Clarisa Hernández llegó a una universidad de élite para cambiar su destino, pero su humilde apellido se convierte en el mayor obstáculo de su vida.
Una noche junto a Samuel Flores, un poderoso y frío empresario, cambia todo cuando descubre que está embarazada.
Samuel le ofrece un matrimonio por contrato: ella obtendrá seguridad para su hijo y él conseguirá la esposa que necesita.
Pero hay una regla que ninguno puede romper: no enamorarse.
Lo que comenzó como un simple acuerdo pronto se convertirá en un peligroso juego de secretos, deseo y sentimientos que ninguno podrá controlar.
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Capítulo 22: Una amenaza elegante
La fotografía seguía sobre la cama.
Samuel permanecía de pie frente a ella, incapaz de apartar la mirada del rostro que aparecía en la imagen.
Su padre.
El hombre al que había visto despedir en un funeral años atrás.
El hombre cuya muerte había cambiado para siempre el rumbo de la familia Flores.
—Esto no puede ser real —murmuró.
Clarisa se acercó lentamente.
—Samuel, quizá la fotografía esté manipulada.
—Conozco cada detalle de su rostro.
—Entonces debemos asegurarnos antes de sacar conclusiones.
Samuel tomó el teléfono y llamó a Andrés.
—Necesito que investigues el edificio donde fue tomada esta fotografía. Quiero las grabaciones de seguridad, los registros de entrada y cualquier información sobre ese hombre.
—Ya estoy trabajando en ello, señor.
—Y no le digas nada a nadie.
—¿Ni siquiera a su madre?
Samuel miró a Clarisa.
—A nadie.
Cuando terminó la llamada, Clarisa se sentó en el borde de la cama.
—¿Qué vas a hacer?
—Encontrarlo.
—¿Y si realmente es tu padre?
Samuel apretó los labios.
—Entonces alguien me ha mentido durante más de diez años.
—¿Crees que tu madre sabe algo?
—Mi madre sabe mucho más de lo que dice.
Clarisa bajó la mirada.
—Samuel, tenemos que hablar de algo más.
—¿De qué?
—De Victoria.
Samuel la observó.
—¿Qué sucede con ella?
—No sé si puedo confiar en lo que nos cuenta.
—Yo tampoco.
—Pero parece saber cosas que podrían ayudarnos.
—O podría estar utilizándolas para manipularme.
Clarisa guardó silencio.
Samuel tomó la fotografía y la guardó en un sobre.
—Por ahora, nadie debe saber que tenemos esto.
—¿Ni siquiera Mateo?
—Especialmente Mateo.
Clarisa frunció el ceño.
—¿Por qué desconfías de él?
—Porque reaccionó como alguien que ya había visto esa fotografía.
Antes de que pudieran continuar, escucharon unos golpes en la puerta.
Rosa apareció en la entrada.
—Señor Samuel, la señora Victoria lo espera en la sala principal.
Samuel endureció la expresión.
—Dile que no puedo recibirla.
—Ya se lo dije, señor. Pero insiste en que es urgente.
Clarisa miró a Samuel.
—Ve.
—No tienes que acompañarme.
—No pensaba hacerlo.
Samuel arqueó una ceja.
—¿Estás molesta?
—No.
—Clarisa...
—Samuel, no todo tiene que ver con los celos.
Él suspiró.
—No iba a decir eso.
—Pero lo estabas pensando.
Por un instante, Samuel pareció querer sonreír.
Sin embargo, la preocupación volvió a apoderarse de su rostro.
—No tardes en regresar a tu habitación —le pidió.
—No soy una niña.
—Lo sé.
—Entonces deja de darme órdenes.
Samuel asintió.
—De acuerdo.
Pero antes de marcharse, se detuvo frente a ella.
—Si ocurre algo, llámame.
Clarisa lo observó alejarse.
No sabía qué le preocupaba más: el misterio de la familia Flores o la manera en que Samuel comenzaba a importarle.
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Victoria esperaba en la sala principal.
Vestía un traje color marfil, llevaba el cabello perfectamente arreglado y sostenía un bolso pequeño entre las manos.
Su apariencia era impecable.
Demasiado impecable para alguien que había llegado a una casa llena de secretos.
—Pensé que no vendrías —dijo cuando Samuel apareció.
—Dijiste que era urgente.
—Lo es.
Victoria sacó un sobre de su bolso y lo dejó sobre la mesa.
—Quiero que leas esto antes de juzgarme.
Samuel no se sentó.
—Ya no sé cuándo estás diciendo la verdad.
—Entonces compruébalo tú mismo.
Samuel abrió el sobre.
Dentro había una invitación para una gala empresarial que se celebraría esa misma noche.
En la parte inferior aparecía el nombre de una fundación relacionada con la familia Flores.
—¿Qué significa esto? —preguntó.
—Que alguien está organizando una reunión para anunciar un nuevo acuerdo financiero.
—Eso no es nada extraño.
—Mira el nombre del invitado de honor.
Samuel bajó la mirada.
Su expresión cambió.
Arturo Flores.
El nombre de su padre.
—Esto es imposible —susurró.
—La invitación fue enviada esta mañana —explicó Victoria—. Y no es una copia. La recibí directamente de los organizadores.
Samuel apretó el papel.
—¿Quién organizó la gala?
—Una empresa que trabaja con antiguos socios de tu padre.
—¿Y por qué me muestras esto?
Victoria dio un paso hacia él.
—Porque creo que alguien quiere que tu padre aparezca públicamente.
—¿Con qué propósito?
—Para demostrar que está vivo... o para hacerte creer que lo está.
Samuel la miró con desconfianza.
—¿Y cuál de las dos posibilidades te conviene más?
Victoria sonrió con tristeza.
—Ninguna. Si tu padre está vivo, muchas personas perderán lo que han construido sobre su ausencia.
—¿Incluida tú?
—Incluida yo.
Samuel dejó la invitación sobre la mesa.
—¿Qué quieres a cambio?
Victoria levantó la barbilla.
—Que me escuches sin tratarme como una enemiga.
—Eso no es una respuesta.
—Quiero que me permitas ayudarte.
—No confío en ti.
—Pero necesitas información.
Samuel permaneció en silencio.
Victoria se acercó a la mesa y tomó la invitación.
—La gala será esta noche. Si asistes, podrías descubrir quién está detrás de todo esto.
—¿Y tú estarás allí?
—Por supuesto.
—Entonces no iré.
Victoria soltó una risa breve.
—Sigues reaccionando de la misma manera cuando estás molesto.
—No estoy molesto.
—Estás asustado, Samuel.
Él levantó la mirada.
—No vuelvas a hablar como si me conocieras.
Victoria dejó de sonreír.
—Yo te conocí antes de que te convirtieras en el hombre que todos temen.
Samuel dio un paso hacia ella.
—Y aun así decidiste abandonarme.
—No sabes toda la verdad.
—Entonces cuéntamela.
Victoria bajó la voz.
—No puedo hacerlo aquí.
—¿Por qué?
—Porque tu madre tiene ojos y oídos en cada rincón de esta casa.
Samuel miró hacia la puerta.
—¿Estás diciendo que Beatriz nos está vigilando?
—Estoy diciendo que no deberías confiar en nadie.
En ese instante, se escuchó el sonido de una copa rompiéndose en el comedor.
Samuel y Victoria se giraron al mismo tiempo.
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Clarisa había bajado a buscar agua cuando vio a Beatriz salir del comedor.
La mujer parecía alterada.
—¿Todo está bien? —preguntó Clarisa.
Beatriz la observó de arriba abajo.
—Deberías aprender a no escuchar conversaciones ajenas.
Clarisa se quedó quieta.
—No sé de qué está hablando.
—Claro que lo sabes.
Beatriz se acercó.
—Desde que llegaste, has hecho preguntas que no te corresponden.
—Las preguntas sobre mi madre sí me corresponden.
La expresión de Beatriz se endureció.
—Tu madre cometió errores. No deberías permitir que su pasado destruya tu futuro.
—¿Qué clase de errores?
Beatriz guardó silencio.
Clarisa dio un paso hacia ella.
—¿Qué relación tenía Elena con Arturo Flores?
—Ninguna que debas conocer.
—¿Por qué todos se empeñan en ocultármelo?
Beatriz la miró con frialdad.
—Porque algunas verdades pueden destruir a las personas que las descubren.
—¿Eso es una amenaza?
—No. Es un consejo.
Clarisa sostuvo su mirada.
—Los consejos no se dan con ese tono.
Beatriz se inclinó ligeramente hacia ella.
—Escúchame bien, Clarisa. Puedes tener el apellido Flores, puedes vivir en esta casa y puedes llevar un anillo en el dedo, pero eso no te convierte en una de nosotros.
Clarisa sintió que aquellas palabras le dolían, pero no retrocedió.
—Nunca he pedido convertirme en una de ustedes.
—Entonces deja de investigar asuntos familiares.
—No mientras mi madre aparezca en cada secreto que intentan esconder.
Beatriz apretó los labios.
—Ten cuidado. Hay preguntas que pueden costarte mucho más que un matrimonio.
Clarisa sintió un escalofrío.
—¿Está amenazándome?
—Estoy recordándote cuál es tu lugar.
En ese momento, Samuel apareció detrás de ellas.
—Mi esposa no tiene que conocer ningún lugar que usted quiera imponerle.
Beatriz se giró.
—Samuel...
—Escuché lo suficiente.
Su voz era fría.
—No volverás a hablarle de esa manera.
—Estoy intentando protegerla.
—No. Estás intentando asustarla.
Beatriz miró a Clarisa.
—Algún día entenderás que no todo lo que hago es contra ti.
Clarisa respondió con firmeza:
—Entonces deje de tratarme como si fuera su enemiga.
Beatriz no dijo nada más y se marchó.
Samuel se acercó a Clarisa.
—¿Estás bien?
—Sí.
—¿Qué te dijo?
—Que hay preguntas que pueden costarme más que un matrimonio.
Samuel apretó la mandíbula.
—No debió decirte eso.
—Pero lo hizo.
Clarisa lo miró fijamente.
—¿Qué me estás ocultando, Samuel?
Él no respondió.
—No quiero seguir viviendo en una casa donde todos saben algo menos yo.
—Clarisa...
—Si mi madre estuvo relacionada con tu familia, tengo derecho a saberlo.
Samuel bajó la mirada.
—Lo sé.
—Entonces dime la verdad.
Antes de que pudiera contestar, el teléfono de Samuel vibró.
Era Andrés.
—Señor, ya tenemos información sobre la gala.
—Habla.
—La invitación es auténtica. Pero hay un problema.
Samuel se tensó.
—¿Cuál?
—El nombre de Arturo Flores fue incluido por una persona que tiene acceso a los archivos privados de la familia.
—¿Quién?
Andrés tardó unos segundos en responder.
—La autorización salió de la oficina de Beatriz Flores.
Samuel miró hacia el pasillo por donde su madre había desaparecido.
Clarisa palideció.
—¿Tu madre organizó la gala?
Samuel apretó el teléfono.
Andrés continuó:
—Y hay algo más, señor.
—¿Qué?
—La gala no será en un hotel ni en un centro de convenciones.
—¿Dónde será?
La voz de Andrés sonó preocupada.
—En la antigua propiedad de su padre.
Samuel quedó inmóvil.
Aquella casa llevaba más de diez años cerrada.
Y, según los registros oficiales, nadie había entrado allí desde la muerte de Arturo Flores.
Samuel miró a Clarisa.
—Tenemos que ir.
—¿A dónde?
Él levantó la invitación.
—A descubrir quién está detrás de esta amenaza.
Pero antes de que pudieran salir, llegó un automóvil negro a la entrada de la mansión.
Una mujer descendió del vehículo.
Llevaba un vestido oscuro, guantes elegantes y un sombrero que ocultaba parcialmente su rostro.
Rosa abrió la puerta.
La desconocida entregó una tarjeta.
Samuel la recibió.
En ella solo aparecía una frase:
“Señor Flores, su padre lo espera.”
Samuel levantó la mirada.
La mujer sonrió con serenidad.
—Buenas noches. Vengo en nombre de Arturo Flores.
Clarisa sintió que el corazón le golpeaba el pecho.
La amenaza no había llegado con gritos ni violencia.
Había llegado vestida de elegancia.
Y acababa de entrar en la casa.