno de los empleados de Alexander.

Marcus Reed.

Su jefe de seguridad privada.

Tomé mi teléfono.

Antes de poder hacer la llamada, escuché un ruido.

Me giré.

La puerta de la oficina estaba abierta.

Yo la había dejado cerrada.

Saqué el arma.

Avancé lentamente por el pasillo.

No había nadie.

Entonces escuché un golpe arriba.

Corrí hacia las escaleras.

La puerta de la habitación de Victoria estaba entreabierta.

—¡Victoria!

Entré.

La habitación estaba vacía.

La ventana estaba abierta.

Las cortinas se movían con el viento.

Sobre la cama había una pequeña caja negra.

Me acerqué.

No la toqué.

La observé.

Tenía una nota encima.

Tres palabras.

"Esto recién comienza."

Y debajo había una fotografía.

La tomé con cuidado.

Era una fotografía de Victoria.

Dormida.

En su propia habitación.

La habían fotografiado desde dentro de la casa.

Sentí que la sangre me hervía.

Entonces escuché un grito.

—¡Fernando!

Salí de la habitación.

Victoria estaba al final del pasillo.

Pálida.

Temblando.

—¿Qué pasó? —pregunté.

Señaló detrás de mí.

—Había alguien en mi habitación.

La miré.

—¿Lo viste?

Ella negó con la cabeza.

—No.

—Entonces ¿cómo lo sabes?

Sus ojos se llenaron de lágrimas.

—Porque cuando entré…

Respiró con dificultad.

—Había alguien sentado en mi cama.

Sentí que todo mi cuerpo se tensaba.

—¿Cuándo?

—Hace unos minutos.

Miré nuevamente hacia la habitación.

Después hacia el pasillo.

Alguien había entrado en aquella casa.

Había estado dentro de la habitación de Victoria.

Y lo peor era que no había tenido que forzar ninguna puerta.

Eso significaba que tenía acceso.

Me acerqué a ella.

—Desde este momento no te separas de mí.

Victoria asintió.

—Fernando…

—¿Sí?

—Tengo miedo.

La miré a los ojos.

—Lo sé.

Ella tomó mi mano.

Esta vez no la soltó.

Y yo tampoco.

Porque aquella noche comprendí algo.

El hombre que estaba detrás de todo esto ya no estaba jugando con Victoria.

Ahora estaba jugando conmigo.

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