En su primera vida, Valentina Solares lo entregó todo por Diego Estrada. A cambio, él la traicionó con Camila, permitió que usaran su cuerpo para gestar el hijo de ambos y la abandonó cuando más lo necesitaba. Valentina murió frente a un hospital creyendo que nunca podría recuperar lo que le habían quitado.
Entonces despierta cinco años en el pasado, en medio del secuestro que marcó el comienzo de su desgracia.
Esta vez no va a suplicar. Romperá su compromiso, recuperará la investigación que le robaron y hará caer, uno por uno, a quienes construyeron su felicidad sobre el sufrimiento de ella. Pero Diego también recuerda la vida anterior y está decidido a volver a controlarla.
Para escapar de su familia adoptiva y cambiar un destino que parece escrito, Valentina toma la decisión más arriesgada de todas: casarse de inmediato con Sebastián Montero, un reservado capitán de bomberos que siempre aparece cuando todo arde.
Valentina cree que ha firmado un matrimonio de conveniencia. Lo que ignora es que Sebastián ya le salvó la vida una vez, que lleva diecisiete años buscándola y que, detrás del uniforme, oculta la identidad del heredero de una de las familias más poderosas del país.
Mientras sus enemigos intentan destruirla y su esposo convierte un contrato en el único hogar que ha conocido, Valentina deberá decidir qué desea más: cobrar cada deuda del pasado o atreverse a vivir el amor que nunca creyó merecer.
NovelToon tiene autorización de Leslie Michelle Gonz para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
Capítulo 6
Capítulo 6 — El hombre de la puerta
A la mañana siguiente, bajo a desayunar como si nada hubiera ocurrido.
Rodrigo y Andrés están en la mesa. Los dos tienen vendas en los brazos. Rodrigo sobre el antebrazo derecho, donde el agua caliente le dejó una franja roja. Andrés sobre el pecho, visible en la abertura de su camisa. Camila está entre los dos, envuelta en una cobija de cachemira, con los ojos enrojecidos y el pelo todavía húmedo.
Los tres me miran cuando entro al comedor. El silencio tiene peso. Tiene textura. Es el silencio de tres personas que anoche descubrieron que el animal doméstico que daban por sumiso tiene dientes.
Me sirvo un plato de avena del bufé que la cocinera dejó en la barra. Agarro una cuchara. Me siento en la silla más alejada de la mesa. Como en silencio, con movimientos lentos y metódicos, como si desayunara sola en mi propia casa.
Rodrigo me observa como si intentara descifrar un código nuevo. En su mundo, en la realidad que él construyó durante años, yo debería estar llorando en un rincón, suplicando perdón, prometiendo que nunca más me voy a salir de la línea. El hecho de que coma avena con la tranquilidad de un domingo por la mañana lo desconcierta más que cualquier acto de rebeldía.
Andrés no comparte la confusión de su hermano. Andrés está furioso. Tiene la mandíbula trabada y los nudillos blancos alrededor de la taza de café.
—Ya que estamos todos aquí —dice, y su voz tiene ese filo metálico que usa cuando quiere hacer daño, cuando busca el punto exacto donde clavar el cuchillo—, hay algo que deberías saber, Valentina.
Rodrigo lo mira con alarma.
—No es el momento —le dice en voz baja.
—Es exactamente el momento —Andrés se limpia la boca con la servilleta y la arroja sobre la mesa—. ¿Quieres saber por qué nunca vas a ser parte de esta familia? ¿Por qué da igual cuánto te esfuerces, cuánto llores, cuánto supliques?
Me mira con algo que se parece al placer. Al placer de quien está a punto de romper algo que sabe que no puede repararse.
—No eres hija de nuestros padres. Te adoptaron. Te trajeron de un orfanato cuando tenías dos años porque mamá no podía tener otra hija y quería una niña. Nunca fuiste una Solares de sangre. Y nunca lo vas a ser.
Camila baja la mirada con una mueca de falsa compasión. Se lleva la mano al pecho. Parpadea rápido, como si estuviera conteniendo las lágrimas por mí.
Rodrigo cierra los ojos, exasperado con su hermano.
—Te dije que no era el momento —le murmura entre dientes.
Todos esperan mi reacción. El llanto, el temblor, la negación desesperada. Las preguntas rotas: «¿Es verdad? ¿Por qué nunca me lo dijeron? ¿Entonces quién soy?» El derrumbe que convertiría este desayuno en un espectáculo de mi dolor.
—De acuerdo —digo. Y termino mi avena.
Me levanto. Llevo el plato al fregadero. Lo lavo. Lo seco. Lo guardo en el estante. Cada movimiento deliberado. Cada segundo de normalidad, una declaración.
El silencio en el comedor se estira como una liga a punto de romperse.
—¿Eso es todo? —pregunta Andrés, genuinamente desconcertado—. ¿No tienes nada que decir?
Lo miro desde el fregadero. Mis manos están secas. Mi cara está tranquila. Porque en mi otra vida, descubrí esto mismo de la peor manera posible: revisando documentos legales mientras buscaba algo con qué defenderme de Rodrigo. Y lloré durante tres días.
Ya lloré todas las lágrimas que este secreto merecía. No me quedan más.
—¿Debería ser algo más? —respondo. Y subo a recoger lo que queda de mis cosas.
—————————————————————————————————
A las doce del día, estoy frente a un edificio de departamentos en la zona centro de Puerto del Sol. Alto, moderno, con fachada de cristal que refleja el cielo despejado del mediodía. Un portero con uniforme gris me mira con curiosidad desde la puerta del lobby.
Escribo un mensaje. «Estoy abajo.»
Un minuto después, la puerta del lobby se abre.
El hombre que sale es alto. Más alto de lo que esperaba. Más alto que cualquier hombre que haya visto de cerca. Hombros anchos bajo un abrigo oscuro de corte recto. Mandíbula angulosa, como tallada en piedra volcánica. Ojos negros, profundos, con una intensidad que me hace dar medio paso atrás por instinto puro.
Huele a jabón neutro. Y debajo, levemente, a algo metálico. A humo viejo impregnado en la piel de alguien que convive con el fuego.
Me mira. Su expresión no cambia. No sonríe. No frunce el ceño. No intenta descifrarme ni leerme ni juzgarme. Solo me mira, con la misma atención con la que supongo que evalúa un edificio antes de entrar a rescatar a alguien.
—¿Valentina Solares?
—Sí.
—Sebastián Montero. —Extiende la mano.
La tomo. Su palma es áspera, grande, con cicatrices de quemaduras que cruzan los nudillos como un mapa de incendios pasados. Piel curtida. Callos en la base de los dedos. Su apretón es firme pero controlado, como el de alguien que sabe exactamente cuánta fuerza usar para cada situación.
—Isabella me habló de usted —dice—. Pase.
Lo sigo al elevador. Él presiona el botón del piso treinta y dos. Subimos en silencio. No intenta llenar el espacio con preguntas incómodas ni charla amable. No pregunta por qué necesito un lugar donde vivir. No me mira con la lástima profesional del médico ni con el desprecio habitual de mis hermanos.
El apartamento es pequeño, limpio, funcional. Tres habitaciones, una sala con un sofá gris oscuro, una cocina abierta con encimera de granito. Todo ordenado con una precisión que no es obsesión, es hábito. El hábito de un hombre que vive en un cuartel donde cada segundo de desorden puede costar una vida.
En la entrada, un par de botas negras alineadas con exactitud milimétrica. Un perchero con un abrigo y una chaqueta de trabajo. Una credencial que cuelga de un gancho de metal.
«Capitán Sebastián Montero Ríos. Cuerpo de Bomberos. Estación N.° 7, Puerto del Sol.»
Bombero. Capitán de bomberos.
El recuerdo me golpea con la fuerza de un relámpago: la chaqueta estructural con bandas reflectantes. Las manos cortando las correas cuando el especialista dio la señal. Los brazos que me cargaron entre las llamas. El pecho contra el que me presionó cuando la explosión sacudió el aire. Pero la conexión no termina de cuajar. Había humo. Caos. Mis ojos estaban llenos de lágrimas y polvo. Y hay muchos bomberos en Puerto del Sol. Demasiados como para saber si este hombre de mandíbula angulosa y manos quemadas es el mismo que me salvó la vida.
—¿Tiene hambre? —pregunta Sebastián desde la cocina.
La pregunta me toma por sorpresa. Me quedo parada en medio de la sala con mi mochila colgando del hombro, procesando la idea de que un desconocido acaba de preguntarme si tengo hambre. Sin motivo. Sin transacción. Sin esperar nada a cambio.
—No tiene que molestarse.
—No es molestia. No tengo mucho, pero puedo preparar pasta.
Sin esperar respuesta, abre la alacena. Saca un paquete de pasta seca. Pone una olla con agua al fuego. Saca dos huevos del refrigerador. Se mueve por la cocina con la misma eficiencia con la que seguramente se mueve en un incendio: cada gesto preciso, cada objeto en su lugar, sin movimientos de más, sin desperdicio de energía.
Me quedo de pie en la sala, sin saber qué hacer con las manos. Nadie me ha cocinado nada en años. En la casona, la comida que me servían ya estaba fría, o directamente no me la servían. En mi vida con Diego, las cenas eran actos de presión social donde los Estrada me miraban el vientre plano y preguntaban cuándo iba a «dar noticias», como si mi cuerpo fuera un comunicado de prensa que debían publicar.
Sebastián pone un plato de pasta frente a mí. Con huevo frito encima. Simple. Caliente. El vapor sube en una espiral que huele a casa, a algo que hace mucho tiempo no tengo.
—Coma tranquila. Me tengo que ir al cuartel.
Toma su abrigo del respaldo de la silla. Se lo pone. Se dirige a la puerta con pasos largos y firmes.
—Gracias —digo, y mi voz suena extraña. Suena como la voz de alguien que no está acostumbrada a esa palabra porque no ha tenido motivo para usarla en mucho tiempo.
Él asiente una vez. Sin palabras. La puerta se cierra.
Me quedo sola en el apartamento de un hombre que acabo de conocer, con un plato de pasta caliente frente a mí y un nudo en la garganta que no logro explicar. No es tristeza. No es miedo. Es algo que se parece peligrosamente a la gratitud, y la gratitud se parece peligrosamente a la vulnerabilidad, y la vulnerabilidad es algo que no me puedo permitir.
Tomo el tenedor. La pasta está en su punto. La cantidad justa de sal. El huevo tiene la yema líquida, dorada, perfecta.
Mientras como, mi mirada recorre la repisa junto a la ventana. Hay una fotografía enmarcada: un equipo de bomberos formado frente a un edificio envuelto en humo negro. En el centro, más alto que todos, Sebastián. Con el uniforme sucio de hollín y la cara seria, la mandíbula apretada, los ojos mirando directamente a la cámara.
Y en la esquina de la foto, medio oculto por una columna de humo, alguien lleva la misma chaqueta estructural con bandas reflectantes que vi en mi último aliento antes de morir.