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La Esposa Rechazada El Amor No Sobrevive a la Humillación

La Esposa Rechazada El Amor No Sobrevive a la Humillación

Status: Terminada
Genre:CEO / Traiciones y engaños / Amante arrepentido / Divorcio / Completas
Popularitas:12
Nilai: 5
nombre de autor: Kassyane Santos

Priscila lo dio todo por Mariano Vance: diez años de amor callado, un hijo y hasta el talento que sostenía en secreto su imperio financiero. A cambio, él le entregó desprecio, una amante instalada en su propia casa y una humillación tras otra delante de todos. Para el poderoso empresario, ella nunca fue una esposa: solo una intrusa a la que castigar por existir.

Pero toda humillación tiene un límite. La noche en que Priscila decide marcharse con su bebé en brazos, algo se rompe para siempre… y algo nace. Sin dinero, sin apellido y sin más armas que su brillante mente para los números, se propone reconstruirse desde cero. Lo que ninguno de los que la pisotearon imagina es que la mujer a la que trataron como sirvienta está a punto de convertirse en su peor pesadilla.

Cuando el destino la coloca frente a Leonardo Monteverde —heredero de un imperio, tan implacable en los negocios como tierno en el amor—, Priscila descubre por primera vez lo que significa ser respetada, deseada y elegida. Sin embargo, el pasado no suelta a sus presas con facilidad: la obsesión, la envidia y la venganza acechan en las sombras, dispuestas a destruir todo lo que ella empieza a reconstruir.

NovelToon tiene autorización de Kassyane Santos para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 1: El Espectáculo del Rechazo

La lluvia densa golpeaba los cristales espejados del edificio de la Vance Holdings. Priscila intentaba disimular el cansancio mientras sostenía al pequeño Killian. El bebé lloraba sin parar, molesto por la fiebre alta y por el dolor de los dientes que le estaban saliendo.

Exhausta y desesperada por que alguien la ayudara a llevar a su hijo al médico, miró a la recepcionista del vestíbulo.

—Por favor, cuídemelo dos minutos —pidió Priscila con la voz quebrada, acomodando al bebé con cuidado en el sofá de la recepción, junto a la empleada—. Tengo que subir. Es una emergencia por su salud y Mariano no contesta el teléfono.

Sin esperar el permiso de la mujer —que la miró con absoluto desagrado—, Priscila cruzó el torniquete y tomó el ascensor ejecutivo hasta el piso 32.

El pasillo de la dirección estaba en silencio, alfombrado y helado. Al acercarse a la puerta del despacho de Mariano, Priscila no oyó voces de reunión. Oyó gemidos fuertes, respiraciones descontroladas y el sonido rítmico de dos cuerpos chocando.

A Priscila le tembló la mano al empujar la puerta de madera noble.

La escena era grotesca. Eleonora estaba inclinada sobre la gran mesa de vidrio de la dirección, con la falda levantada y las manos apoyadas en la superficie. Mariano estaba detrás de ella, con la camisa desabotonada y el pantalón bajado.

La puerta se abrió del todo con un chasquido seco.

Eleonora giró el rostro hacia la puerta. Al ver a Priscila allí parada, en estado de shock, no se escondió. Al contrario: soltó una risa burlona y zalamera, echando la cabeza hacia atrás.

—Hola, Priscila... —provocó Eleonora, con la voz jadeante—. ¿Olvidaste que hoy no es día de visita de la niñera?

Priscila sintió que el suelo desaparecía bajo sus pies. Miró a Mariano, esperando pánico, vergüenza o que se cubriera de inmediato.

Pero Mariano no se detuvo.

Siguió hundido dentro de Eleonora, con embestidas fuertes, profundas y acompasadas. La sujetó con firmeza por la cintura y volvió la cabeza para encarar a su esposa. Sus ojos —fríos, sin el menor rastro de culpa— se clavaron en los de Priscila mientras su cuerpo seguía moviéndose sin vacilar.

—¿Qué haces aquí, Priscila? —preguntó Mariano, con la voz grave y entrecortada por el esfuerzo físico—. ¿No te enseñé a tocar la puerta?

—Ma... Mariano... —balbuceó Priscila, con la voz fallándole y el pecho ardiendo—. Killian... está muy enfermo... necesito que...

—¿Viniste hasta mi trabajo a interrumpirme la tarde para hablarme de una fiebrecita de niño? —Mariano soltó una risa amarga, sin bajar el ritmo. Eleonora dejó escapar un gemido alto a propósito, excitada por la humillación—. Eres patética. Siempre detrás de mí como un perro sin dueño, usando cualquier excusa para llamar mi atención.

—Mariano, por favor... ¡basta! —imploró Priscila, con las lágrimas por fin desbordándose y rodándole por el rostro—. ¡Me estás humillando! ¡Soy tu esposa!

—¿Esposa? —se burló Mariano, acelerando las arremetidas dentro de Eleonora. El chirrido del vidrio de la mesa resonaba por el despacho—. No eres más que una intrusa que me atrapó con un embarazo la noche en que estaba borracho. ¿De verdad creíste que una prueba de embarazo y un papel del registro civil me harían olvidar a la mujer que amo de verdad? No eres nada para mí, Priscila. Nunca lo fuiste.

Eleonora miró por encima del hombro, sonriendo con puro veneno mientras recibía cada embestida.

—¿Quieres sentarte en un sillón a esperar a que termine de servirme, Priscila? —se burló Eleonora, jadeante—. ¿O prefieres irte llorando con esa ropa fea que traes puesta?

Mariano no reprendió a Eleonora. Al contrario, aumentó la velocidad y la intensidad de las embestidas, con los ojos clavados en Priscila, empeñado en que lo presenciara todo. Jaló las caderas de Eleonora contra las suyas con violencia, hundiéndose cada vez más hondo.

Priscila se quedó clavada en la puerta, paralizada por el dolor y por la pesadilla que tenía ante los ojos.

El ritmo se volvió frenético. Mariano ignoró por completo la presencia de su esposa y se entregó al momento. Soltó un grito grave y gutural, clavando los dedos en la piel de Eleonora, que gritó su nombre en un orgasmo alto e intenso. Los dos se estremecieron juntos frente a Priscila, en un clímax largo y descarado.

Cuando su respiración por fin empezó a calmarse, Mariano ni se molestó en cubrirse. Se limpió el sudor de la frente con el antebrazo y miró a Priscila con un desprecio cruel.

—Ahora que ya viste el espectáculo, lárgate de mi despacho —ordenó Mariano, con la voz seca y áspera—. Cierra la puerta y ve a cuidar al niño allá abajo. Y si vuelves a interrumpirme mientras estoy con Eleonora, te quito hasta el dinero del supermercado. Desaparece.

Priscila retrocedió dos pasos hacia el pasillo, sintiendo el alma hecha pedazos. Tiró de la pesada puerta de madera y la cerró, cayendo de rodillas sobre la alfombra fría del corredor mientras el llanto contenido por fin le desgarraba la garganta.

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