Rocío Vega, empresaria de moda de 24 años, arrastra la culpa de llevar seis años distanciada de su hermana. Cuando esta fallece trágicamente dejando huérfanos a Lucas (5 años) y Mía (3 años), el mundo de Rocío da un vuelco total.
En la notaría se encuentra con Mario Alva, el atractivo y frío CEO de una corporación de cruceros de lujo. Para su sorpresa, el testamento incluye una cláusula ineludible: para mantener la custodia de los niños y evitar que vayan a un orfanato, deben convivir juntos bajo el mismo techo.
El choque entre la empresaria que regala sueños y el magnate de alta mar es inmediato. Pero entre crisis médicas nocturnas e inspectores judiciales, las defensas caen. La paciencia de Mario empezará a sanar los traumas del pasado de Rocío, encendiendo un deseo irrefrenable.
Sin embargo, una sombra acecha: la muerte de sus hermanos no fue un accidente y alguien en la naviera los vigila. ¿Podrán salvar a los niños y descubrir que la cláusula más estricta era la del amor?
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CAPITULO 21. LA SEDA, LA PACIENCIA Y EL FIN DE LAS SOMBRAS
POV ROCÍO
La casa unifamiliar por fin respiraba una paz absoluta, limpia de llamadas anónimas y de inspectores judiciales. Lucas, de cinco años, y la pequeña Mía, de tres, dormían profundamente en sus habitaciones de la segunda planta, arropados bajo la certeza de que ya nada malo podía pasarles.
En el salón de la planta baja, la atmósfera se había transformado por completo. Mario había apartado la mesa del comedor para encender la chimenea, cuyo fuego proyectaba sombras cálidas y doradas contra las paredes. Había preparado una cena ligera, pero lo que realmente me robó el aliento fue el cuidado que había puesto en cada detalle: música instrumental muy suave de fondo, dos copas de vino y un camino de velas que iluminaba la estancia con una timidez acogedora.
Me había cambiado de ropa, optando por un vestido largo de seda color champán. Al bajar las escaleras, me detuve en el último peldaño. El corazón me latía con fuerza, pero esta vez no era por pánico; era la expectación, el deseo ardiente y, sí, un residuo de ese miedo viejo que me había perseguido durante siete años.
Mario estaba de pie junto al fuego, vistiendo una camisa negra con los primeros botones desabrochados y las mangas remangadas. Al verme, se quedó inmóvil. Sus ojos oscuros brillaron con una mezcla de admiración, ternura y un deseo tan puro que me hizo temblar sutilmente.
—Estás espectacular, Rocío —murmuró con su voz barítona, acercándose a mí con pasos lentos, dándome tiempo a asimilar su presencia.
Tomé su mano y bajé el último escalón. Cenamos casi sin hablar, compartiendo miradas cargadas de todo lo que habíamos callado durante estos días de tormenta. Cuando terminamos, Mario dejó las copas a un lado y me ofreció su mano para ponernos de pie. Nos movemos al ritmo pausado de la música, con mi cabeza apoyada en su pecho, escuchando el latido constante de su corazón.
—Mario... —susurré, deteniendo mis pasos y mirándolo fijamente—. Quiero dar el paso contigo. De verdad que lo deseo. Pero necesito que sepas algo... que no le he contado a nadie.
Mario se detuvo, manteniendo sus manos firmes pero suaves en mi cintura, asintiendo para invitarme a continuar.
—Después de lo que me hizo Iván... intenté rehacer mi vida —confesé, con los ojos empañados por la frustración de mis propios recuerdos—. Tuve otras dos parejas en estos seis años. Chicos buenos, que me querían. Pero cada vez que intentábamos intimar, cada vez que la situación se volvía más privada... yo me bloqueaba por completo. Me entraba una angustia que me asfixiaba y terminaba huyendo, dejándolos confundidos. Ninguno tuvo la paciencia de derribar mis muros. Terminé convenciéndome de que estaba rota para siempre, de que nunca podría entregarme a nadie. Pero contigo... contigo es diferente. Sé que contigo voy a conseguirlo, pero necesito que seas mi guía.
POV MARIO
Escuchar su confesión me encogió el alma, pero también me llenó de un orgullo limpio y de una responsabilidad sagrada. Esos hombres del pasado no la habían sabido amar; la habían tratado como un trofeo o como una meta, sin entender que el cuerpo de Rocío recordaba el dolor del trauma. Ella no estaba rota; solo necesitaba que la amaran con la paciencia de quien cuida la obra de arte más frágil del mundo.
—Mírame, Rocío —le pedí, acunando su rostro entre mis manos con una lentitud extrema, acariciando sus mejillas con mis pulgares—. Mírame bien. Eres la mujer más fuerte, valiente y hermosa que he conocido en mi vida. No hay nada malo en ti. Esos tipos no merecían el tesoro de tu intimidad. Yo no tengo prisa. Esta noche no hay metas, no hay expectativas. Solo estamos tú y yo, celebrando que somos libres. Si en algún momento sientes que el aire te falta, solo dímelo y me detendré al instante. Yo voy a cuidar de ti.
Rocío soltó un suspiro trémulo y vi cómo la rigidez de sus hombros cedía por completo al ver la honestidad absoluta en mis ojos. Asintió, depositando toda su confianza en mis manos.
La tomé de la mano y la guié hacia la tercera planta, hacia mi dormitorio iluminado solo por la luz de la luna que se colaba por el ventanal. La cama estaba deshecha, invitando al descanso y a la intimidad.
Me acerqué a ella despacio. Comencé por desatar el lazo de seda de su vestido, apartando la tela con un cuidado milimétrico, como si estuviera descubriendo un secreto sagrado. Cada vez que mi piel tocaba la suya, me detenía un segundo, besando su hombro, su cuello, esperando a que su respiración se acompasara antes de dar el siguiente paso. Quería que su cuerpo asociara el contacto masculino con la protección, no con la fuerza.
Rocío mantenía los ojos cerrados, pero ya no temblaba de miedo; temblaba de pura anticipación. Cuando la recosté sobre las sábanas de hilo blanco, me coloqué a su lado, no encima, evitando que se sintiera atrapada o acorralada. Besé sus párpados, la punta de su nariz y finalmente sus labios en un beso pausado, tierno, que se fue encendiendo con una pasión contenida que nos quemaba a ambos por dentro.
Mis manos recorrieron su silueta con una suavidad exquisita, memorizando cada curva, deteniéndome cada vez que notaba un sutil cambio en su pulso.
—¿Estás bien, mi princesa? —le susurré al oído, manteniendo mi promesa de ser su escudo.
—Estoy perfecta, Mario... Por favor, no te detengas —murmuró ella, abriendo unos ojos encendidos por un deseo limpio y liberador. Sus manos, que antes empujaban, ahora se aferraron a mi espalda, atrayéndome hacia ella, invitándome a romper el último de sus límites.
Y así, con una paciencia infinita, guiados por el compás de un amor que había resistido muertes, deudas y amenazas, el momento que tanto habíamos deseado se consumó en la penumbra del dormitorio. No hubo prisa, no hubo frialdad; solo una entrega mutua, cálida, dulce y abrumadora. Mario fue el hombre que reescribió la historia de su cuerpo, borrando las huellas de Iván con caricias de seda y promesas susurradas al oído en mitad de la noche. Rocío había dejado atrás a la adolescente rota para convertirse en una mujer amada, plena y completamente libre en los brazos del único hombre que había sabido esperarla.