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Saga Amor

Saga Amor

Status: En proceso
Genre:Maltrato Emocional / Comedia / Acción / Fantasía LGBT / Completas
Popularitas:166
Nilai: 5
nombre de autor: Ecos Del Infierno

holis buenas como están espero que estén bien y si no entren a leer y en breve lo estarán los amo❤️
les quería comentar que está saga contará con diferentes temporadas la cual cada una sería un tomo iré actualizando y demás conforme vaya escribiendo ❤️

NovelToon tiene autorización de Ecos Del Infierno para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 5 – Aceptar lo que hay, construir con lo que venga

A los días decidí ir a la dirección.

El bar no queda lejos. Camino las diez cuadras que lo separan de la casa de las chicas, con los auriculares puestos pero sin música. A veces solo necesito que la gente crea que no quiero que me hablen, aunque en el fondo me encantaría que alguien lo hiciera.

El cartel del frente tiene las luces apagadas, el sol las baña sin permiso. En la puerta, un hombre de unos cuarenta me espera con una hoja en la mano y cara de haber vivido demasiado.

—¿Vos sos el hijo de Walter? —pregunta, directo.

Asiento con la cabeza. No tengo ganas de decir “sí” en voz alta.

—Bueno, entrá. Te muestro cómo es por dentro.

El bar huele a tabaco, café y marihuana, pero tiene su encanto. El piso de madera cruje, las mesas tienen un estilo peculiar. Me explica horarios, días, tareas.

—No me importa cómo te vestís ni cómo te hacés llamar —dice sin mirarme—. Mientras cumplas y no faltes, estamos bien.

Me relajo un poco. Lo suficiente para soltar el aire que llevaba retenido desde que salí de casa.

—Empezás mañana a las ocho. Te pago por turno, bien. Si te gusta, vemos dejarte fijo. Y los encargados son rotativos… quién sabe, capaz en un tiempo sos encargado.

—Gracias —respondo, sin entusiasmo, pero con gratitud real.

Salgo del bar y siento que el aire pesa menos. No porque sea un trabajo soñado, sino porque es algo. Y algo es más que nada.

---

Después de caminar sin rumbo, escribo en el grupo con Emily y Sofía: ¿Están? Caigo con empanadas.

Media hora después estoy tirado en el sillón, con una Coca en la mano y olor a comida en el aire.

—¿Y? ¿Qué onda el bar? —pregunta Sofía, acomodando una manta sobre sus piernas.

—Aceptaron. Empiezo mañana. Pagan bien —digo. Y, por primera vez en mucho tiempo, sonrío con ganas—. Capaz si aguanto un par de meses me puedo alquilar algo. No quiero seguir en esa casa.

—¡Eso sería buenísimo! —dice Emily, con esa chispa en los ojos que siempre me hace sentir seguro—. ¿Vas a poder con todo?

—Voy a intentarlo. Al menos ahora siento que tengo una meta. No quiero ser la versión triste de mí toda la vida.

Sofía asiente, comprensiva. Emily se acerca y me da un beso en la cabeza.

—Lo estás haciendo bien, Roma. De verdad.

Me dan ganas de llorar, pero no lo hago. Prefiero quedarme con este momento. Con ellas. Con la comida. Con la idea de que las cosas, tal vez, pueden mejorar.

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La noche cae rápido. Afuera los autos pasan, adentro todo es tranquilo. Emily se sienta en el piso con un yogurt y una cuchara; Sofía se acomoda a mi lado en el sillón con una manta encima.

—¿Tenés miedo? —pregunta Sofía, sin rodeos.

—Un poco. No del trabajo… sino de que todo se rompa otra vez. De mí mismo, capaz.

Emily se ríe con ternura.

—No te vas a romper. Al menos no más de lo que ya estás, y con eso venimos funcionando bastante bien —dice, y me lanza una almohada al pecho—. Estás haciendo cosas nuevas, Roma. Eso ya es gigante.

Miro el techo. Me cuesta procesar que esté bien hablar de mis miedos. Pero con ellas es distinto. Con ellas no tengo que fingir que estoy entero.

—El otro día mi viejo me miró con asco, ¿sabían? Como si lo que soy fuera algo que se le pudiera pegar.

—Ese tipo no tiene idea de lo que sos —dice Sofía, con los ojos brillosos—. Si lo tuviera, estaría orgulloso. No todos tienen el coraje de renombrarse, de reconstruirse.

—Me dijo “si querés el trabajo, bien. Si no, hacé lo que quieras”. Como si me estuviera regalando algo. Como si yo le debiera algo…

Emily se sienta a mi lado, cruzando las piernas como si siempre hubiera pertenecido ahí. Me abraza del costado.

—Vos no le debés nada a nadie. Ni por ser vos, ni por no tener género, ni por sobrevivir. No le debés ni siquiera un saludo a alguien que te hizo sentir menos por ser vos.

Me sale una carcajada suave. No porque no duela, sino porque me da ternura el esfuerzo que hacen por sostenerme.

—Gracias. A las dos. No sé qué haría sin ustedes.

Sofía se encoge de hombros.

—Probablemente serías igual de brillante. Solo un poco más triste —dice, con media sonrisa.

Nos quedamos en silencio. No es incómodo. Es como escuchar una canción invisible.

—¿Querés dormir acá? —pregunta Emily de repente—. Antes de tu primer día. Capaz está bueno que no estés solo esta noche.

—Sí —respondo sin dudar.

Armamos un colchón en el piso. Frazadas, almohadas, una linterna que apenas funciona. Terminamos tirados, hablando bajito, riendo por cualquier pavada, con los ojos entrecerrados.

Esa noche no hay magia. No hay poderes ni dimensiones paralelas.

Solo hay tres personas que se acompañan en la vida real.

Y eso, a veces, es más mágico que cualquier historia soñada.

Capítulo 6 – La primera puerta

La alarma suena a las 7:30, pero ya estoy despierto. O mejor dicho, nunca terminé de dormir. Me quedé mirando el techo, escuchando a Emily respirar del otro lado del colchón, hasta que el cielo empezó a aclararse.

Me levanto despacio, como si tuviera miedo de despertar algo más que a mis amigas. Me cambio con lo primero que encuentro: un pantalón negro cómodo, una remera ajustada que antes me hacía sentir mal, pero hoy… no tanto. Me miro en el espejo del baño. Me veo cansade, pero vivo.

Desayuno apenas: un sorbo de café frío y una galletita olvidada en el estante. Emily me deja un papelito escrito a mano:

“Te va a ir bien. Sos más fuerte de lo que pensás. Emily.”

Me lo guardo en el bolsillo como si fuera un amuleto.

La psicóloga se llama Luciana. Me recibe en una salita tibia, con una lámpara de luz suave y sillas que no hacen ruido. No parece que vaya a juzgarme. Igual estoy tenso.

—Hola, Roma —dice con voz calma—. ¿Así querés que te diga, verdad?

Asiento. Trago saliva.

—Es un nombre muy especial —agrega—. ¿Querés contarme por qué lo elegiste?

—Es amor al revés. Pero más que eso… es porque al final, yo solo quiero eso. Amor. No hablo de besos o abrazos. Hablo de vivir sin que me duela ser como soy.

Luciana anota algo, pero no me incomoda. Lo hace como si estuviera escribiendo algo que vale la pena recordar.

—Me alegra que hayas venido —dice—. Sé que es difícil hablar cuando uno siente que no vale la pena hablar de sí mismo. Pero yo creo que sí vale. Que vos valés.

Me miro las manos. Están quietas, y eso me sorprende.

—Yo estuve en coma —digo de golpe—. Intenté… ya sabés. Pero soñé algo mientras dormía. Fue como una vida entera en otro mundo. Y me hizo pensar: si pude sobrevivir allá, tal vez también puedo intentarlo acá.

Luciana sonríe apenas.

—A veces, nuestra mente nos lleva a los únicos lugares donde cree que podemos estar a salvo. Pero estás de vuelta, Roma. Y eso no es poco.

Salgo de la sesión con una hoja de próxima cita y un nudo más liviano en el pecho. El aire huele a pan tostado, a ciudad y a oportunidad. Es una mañana como cualquier otra, pero yo no soy el mismo de ayer.

Y eso… se siente como un principio.

El cartel es de madera rústica, tallado a mano. Dice: Refugio. Nada más. No necesita nada más.

Ubicado en una esquina tranquila pero llena de vida, el lugar parece más una casa que un bar. Ventanas grandes, plantas colgando, luces tenues que apenas se dejan ver desde afuera. Una puerta azul gastada, abierta desde antes de que llegue.

Apenas entro, el olor me golpea: café, marihuana suave, pan tostado, perfume barato e incienso. Es cálido, pero no cargado. Como entrar en la casa de alguien que te estuvo esperando.

—¿Roma? —me dice un chico desde atrás de la barra.

Tiene barba, ojos achinados y una sonrisa tranquila. Lleva una remera negra con el logo del bar —un corazón tallado entre hojas— y un delantal verde oscuro atado con nudos desiguales.

—Sí, soy yo.

—Soy Tadeo, pero todos me dicen Tato. Soy el encargado, pero no te asustes, no soy de esos que gritan. Si me ves nervioso es porque tengo insomnio, no por vos.

Me río bajito. Ya me cae bien.

—Gracias por aceptarme.

—No, gracias a vos. El amigo de tu viejo me dijo que eras bueno. No sé en qué sos bueno todavía, pero te creo.

Me guiña un ojo y me hace pasar detrás de la barra. Allí están Clara, bajita y de rulos rojos, e Isaías, con gorra al revés. Me saludan como si me conocieran de antes. Clara me dice “bienvenide” sin dudar, Isaías me pasa una bandeja vacía y un porro medio armado:

—Acá nadie te juzga. Si querés prenderte antes de arrancar, tenés diez minutos. Si no, igual sos parte.

Lo pienso. Lo prendo.

Y por primera vez en mucho tiempo, me siento parte de algo sin tener que explicar nada.

El primer cliente entra apenas después de las diez. Una mujer mayor, bolso lleno de flores secas y sombrero con plumas. Pide té de jazmín y “el bizcochuelo mágico”.

Tato me dice que le gusta que le dibujen una estrella en el plato con canela. Lo hago. La mujer sonríe y me da un beso en la mano como si yo fuera alguien importante.

—Roma, ¿no? Lindo nombre. Parece un lugar —me dice.

—O una historia —respondo sin pensar.

Después llegan tres pibes con rastas, un abogado con un tatuaje de Pikachu en el cuello, y una pareja que discute bajito pero termina riendo. Cada uno con su mesa, su taza preferida, su manera de estar.

El Refugio no es un bar. Es un espacio donde la gente viene a sentirse menos sola.

Tato me enseña a preparar tragos sin alcohol con infusión de cannabis, cafés especiales, y algo que llaman “latte lunar”, con lavanda, miel y leche de avena. Lo sirvo a una chica que llora frente a su computadora, y me dice gracias como si le hubiera dado un abrazo.

Isaías y Clara me muestran cómo limpiar las pipas de cortesía, cómo acomodar el mueble de juegos de mesa, y cómo reconocer si alguien está teniendo un mal viaje. “Acá no se deja sola a la gente”, dice Clara.

Me gusta eso.

Cuando el sol cae, ya me sé el nombre de media docena de clientes, aprendí a usar la caja registradora sin pánico y me gané una sonrisa de Tato que se siente como una medalla.

Antes de cerrar, nos sentamos en ronda a fumar lo que queda de un porro compartido. Tato pone música suave y reparte tostadas con manteca de maní y mermelada.

—¿Te gustó el primer día? —me pregunta.

Lo pienso un segundo.

—Sí. No sé por qué, pero siento que estuve acá antes.

—Porque hay lugares que nos reconocen antes que nosotros a ellos —dice Clara, mirando la luz cálida sobre la barra.

Me guardo esa frase como quien guarda un secreto.

Esa noche salgo del Refugio con olor a marihuana, azúcar y esperanza. Camino lento. Le escribo a Emily que estoy bien. A Sofía también. Les digo que las quiero.

Y por primera vez en semanas, siento que lo digo de verdad.

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