Mateo Rivera llega a una prestigiosa universidad de Estados Unidos con una beca que representa la oportunidad de cambiar su vida. Acostumbrado a luchar por cada oportunidad, sabe que no puede permitirse cometer errores. Alexander Whitmore, en cambio, nació rodeado de privilegios. Hijo de una de las familias más importantes de la ciudad, tiene un futuro prácticamente asegurado. Pero detrás de su apellido, su dinero y la imagen de una vida perfecta existe una presión que pocos conocen. Sus caminos se cruzan durante su primer día de universidad. Al principio, solo son dos estudiantes que comienzan a hablar. Después, poco a poco, se convierten en amigos. Entre conversaciones, miradas y momentos compartidos, algo comienza a cambiar entre ellos. Pero mientras Mateo empieza a descubrir lo que realmente siente, Alexander tendrá que enfrentarse a sus propios miedos. Porque enamorarse de Mateo significa desafiar un mundo al que siempre ha pertenecido. Un mundo donde las apariencias importan, donde su familia tiene una reputación que proteger y donde mostrar quién es realmente podría cambiarlo todo. Dos chicos. Dos mundos completamente diferentes. Una historia que comienza con una simple mirada. Entre Dos Mundos es una historia de amor, amistad, descubrimiento y valentía, donde ambos tendrán que decidir si vale la pena luchar por lo que sienten.
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Capítulo 14
Capítulo 14 — Cuando los mundos chocan
Mateo despertó antes de que sonara la alarma. Durante unos segundos permaneció mirando el techo de su habitación, todavía medio dormido. Después recordó el mensaje de Alexander de la noche anterior.
Me dieron ganas de tomarte de la mano.
Y después su propia respuesta.
A mí también.
Mateo tomó el teléfono de la mesa de noche y abrió nuevamente la conversación. El último mensaje de Alexander seguía ahí.
Tenemos que hablar mañana.
Mateo frunció el ceño.
Algo había ocurrido después de aquella conversación.
No sabía qué.
Se levantó, se preparó para ir a la universidad y bajó a desayunar.
Lucas ya estaba sentado en la cocina.
—Buenos días.
—Buenos días.
Lucas lo observó.
—¿Por qué sonríes?
Mateo dejó de sonreír inmediatamente.
—No estoy sonriendo.
—Sí estás sonriendo.
—No.
—Sí.
Mateo tomó una taza.
—¿Ya desayunaste?
Lucas sonrió.
—Cambiaste de tema.
—No cambié de tema.
—Claro.
Mateo negó con la cabeza.
—Eres insoportable.
—Y tú estás enamorado.
Mateo casi dejó caer la taza.
—¿Qué?
Lucas soltó una carcajada.
—¡Era broma!
Mateo lo miró seriamente.
—No vuelvas a decir eso.
—Está bien.
Lucas continuó desayunando, pero la sonrisa no desapareció de su rostro.
Mateo tomó su mochila.
—Me voy.
—Suerte con Alexander.
Mateo se detuvo.
—Lucas…
—¿Qué?
—Nada.
Salió de la casa intentando no sonreír.
⸻
Cuando llegó a la universidad, Daniel ya estaba esperando.
—Buenos días.
—Buenos días.
Daniel lo miró.
—¿Dormiste?
—Sí.
—¿Seguro?
Mateo suspiró.
—¿Por qué todos me preguntan eso?
—Porque tienes cara de estar pensando demasiado.
Mateo dejó su mochila.
—Alexander quiere hablar conmigo.
Daniel levantó una ceja.
—¿Problemas?
—No sé.
—¿Qué pasó?
Mateo dudó.
—Ayer me dijo algo.
—¿Qué?
Mateo miró alrededor.
—Me dijo que quería tomarme de la mano.
Daniel abrió los ojos.
—¿Y tú?
—Le dije que yo también había querido.
Daniel sonrió.
—Finalmente.
—¿Finalmente qué?
—Nada.
—Daniel.
—Mateo, ustedes llevan semanas mirándose como si estuvieran esperando que alguno diga algo.
Mateo bajó la mirada.
—No quiero arruinarlo.
Daniel se puso serio.
—Entonces no lo arruines.
—¿Cómo?
—No tengas prisa. Pero tampoco tengas miedo de sentir algo.
Mateo guardó silencio.
Quizá Daniel tenía razón.
⸻
Sophie llegó unos minutos después.
—Hola.
—Hola —respondieron ambos.
Sophie miró a Mateo.
—¿Qué pasó?
Daniel sonrió.
—Nada.
Sophie miró a Mateo.
—Eso significa que sí pasó algo.
Mateo suspiró.
—Alexander me dijo que quería tomarme de la mano.
Sophie sonrió inmediatamente.
—¿Y?
—Yo también quería.
Sophie abrió los brazos.
—¡Por fin!
Mateo se rio.
—No exageres.
—No estoy exagerando.
Daniel comenzó a caminar.
—Vamos, tenemos clase.
Sophie lo siguió.
Mateo caminó detrás de ellos.
Pero antes de entrar al edificio, recibió un mensaje.
Alexander: ¿Podemos hablar después de clases?
Mateo respondió.
Mateo: Sí.
La respuesta llegó casi inmediatamente.
Alexander: Gracias.
⸻
Alexander pasó toda la mañana distraído.
En clase revisó su teléfono varias veces.
No esperaba que su padre interfiriera tan rápido.
La noche anterior, Richard había dejado claro que quería conocer a Mateo.
Alexander conocía a su padre.
Cuando Richard decía que quería “conocer” a alguien, casi nunca significaba simplemente sentarse a conversar.
Significaba observar.
Preguntar.
Analizar.
Buscar algo.
Cuando terminó la clase, Ryan se acercó.
—¿Qué te pasa?
—Nada.
—Llevas diez minutos mirando el teléfono.
Alexander guardó el teléfono.
—Tengo cosas familiares.
Ryan lo observó.
—¿Tu padre?
Alexander asintió.
Emma se acercó.
—¿Todo bien?
—No exactamente.
—¿Qué ocurrió?
Alexander miró a ambos.
—Mi padre quiere conocer a Mateo.
Ryan levantó las cejas.
—Eso no suena bien.
—No sé qué pretende.
Emma se quedó pensativa.
—¿Y Mateo sabe?
—Todavía no.
—Entonces deberías decírselo.
Alexander asintió.
—Lo sé.
⸻
Después de clases, Mateo encontró a Alexander esperándolo afuera.
Cuando sus miradas se cruzaron, ambos sonrieron.
—Hola.
—Hola.
Caminaron juntos hasta una zona tranquila del campus.
Alexander se detuvo.
—Tengo que decirte algo.
Mateo lo miró.
—¿Qué pasó?
Alexander respiró profundamente.
—Mi padre sabe de ti.
Mateo guardó silencio.
—¿Qué quieres decir?
—Le he hablado de ti.
—¿Y eso es malo?
—No necesariamente.
Alexander hizo una pausa.
—Pero quiere conocerte.
Mateo sintió que el estómago se le cerraba.
—¿Conocerme?
—Sí.
—¿Por qué?
Alexander no respondió inmediatamente.
—Porque cree que eres importante para mí.
Mateo bajó la mirada.
—¿Lo soy?
Alexander lo miró.
—Sí.
La respuesta fue inmediata.
Mateo levantó los ojos.
Alexander continuó.
—Pero no quiero que pienses que tienes que demostrarle nada.
—No tengo nada que demostrar.
—Lo sé.
—Entonces ¿por qué estás preocupado?
Alexander respiró profundamente.
—Porque conozco a mi padre.
Mateo permaneció callado.
—Si él empieza a hacer preguntas sobre ti…
—¿Qué?
—No quiero que te sientas incómodo.
Mateo sonrió ligeramente.
—Alexander, no voy a desaparecer porque tu padre quiera conocerme.
Alexander también sonrió.
—Gracias.
—Pero sí estoy nervioso.
—Yo también.
Los dos rieron.
⸻
Se sentaron en una banca.
Durante unos segundos ninguno habló.
Alexander miró sus manos.
—Sobre lo de ayer…
Mateo sintió nervios.
—Sí.
—No quería decirlo por mensaje.
—¿Por qué lo dijiste entonces?
Alexander sonrió.
—Porque si te lo decía en persona probablemente no me habría atrevido.
Mateo soltó una pequeña risa.
—Eso no parece propio de ti.
—Contigo no soy exactamente el mismo.
Mateo lo miró.
Alexander extendió lentamente la mano.
No dijo nada.
Mateo observó su mano durante unos segundos.
Finalmente tomó su mano.
Sus dedos se entrelazaron.
Ninguno habló.
No fue un beso.
No fue una declaración.
Pero para ambos significó algo.
Alexander sonrió.
—Esto se siente bien.
Mateo asintió.
—Sí.
Permanecieron así durante varios minutos.
Hasta que el teléfono de Alexander comenzó a sonar.
Richard.
Alexander miró la pantalla.
La sonrisa desapareció.
—Tengo que contestar.
Soltó lentamente la mano de Mateo.
—¿Sí?
La voz de Richard sonó al otro lado.
—¿Dónde estás?
—En la universidad.
—Quiero que vengas a casa esta noche.
Alexander frunció el ceño.
—¿Por qué?
—Tenemos que hablar.
—¿Sobre qué?
Hubo una pausa.
—Sobre Mateo.
Alexander se quedó completamente quieto.
—¿Qué sabes de él?
Richard respondió con tranquilidad.
—Más de lo que crees.
La llamada terminó.
Alexander bajó el teléfono.
Mateo lo observó.
—¿Qué pasa?
Alexander tardó unos segundos en responder.
—Mi padre ya empezó a investigar.
⸻
Mientras tanto, Sophie y Daniel caminaban por el campus.
—¿Quieres comer algo? —preguntó Sophie.
—Sí.
Entraron a una pequeña cafetería.
Se sentaron frente a frente.
Durante unos minutos hablaron de cosas normales.
Hasta que Sophie preguntó:
—¿Ya sabes quién te gusta?
Daniel sonrió.
—Tal vez.
—¿Y vas a decirme?
—No.
Sophie fingió molestarse.
—Qué malo eres.
Daniel se rio.
—Tú tampoco me has dicho quién te gusta.
—Porque todavía estoy intentando entenderlo.
—¿Es Michael?
Sophie se quedó callada.
—No lo sé.
Daniel dejó de sonreír.
—Ah.
Sophie lo miró.
—¿Qué?
—Nada.
—Daniel.
—Estoy bien.
Sophie observó su expresión.
Por primera vez tuvo una sospecha.
Una que no se atrevió a decir en voz alta.
⸻
Esa noche, Alexander llegó a la casa de su familia.
Richard estaba en su despacho.
Victoria estaba sentada cerca de la ventana.
Ethan también estaba allí.
Alexander entró.
—¿Qué ocurre?
Richard señaló una silla.
—Siéntate.
Alexander permaneció de pie.
—Prefiero quedarme así.
Richard lo observó.
—He estado revisando información sobre tu amigo.
Alexander sintió enojo.
—¿Por qué?
—Porque quiero saber quién es.
—Es un estudiante.
—Lo sé.
—Entonces deja de investigarlo.
Richard se levantó.
—No voy a permitir que alguien influya en las decisiones de mi hijo sin saber cuáles son sus intenciones.
Alexander apretó la mandíbula.
—Mateo no está intentando influir en mí.
—Eso espero.
Victoria intervino.
—Richard, quizá deberíamos escuchar a Alexander.
Richard la miró.
—Eso estamos haciendo.
Alexander habló.
—Mateo es mi amigo.
Richard respondió:
—¿Solo eso?
Alexander se quedó en silencio.
Ethan levantó la mirada.
Victoria también.
Richard esperó.
—Eso pensé.
Alexander sintió que su padre había cruzado una línea.
—No tienes derecho a decidir qué significa Mateo para mí.
Richard se acercó.
—Mientras formes parte de esta familia, tus decisiones tienen consecuencias para todos.
Alexander negó con la cabeza.
—Ese es precisamente el problema.
Se dio la vuelta.
—Alexander.
Él se detuvo.
Richard dijo:
—Quiero conocerlo.
Alexander lo miró.
—No.
Richard frunció el ceño.
—¿No?
—No voy a llevar a Mateo aquí para que lo interrogues.
Richard guardó silencio.
—Entonces buscaré otra manera de conocerlo.
Alexander sintió un escalofrío.
—¿Qué significa eso?
Richard no respondió.
⸻
Más tarde, Alexander salió de la casa.
Sacó el teléfono.
Escribió:
Alexander: Necesito verte.
Mateo respondió rápidamente.
Mateo: ¿Pasó algo?
Alexander miró hacia la casa.
Alexander: Sí.
Mateo:
Mateo: ¿Quieres que vaya?
Alexander dudó.
Finalmente escribió:
Alexander: No. Esta vez voy yo.
⸻
Una hora después, Alexander llegó frente a la casa de Mateo.
Mateo salió.
—¿Qué pasó?
Alexander lo miró.
Durante unos segundos no pudo hablar.
Finalmente dijo:
—Mi padre está investigando quién eres.
Mateo permaneció inmóvil.
—¿Por qué?
—Porque cree que eres importante para mí.
Mateo bajó la mirada.
Alexander se acercó.
—Y tiene razón.
Mateo levantó los ojos.
Alexander tomó su mano.
—No sé qué va a pasar.
Mateo apretó ligeramente sus dedos.
—Entonces lo descubriremos.
Alexander sonrió.
Pero ninguno de los dos vio el automóvil estacionado a cierta distancia.
Dentro del vehículo, un hombre observaba la casa.
Sacó su teléfono.
—Sí, señor Whitmore.
Hizo una pausa.
—Está aquí.
Escuchó la respuesta.
—Entendido.
Miró nuevamente hacia Alexander y Mateo.
—Voy a seguir observando.
Y arrancó el automóvil lentamente, perdiéndose en la oscuridad.
La relación entre Mateo y Alexander acababa de cruzar una línea.
Y ahora alguien más estaba observando cada paso que daban.