Un trágico accidente dejó al multimillonario Alexei Von Krahn en silla de ruedas, arrebatando su autonomía y rodeado por la traición de quienes dijeron amarlo. Consumido por el rencor y ante la delicada salud de su madre, cuyo último deseo es verlo acompañado, Alexei decide buscar una esposa por contrato.
Por su parte, Emilia San Martín enfrenta una situación desesperada: la grave condición de su madre y la imposibilidad de saldar las deudas, la llevan al límite. Para salvar a su única familia, acepta casarse durante un año con un desconocido amargado a cambio de una suma millonaria y el traslado inmediato de su madre a una clínica privada.
Sin embargo, lo que comenzó como un acuerdo frío se transforma en un torbellino de sentimientos encontrados.
Atrapado por un profundo complejo de inferioridad y el miedo a la dependencia, Alexei oculta su amor y monta una despiadada farsa para distanciar a Emilia de su vida, ignorando que la verdadera amenaza aun acecha entre las sombras.
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Capitulo 13
Alexei
El primer rayo de sol atravesó las cortinas del estudio haciendo que abriera los ojos de inmediato. Emilia se había retirado a su habitación hacía apenas un par de horas, pero el calor de su mano entrelazada con la mía todavía parecía persistir en mi piel
Miré la silla vacía a mi lado y luego mis propias piernas inútiles bajo la manta. Por primera vez en meses, el frío metálico de esta maldita invalidez no era lo único que llenaba mi pecho, la huella de su ternura, el recuerdo de su beso sutil en mi frente antes de marcharse, continuaban ardiendo en mi mente con una intensidad maravillosa y aterradora a la vez
Me había enamorado de ella. Ya no tenía sentido negarlo ni esconderlo detrás del lenguaje glacial de un contrato matrimonial. Emilia había atravesado cada una de mis defensas sin armas, solo con la transparencia de sus ojos castaños y una compasión limpia que jamás me hizo sentir como un objeto de lástima
Giré las ruedas de la silla hacia el pasillo cuando escuché los movimientos matutinos del personal. La luz dorada de la mañana bañaba la gran galería del primer piso, otorgándole a la mansión un aspecto casi cálido
Mientras me dirigía al ascensor para bajar al comedor, vi a Emilia salir de su habitación. Llevaba un vestido sencillo de color crema y el cabello recogido de forma holgada. Al cruzarse con mi mirada, un leve rubor tiñó sus mejillas y una sonrisa sincera, desprovista de las sombras habituales de esta casa, iluminó sus facciones
— Buenos días, Alexei — dijo con voz suave, acercándose a mí con paso fluido
— Buenos días, Emilia — contesté, permitiendo que mi rostro abandonara la rigidez habitual para devolverle el gesto — ¿Lograste descansar algo? Te dejé ir demasiado tarde
— Dormí perfectamente — respondió, deteniéndose justo a mi lado. Sin dudarlo, llevó una de sus manos al respaldo de mi silla de ruedas para acompañarme en el trayecto hacia el ascensor, un gesto cotidiano que en sus manos se sentía natural y carente de condescendencia — En realidad, pensaba en lo que me contaste anoche sobre los jardines de la residencia que creaste para tu madre. Tu forma de describirlos me hizo dar cuenta de cuánto extrañas ese lugar
La observé de reojo mientras el ascensor descendía en silencio hacia la planta baja. La forma en que recordaba cada una de mis palabras, la atención casi devota con la que escuchaba mis confidencias, me oprimía el corazón de un modo dulce
— Esos jardines eran el único refugio de mí madre antes de que su salud decayera — expliqué, cubriendo suavemente su mano con la mía sobre el apoyabrazos — Quizás… si no estás muy ocupada hoy, podríamos almorzar juntos en el invernadero de la propiedad. Los rosales de invierno han comenzado a florecer
Emilia se detuvo un instante al salir del ascensor, mirándome con una sorpresa contenida que rápidamente se transformó en una chispa de alegría genuina
— Me encantaría, Alexei — aceptó en un murmullo, apretando sutilmente mis dedos antes de soltarme para dejarme avanzar hacia la mesa del comedor
El desayuno transcurrió en un clima de serenidad desconocido para la mansión Von Krahn. Durante esa hora, fuimos simplemente dos personas descubriendo la cercanía del otro, compartiendo sonrisas contenidas y miradas cruzadas que decían mucho más que cualquier declaración formal
Alrededor del mediodía, el sol alcanzó su punto más alto, ofreciendo una tregua al frío implacable de la temporada. Ordené al servicio que preparara la pequeña mesa circular del invernadero principal, un espacio de cristal cubierto de orquídeas y enredaderas que mí madre contemplaba cada vez que venía
Cuando Emilia llegó, se quedó contemplando el lugar con los ojos muy abiertos. La luz filtrada por los cristales creaba un juego de sombras doradas sobre su rostro
— Es hermoso, Alexei... — murmuró, caminando entre los pasillos de vegetación hasta acercarse a la mesa
— No tanto como la mujer que me acompaña hoy — dije sin pensarlo, permitiendo que la sinceridad de mis sentimientos saliera a la luz sin los filtros del orgullo
Emilia se giró hacia mí, sorprendida por la soltura de mi cumplido. Se acercó a mi silla y se inclinó levemente para ajustar la bufanda alrededor de mi cuello, un pretexto transparente para acortar la distancia entre nuestras miradas. Sentí el aroma fresco de su piel, el roce cálido de su aliento contra mi mejilla
— Estás cambiando, Alexei — susurró ella, mirándome directamente a los ojos con una ternura desarmante — El hombre distante y severo que firmó ese contrato parece haber quedado atrás
— No cambió el hombre, Emilia — respondí, alzando la mano para colocar un mechón de su cabello detrás de su oreja, deleitándome con la suavidad de su piel — Cambió la forma en que veo el mundo desde que tú estás en él. Antes de que llegaras, esta mansión era solo una fortaleza para protegerme de la lástima de los demás. Hoy... es el lugar donde quiero verte sonreír
Los ojos castaños de Emilia se llenaron de una devoción transparente. Se inclinó un poco más y, en un gesto cargado de valentía y afecto, posó sus labios de manera dulce sobre mi mejilla, muy cerca del comisura de mi boca. El roce duró apenas un par de segundos, pero fue suficiente para hacer que mi pulso se acelerara como el de un adolescente
Compartimos un almuerzo íntimo, conversando sobre sus proyectos a futuro y sus aspiraciones. Por primera vez en años, me permití olvidar el peso de la presidencia de la empresa, las intrigas corporativas y la constante amenaza de mi hermano. Estando a su lado, la vida parecía adquirir un significado distinto, un propósito más elevado que la simple supervivencia o la acumulación de poder
Sin embargo, a medida que la tarde avanzaba y la luz del invernadero comenzaba a atenuarse, la sombra inevitable de la realidad volvió a posarse sobre mi mente
Ocurrió cuando Emilia se levantó un momento para cortar una pequeña rosa blanca que crecía junto a la pared de cristal. Al intentar alcanzar una rama alta, dio un traspié ligero y estuvo a punto de perder el equilibrio. Instintivamente, mi cuerpo reaccionó, intenté ponerme de pie para sostenerla, para extender los brazos y evitar que cayera
Pero mis piernas no respondieron. Un latigazo de impotencia me atravesó el torso cuando me quedé clavado en el asiento de la silla de ruedas, observando cómo ella lograba apoyarse contra el muro por sus propios medios antes de volverse hacia mí con una risa nerviosa
— Casi me caigo sobre las espinas — dijo Emilia, riendo con suavidad mientras regresaba a la mesa con la flor en la mano — Mira qué bonita es
Ella no notó el cambio drástico en mi rostro. No vio cómo la sonrisa que me había acompañado durante toda la mañana se congeló al instante, transformada en una máscara de piedra
Miré la rosa en sus manos y luego volví la vista hacia mis piernas inmóviles sobre la manta. El abismo entre nosotros se reveló de pronto con una claridad desgarradora. Emilia era una mujer llena de gracia, capaz de moverse libremente, de tropezar y levantarse, de abrazar el futuro con vitalidad. Yo era un tullido atrapado en una estructura de metal, incapaz de ponerme de pie para protegerla de una simple caída, de sostenerla en mis brazos mientras caminábamos o de ofrecerle una vida plena fuera de los muros de esta prisión de lujo
Un nudo de angustia y miseria comenzó a apretarme la garganta, ahogando la calidez que había florecido en mi pecho horas antes
— Alexei... ¿ocurre algo? — preguntó Emilia, notando al fin mi repentino silencio. Se arrodilló a mi lado y colocó la rosa sobre mi regazo, buscando mi mirada con preocupación — Te pusiste muy pálido de golpe
— No es nada — contesté con una voz que involuntariamente se tornó un poco más rígida, intentando ocultar la tormenta de inseguridad que comenzaba a devorarme por dentro — El frío del atardecer está comenzando a colarse por los cristales. Es mejor que regresemos a la casa
Emilia me observó con una mezcla de desconcierto y tristeza, sintiendo la barrera que intentaba volver a levantar entre los dos. Sin embargo, no protestó. Asintió con la cabeza y se puso de pie para tomar el control de la silla de ruedas y guiarme de regreso al edificio principal
Durante el trayecto por los pasillos de la mansión, el calor de su mano sobre mi hombro ya no me produjo el mismo alivio. El amor que sentía por ella, en lugar de liberarme, comenzaba a transformarse en una culpa insoportable. ¿Con qué derecho la ataba a mi destino? ¿Qué clase de futuro le esperaba al lado de un hombre incapaz de ofrecerle una vida normal?
Cuando llegamos a la puerta de mi habitación, me giré ligeramente para mirarla. La luz del pasillo acentuaba la belleza de sus rasgos y la fragilidad de su figura
— Gracias por acompañarme hoy, Emilia — dije en un tono más suave, tratando de suavizar la sequedad de mi reacción anterior — El almuerzo fue... inolvidable
Emilia sonrió de nuevo, aunque una pequeña sombra de duda permanecía en sus ojos. Se inclinó y dejó un beso lento y cálido sobre mi mejilla antes de dar media vuelta
— Para mí también lo fue, Alexei. Descansa — murmuró antes de alejarse hacia su habitación
La vi caminar por el pasillo hasta que desapareció al cruzar la esquina. Me quedé solo en el corredor, pensando en que si esto estaba correcto o no
El amor que sentía por Emilia se había alojado definitivamente en lo más profundo de mi ser. Pero en ese mismo instante, en la soledad de mi condición, la semilla de mi propio orgullo y mi miseria comenzó a germinar.