Renata Sinclair lleva años casada con un hombre que la mira como si fuera un mueble más de su casa. Sin caricias, sin besos, sin palabras dulces… ni siquiera de noche comparten la cama. El rechazo constante ha despertado en ella un fuego que no logra apagar: su cuerpo pide lo que su alma anhela, y la ausencia de afecto se transformó en un deseo incontrolable que la avergüenza y la consume. Desesperada por salvar su matrimonio y sanar esa parte rota de sí misma, acude a una consulta médica privada. Allí conoce al doctor Gabriel Sterling: hombre alto, imponente, mirada de acero y voz que la eriza con cada sílaba. Es autoritario, directo, exigente… y despierta en ella algo que ni su propio cuerpo logra entender. Cuando Renata se atreve a acercarse a su esposo una última vez, buscando recuperar lo que perdieron, recibe la humillación más cruel de su vida. Destrozada, volverá a los brazos —y a la cama— del doctor, sin imaginar que él oculta un secreto: detrás de esa bata blanca.
NovelToon tiene autorización de patricia sinisterra para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
Capítulo 6: Encuentro a Medianoche
La noche cayó sobre la ciudad envolviéndola en un manto de violeta y neón, pero Renata apenas lo notó. Sentada en la terraza de su casa, con una cupa de té helado entre las manos que apenas bebía, miraba el horizonte sin verlo realmente. Su mente viajaba una y otra vez al consultorio, a las manos de Gabriel, a la forma en que su voz se volvía grave cuando le susurraba al oído. La llave de metal frío quemaba en el fondo de su bolso, como si tuviera vida propia, recordándole que nada era un sueño. Que él la esperaba.
Al llegar la medianoche, cuando la casa quedó sumida en el silencio absoluto y la respiración pesada de Andrés se escuchaba desde el estudio donde se había instalado a dormir, Renata se deslizó fuera de la cama. Vestía un vestido sencillo color negro, ajustado justo lo necesario para sentirse hermosa sin llamar la atención. No llevaba lencería incómoda ni perfumes excesivos: solo el aroma de su piel y la promesa en el pecho. Salió por la puerta trasera sin hacer ruido, como una ladrona en su propia casa, y el aire fresco de la madrugada le golpeó el rostro como una caricia.
El taxi la dejó a una cuadra del edificio. Caminó despacio, con el corazón latiéndole contra las costillas, observando las sombras, temiendo ser reconocida, deseando a la vez que alguien supiera a dónde iba. Llegó a la entrada de servicio: una puerta discreta de metal gris, apartada de la fachada principal. Introdujo la llave con dedos temblorosos y la puerta cedió con un leve chasquido. Un pasillo estrecho, sin cámaras ni luces brillantes, conducía directamente a un ascensor pequeño y silencioso. Marcó el piso 22, oficina B. El ascensor subió veloz, dejando atrás el ruido del mundo, y Renata sintió que cada metro la acercaba más a su verdadero hogar.
Las puertas se abrieron y él ya estaba allí, esperándola justo al frente. Gabriel, sin bata blanca esta vez. Vestía una camisa negra de seda, mangas arremangadas hasta los codos, mostrando antebrazos fuertes y velludos; pantalón negro ajustado a sus caderas, zapatos de charol. El cabello, siempre peinado con severidad, caía ahora un poco desordenado sobre su frente, dándole un aspecto menos rígido y más… peligroso. Y sus ojos: oscuros, brillantes, encendidos como dos brasas al verla aparecer.
—Llegaste —dijo, y su voz fue un susurro cargado de alivio y hambre a partes iguales, como si hubiera estado contando los segundos desde que se separaron.
Renata avanzó despacio, dejando que la puerta se cerrara sola tras ella.
—Prometí que vendría.
—Lo hiciste —dio dos zancadas y la tuvo entre sus brazos antes de que pudiera decir otra palabra—. Y has hecho bien. Porque no sé si habría resistido un día más sin verte.
La besó entonces, con una urgencia distinta a la de la mañana: más desesperada, más profunda, como si quisiera beberla entera para no olvidar su sabor ni un instante. Renata se aferró a su cuello, subiéndose de puntillas para alcanzarlo mejor, abriendo la boca con entrega total, dejando que su lengua recorriera cada rincón, que sus manos la apretaran contra sí hasta dolerle las costillas. Dolor dulce, bienvenido, el dolor de ser deseada con toda la fuerza de un hombre que se contenía demasiado tiempo.
—Ven —murmuró contra sus labios, tomándola de la mano—. Quiero enseñarte mi refugio.
La guió por un espacio amplio, de techos altos y paredes de cristal que daban directamente sobre la ciudad entera. Libros por todas partes, estanterías hasta el techo, muebles de cuero oscuro, una chimenea apagada por ahora y al fondo… una habitación pequeña, íntima, con una cama enorme de sábanas negras que parecía invitar a perderse en ella. Todo respiraba silencio, poder, soledad… y ahora, por primera vez, a ella.
—¿Es aquí donde vives? —preguntó Renata, acercándose al cristal y mirando las luces que se extendían hasta perderse de vista.
—Aquí paso más tiempo que en mi casa —respondió él, acercándose por detrás y rodeándola con sus brazos, apoyando la barbilla en su hombro—. Aquí nadie sabe quién soy. Ni qué tengo. Ni qué valgo. Aquí solo soy… yo. Y ahora tú también estás aquí. Y aquí nadie te encontrará. Nadie nos separará.
Renata recostó la nuca en su hombro, cerrando los ojos al sentir sus labios rozando suavemente su cuello.
—¿Y fuera de aquí? ¿Quién eres fuera de aquí, Gabriel?
Él guardó silencio un instante, sus manos descansando sobre su vientre, apretándola más contra sí.
—Fuera de aquí soy el hombre que te ama en secreto. Pronto sabrás el resto. Pero no esta noche. Esta noche solo somos esto: tú, yo, y todo el tiempo del mundo.
La giró entre sus brazos y la miró a los ojos con una intensidad que la desarmaba entera.
—Quiero ver cada rincón tuyo. Quiero escucharte sin prisa. Quiero que me digas qué te gusta y qué te enloquece, hasta que no necesites pedirlo porque ya sabré tu cuerpo mejor que el mío propio. ¿Me lo permites?
Renata no respondió con palabras. Lo atrajo hacia la cama y lo besó, dejándose caer con él entre las sábanas suaves y frescas. Esa noche no hubo miedo ni culpa. Gabriel la recorrió con lentitud de rey que reclama su tesoro: besó cada cicatriz, cada luna, cada pliegue de su piel con devoción asombrada, haciéndola suspirar su nombre como si fuera una oración. Renata aprendió a confiar en sus manos, en su mirada, en la forma en que la miraba como si ella fuera la única mujer sobre la tierra.
Y entre gemidos y susurros, entre el brillo de la ciudad detrás del cristal y el calor de un abrazo que no tenía fin, Renata comprendió que ya no existía retorno. Gabriel Sterling no era solo su amante ni su médico: era su destino. Y estuviera lo que estuviera por venir, lo recibiría con la mano sujeta a la suya.