Luego de descubrir una cruel traición y caer en un profundo coma en su mundo, transmigró al cuerpo de una sirvienta en el reino del Rey Lycan.
Ella sólo quiere entender como ha llegado a ese lugar, y él no está dispuesto a dejarla ir.
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Capítulo 22
—¡Dejen el cotilleo de una vez por todas y pónganse a trabajar! —la voz severa y cortante de Martha retumbó en las paredes de piedra de la cocina, haciendo que Alondra y Lona se apartaran de golpe de la mesa de madera.
La jefa de cocina avanzó a grandes zancadas, con el ceño fruncido y los brazos cruzados bajo el delantal, barriendo a las tres jóvenes con una mirada de pocos amigos.
—Preparen la cena para el banquete final —ordenó Martha con tono inapelable, gesticulando con impaciencia hacia los mesones de preparación—. Los Alfas del Norte y del Este, junto con el Rey, quieren todo tipo de animales asados sobre la mesa esta noche. Cerdos salvajes, venados de la alta montaña y aves de caza; quiero las mejores carnes asándose en los hornos antes de que caiga la noche o se las verán conmigo.
Alondra y Lona asintieron apresuradamente, volviendo de inmediato a sus puestos de trabajo y atizando las brasas del gran horno de leña, conscientes de que desobedecer a Martha durante un banquete de cumbres equivalía a cavar su propia tumba.
Martha, sin embargo, no desvió la mirada. Se giró lentamente hacia Alana, evaluándola de arriba a abajo con una mezcla de recelo y fastidio, antes de lanzarle la frase que hizo que el corazón de la chica diera un vuelco en el pecho.
—Y tú... no te hagas la desentendida —espetó Martha con los ojos entrecerrados—. El Rey te está buscando. Ve a sus aposentos de inmediato y no lo hagas esperar, o esta vez ni los lobos te van a salvar el pellejo.
Alana se quedó inmóvil por un segundo, sintiendo el peso de todas las miradas de la cocina clavadas en su espalda. El eco de la advertencia de Azrael y la tensión acumulada en la arena volvieron a precipitarse sobre ella con fuerza. Tragó en seco, asintió con rigidez y, sin decir una palabra más, se quitó el delantal de las manos antes de girarse hacia la oscura y pesada puerta que conducía a los dominios privados del Rey Alfa.
Alana subió la sinuosa escalera de piedra hacia la torre privada del Rey Alfa, sintiendo cómo el frío del castillo se le metía hasta los huesos. Cada escalón pesaba más que el anterior. Ajustó su postura, negándose a mostrar vacilación, y empujó levemente la enorme puerta de madera de roble y hierro forjado que conducía a los aposentos reales.
La puerta cedió sin un solo crujido, abriéndose a la inmensa penumbra de la estancia.
Alana dio un par de pasos hacia el interior, pero se detuvo en seco al percibir un murmullo bajo que resonaba desde el fondo de la habitación. Era una combinación de voces ahogadas por el eco de la piedra, risas suaves y el constante chapoteo de agua.
Siguiendo el sonido con el corazón latiéndole a gran velocidad, caminó lentamente hacia el arco que conducía a la cámara de baño. Cruzó la cortina de terciopelo pesado y la escena ante sus ojos la congeló por completo.
En el centro de la estancia, dentro de una monumental bañera de piedra tallada llena de agua caliente y vapor, se encontraban Azrael y la Princesa Sara.
Sara estaba reclinada contra el pecho del Rey Alfa, con la cara lavada y los rastros de su falsa agresión desaparecidos, luciendo una sonrisa triunfante y felina. Azrael permanecía con el torso desnudo sumergido en el agua, con el cabello azabache húmedo pegado a la nuca. Una de sus enormes manos descansaba con indiferencia cerca del hombro de la princesa.
De pronto, un nudo amargo y sofocante se le atravesó a Alana en la garganta. Sintió una punzada extraña en el pecho, una mezcla de náusea, indignación y algo más profundo que no logró descifrar pero que la hizo hervir por dentro.
Retrocedió dos pasos de forma instintiva, intentando marcar distancia de esa intimidad que se sentía como una bofetada sin motivo. Se plantó firme bajo el marco de la gran puerta de madera, erguida y con la barbilla en alto para ocultar el impacto.
—Su majestad, me mandó a llamar —anunció Alana, esforzándose con cada fibra de su ser para que su voz sonara firme y no temblara en lo más mínimo.
Azrael giró la cabeza con lentitud hacia ella. Sus ojos azules la fijaron con una frialdad impenetrable, sin mostrar la menor turbación o culpa por ser descubierto en semejante cuadro. Sara, por su parte, acomodó la cabeza sobre el hombro de Azrael y lanzó a Alana una mirada cargada de pura superioridad y burla.
—Trae las sales para Sara —ordenó el Rey Alfa con una voz grave, distante y carente de cualquier calidez.
Alana apretó los puños a los costados con tanta fuerza que las uñas se le clavaron en las palmas de las manos. Sintió cómo la rabia le encendía la piel y le aceleraba la respiración. Sin responder, sin inclinar la cabeza y sin regalarles una sola palabra más, dio media vuelta sobre sus talones y salió a paso rápido de los aposentos para ir a buscar las malditas sales.