Algunas almas necesitan más de una vida para encontrarse...
Algunas promesas sobreviven al tiempo.
Algunas heridas nunca terminan de cerrar.
Y algunas maldiciones esperan pacientemente el momento de cumplirse.
Gideon Huxley lleva más de un siglo viviendo bajo el peso de un pasado que se niega a desaparecer.
Hasta que un encuentro fortuito despierta en él un recuerdo que creía perdido para siempre.
Porque quizá el destino no se haya equivocado de camino.
Quizá simplemente haya esperado cien años para volver a encontrarlos.
NovelToon tiene autorización de (^‿^) Nany 。◕‿◕。 para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
Bajo el Mismo Techo
Minutos después, el intercomunicador sonó y Diora llamó a Elara a su oficina. Mientras caminaba por el pasillo, Elara ya se iba mentalizando para pasar a las filas de los desempleados. Respiró hondo, tocó la puerta con suavidad y entró al despacho de su jefa.
—Querida, pasa, por favor —indicó Diora, haciendo un ademán con las manos hacia la silla frente a su escritorio para que Elara tomara asiento.
—Usted dirá, señora Diora —respondió Elara, manteniendo la espalda recta.
—Ay, querida, ¿cuándo vas a dejar de lado tanta formalidad? Llevas trabajando aquí casi diez años —le reprochó la dueña del taller con una sonrisa afectuosa.
—Lo siento, es la costumbre...
—Está bien, está bien. Bueno, a lo que iba —Diora entrelazó sus manos sobre el escritorio. Elara se enderezó en la silla por puro instinto, preparándose para el impacto—. El señor Huxley quería disculparse contigo por haber tenido que interrumpir tu cita del viernes, pero también tiene una petición muy específica.
Elara se quedó estática, debatiéndose internamente entre si reír de alivio o llorar de frustración. No podía creer que aquel hombre tan severo se hubiera echado la culpa de lo sucedido, pero tenía la absoluta certeza de que lo que vendría a continuación no sería nada beneficioso para ella.
—Quiere que la próxima cita sea directamente en la mansión Huxley —continuó Diora, entusiasmada por la importancia que el magnate le daba al encargo—. Considera que allí no serán interrumpidos por los asuntos de la joyería y podrás terminar de tomar las medidas con total tranquilidad para comenzar de una vez con el diseño del traje.
Elara quedó en silencio, asimilando la audaz jugada de Gideon. No solo no se había quejado, sino que acababa de ganar nuevamente al llevarla a su terreno. Y lo peor de todo era que, con Diora mirándola con ojos llenos de orgullo y ambición empresarial, Elara no tenía ninguna forma de negarse.
—¿A la mansión? ¿No sería suficiente con que regresara a la joyería?
—El señor Huxley es un cliente demasiado importante, querida. Imagínate el prestigio que tendría el taller con semejante oportunidad —Diora intentaba explicarle los beneficios económicos y de reputación.
Aunque la casa de modas ya gozaba de un enorme reconocimiento en la alta sociedad, Diora sabía que un apellido tan legendario como Huxley abriría puertas inimaginables. Al fin y al cabo, era la primera vez que ese hombre, tan misterioso y reservado, permitía que alguien de la ciudad conociera la intimidad de su propiedad. Elara, por su parte, sentía que cada vez tenía menos escapatoria. Lo que más la perturbaba era que Gideon no estaba imponiendo su voluntad.
Al notar el prolongado silencio de su modista estrella, Diora continuó:
—Además, querida, el señor Huxley fue muy específico. Insistió en que seas tú, personalmente, quien se encargue de confeccionar el traje.
Diora soltó el comentario con total inocencia, considerándolo un bello halago para el talento de su empleada. Sin embargo, Elara no pensaba lo mismo. Después de haber dejado claro que poseía un sastre personal, no lograba comprender la contradicción.
¿Por qué demonios, ahora, le interesaba tanto que fuera precisamente ella quien lo vistiera?
Luego de veinte minutos, Elara volvió a su lugar de trabajo. Mila no tardó ni un segundo en arrastrar su silla para acercarse.
—¿Y qué pasó? —preguntó impaciente, en un susurro audible solo para ellas.
—En verdad no lo entiendo...
—Pero ¿no estás despedida?
—No.
—¡Ah, qué bueno! —exclamó Mila, llevándose una mano al pecho en señal de alivio, pero de inmediato se incorporó con el ceño fruncido—. Si no te despidieron, ¿qué pasó para que traigas esa cara?
—El señor Huxley quiere verme en su mansión. Las medidas que faltaron las tendré que tomar allí.
—¡¿Qué?!
—¡Ssh! Baja la voz.—Elara miro a ambos lados luego a su amiga —Mañana en la mañana su chófer pasará por mi.
—El señor Huxley es de los míos, no pierde el tiempo, ¿eh?
—Qué tonterías estás imaginando...
—Vamos, Eli, he notado la tensión que hay entre ambos. ¿O vas a negarlo?
—¡Es por todo lo sucedido anteriormente! Solo es una forma de vengarse por mi torpeza. Es un hombre sumamente serio y...
—Pero es muy guapo, no puedes negarlo. Tiene un porte tan elegante que a cualquier...
—¡Basta, por Dios, Mila! Mejor ponte a trabajar. No te voy a ayudar si te atrasas con tus pedidos una vez más.
Mila refunfuñó mientras arrastraba su silla de vuelta a su lugar, pero nadie le quitaba de la cabeza que entre ellos estaba creciendo algo que ninguno de los dos estaba dispuesto a admitir todavía.
Al día siguiente, cerca de las diez de la mañana, el chófer de Gideon ya esperaba a Elara en la entrada del estudio.
Elara lo divisó desde la ventana antes de que Sophie viniera a notificarle su llegada. Juntó sus herramientas, organizó sus bocetos y ordenó meticulosamente su mesa de trabajo bajo la atenta mirada de Mila, quien la observaba desde su propio cubículo.
—Tranquila, ni que fueras a un velorio —le soltó en voz baja.
—Pues eso parece —devolvió Elara, rodando los ojos con resignación.
Tras bajar en el ascensor y salir a la calle, saludó con amabilidad al hombre uniformado que le abrió la puerta del imponente vehículo negro.
—Adelante, señorita. El viaje será un poco largo —le indicó el chófer con cortesía.
—¿Estamos muy lejos? —preguntó ella, acomodándose en el espacioso asiento de cuero.
—Así es. La mansión Huxley queda en las afueras de la ciudad, señorita.
—Ya veo... —se limitó a contestar Elara, tomando su teléfono entre las manos para disimular la creciente inquietud que le oprimía el pecho.
Cincuenta minutos después llegaron a la mansión. El gigantesco portón de hierro se abrió y el vehículo ingresó, avanzando lentamente a través de un majestuoso y cuidado jardín.
Elara miraba todo con entusiasmo; sin embargo, la tranquilidad que había comenzado a sentir durante el viaje al contemplar los paisajes verdes ahora se estaba esfumando por completo frente a la imponente y sobria fachada de la propiedad.
—Señorita... —llamó el chófer, quien permanecía junto a la puerta abierta del auto al verla completamente absorta en sus pensamientos.
—Ah, sí, lo siento...
Elara bajó del coche y, conteniendo la respiración, avanzó con paso firme hacia la gran entrada principal.
Cuando estaba por tocar, la puerta se abrió. Una señora de mediana edad le sonrió, invitándola a pasar con un gesto amable.
—Gracias —murmuró Elara, adentrándose en el imponente vestíbulo.
La ama de llaves la guia hacia la sala principal, donde Charlotte, al verla entrar, se levantó de inmediato del sofá.
—¡Elara! Qué lindo verte, no sabía que vendrías...
Antes de que Elara pudiera responder, una voz profunda a su espalda la hizo estremecer por completo.
—Vino por mí, Charlie. Sigue con lo tuyo —sentenció Gideon, para luego dirigirse a la modista—. Buenos días, señorita Davis.
—Buenos días...
—¿Quiere pasar a mi oficina de una vez, o prefiere que le ofrezca un café antes?
—¡Eso ni se pregunta, ab-Gideon! —intervino Charlotte, corrigiendo rápidamente sus palabras para no revelar el parentesco frente a la invitada.
—Lo sé, pero no quiero robarle el tiempo a la señorita —respondió él con una cortesía impecable.
En realidad, Gideon no pensaba eso en absoluto; solo lo decía a propósito. Sabía perfectamente que ella parecía querer huir cada vez que lo tenía cerca. Hasta entonces se habían cruzado en cuatro ocasiones, aunque aquella primera coincidencia en el restaurante había sido tan fortuita que ninguno de los dos sabía todavía quién era el otro.
—Acepto el café, mientras termino de tomar las medidas, señor Huxley —desafió ella, sosteniéndole la mirada.
Gideon sonrió apenas un poco, un gesto casi invisible, y levantó la mano para llamar a la ama de llaves que aguardaba discretamente en una esquina del salón.
—Lleva dos cafés a mi oficina.
—¡También para mí, Tita! —pidió Charlotte de inmediato.
—No, tú te quedas aquí —la frenó Gideon con tono firme—. Si quieres, invita luego a la señorita Davis a almorzar, pero ahora está trabajando.
Charlotte notó de inmediato la inusual actitud de su abuelo. Aquella atención tan meticulosa y la insistencia en apartar a Elara del resto de la casa hicieron que en su mente comenzara a resonar la advertencia que Beltrán le había hecho semanas atrás en la intimidad de su dormitorio. Había algo oculto en ese repentino interés.
—Sígueme —le dijo Gideon a Elara, para luego darle la espalda y encaminarse hacia su despacho privado.
Elara se encogió sutilmente de hombros y le dedicó una mirada de silenciosa disculpa a Charlotte, quien se limitó a negar con la cabeza, esbozando una sonrisa cómplice mientras los veía alejarse por el pasillo.
...****************...