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Renací: se acabó la niña buena

Renací: se acabó la niña buena

Status: Terminada
Genre:Timetravel / Venganza / Mujer poderosa / Reencarnación / Amante arrepentido / Villana / Completas
Popularitas:4.1k
Nilai: 5
nombre de autor: Irin_Kokh

Mi hermana me empujó por las escaleras. Yo estaba embarazada de nueve meses. Mi marido se quedó arriba, arrullando al bebé que había tenido con ella.
No bajó a ayudarme.
Morí. Y desperté con doce años.
Mi abuela seguía viva. Mi hermana aún sonreía como un ángel. Y mi familia todavía creía que podía decidir por mí.
Esta vez recuerdo cada mentira. Sé quién va a traicionarme y quién merece que lo salve. Puedo sonreírles, seguirles el juego y esperar el momento de devolver el golpe.
Voy a proteger a mi abuela, recuperar mi voz y conquistar los escenarios que abandoné por amor. Entre cámaras, trampas y escándalos, quienes quisieron verme de rodillas tendrán que verme triunfar.
Pero ni siquiera mis recuerdos me preparan para Emiliano, sus secretos y el riesgo de volver a confiar.
¿Quieren una villana?
Que se acomoden. Mi historia apenas comienza.

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Capítulo 21

Cap 21: Beso de despedida

El verano borró el olor a tierra del panteón, pero no la mirada de Emiliano. Cada vez que lo cachaba viéndome de reojo, con esa pregunta muda en los ojos —"¿por qué?"—, cambiaba yo de cuarto. Cobarde, sí. Pero una deuda que no se puede explicar se aguanta callada.

Rogelio cumplía años el catorce de julio. Y le dio por avisármelo como quien cobra.

—Es mi cumpleaños —me dijo a la salida del curso de regularización, sin preguntar—. Vas a venir. Karaoke, en la tarde. Ya está.

—No me acuerdo de haberte dicho que sí.

—Me debes una. Van varias, de hecho. —Me clavó los ojos, tercos—. ¿O ya se te olvidó quién llegó cuando Ulises te tenía contra la pared?

No se me olvidaba. Yo llevo cuentas de dos vidas; no se me olvida nada. Justamente por eso iba a ir. Porque un favor que te cuelgan encima es una correa, y yo no ando con correa de nadie, menos de él. Ese día pensaba pagarle todo, de un jalón, y quedar libre.

—Está bien —dije—. Voy.

Se le compuso la cara, tonto, como si le hubiera dicho otra cosa.

Antes del karaoke pasé al centro por un regalo barato —no iba a llegar con las manos vacías, no por él, por mí, para no deberle ni las formas— y en la nevería me topé a Santiago comiéndose un helado de solo, con la gorra hasta las cejas.

—¿Y tú? —le dije.

—Nada. Aburrido. —Se paró—. ¿Adónde vas?

—Al cumpleaños de Rogelio.

Torció la boca. Me acompañó al changarro, agarró de un estante una libreta y una pluma buenas y las pagó antes de que yo dijera nada.

—Para que no le lleves porquerías —dijo—. Que no piense que te esforzaste.

—No me esforcé.

—Eso. —Sonrió de lado—. Su prima Keila va a estar ahí, ¿no?

—¿Keila?

—La grande, la de tercero de prepa. Prima de Rogelio. —Se le fue algo por la cara, una sombra que guardó rápido—. Nada. Cosas viejas. No es mi problema.

No pregunté. Con Santiago, cuando dice "no es mi problema", es cuando más le importa. Pero cada quien sus fantasmas.

El privado del karaoke era chico, con luces moradas y un sillón pegajoso. Ahí estaban Rogelio, Jonás Ureña, Lucero —que se coló por mí—, Miroslava mirándome feo desde su rincón, y Keila, la prima, guapa, aburrida, con el celular en la mano. Cantaron, gritaron, se aventaron confeti. Y a la media hora salió lo de siempre en esos cuartos: verdad o reto.

La botella giró. Cuando me tocó a mí, Jonás —que cada vez que me ve pone una sonrisita rara, de esas de quien cree que sabe algo tuyo— se inclinó con los ojos brillando.

—Verdad —dijo—. ¿Te gusta alguien, Daniela? Un hombre. La neta.

—No —contesté, plana.

—No se vale —saltó Rogelio, y me agarró de la muñeca para que no me zafara del círculo—. Está mintiendo. Que conteste bien.

—Contesté bien —le quité la mano—. No me gusta nadie. Estoy aquí de milagro.

Jonás soltó una risita como quien guarda una carta bajo la mesa. Me dio frío. Ese muchacho sabe algo, o cree que sabe, y un día lo va a soltar.

La botella volvió a girar. Y el pico, cómo no, cayó en el festejado.

—¡Reto! —cantó Jonás, gozándola—. Rogelio, cumpleañero: ve y dale un beso a la primera de la generación. —Me señaló con la barbilla—. A Daniela. Uno. En la boca.

Se hizo un silencio de esos que se sienten en el estómago. Lucero abrió la jeta. Miroslava se puso blanca. Rogelio se quedó tieso, colorado hasta las orejas, y por un segundo lo vi como en la otra vida: dudando, midiendo, cobarde para lo que importa.

—Yo me voy —dije, y me paré.

—Si te vas hoy —dijo Rogelio, con voz rara, ronca—, se acabó. En serio. No me vuelvas a hablar. Se acaba todo entre tú y yo.

Ahí estaba. La amenaza. La correa, jalada. En la otra vida, esa vocecita me manejó años enteros. En esta no.

Me acerqué. Todos se callaron. Me puse de puntas —él es más alto—, le eché un brazo al cuello, y le di un beso rápido, seco, en la mejilla. Frente a todos. Fuerte, sonoro, como se sella un trato, no como se quiere a alguien.

—Con esto quedamos a mano —le dije, bajito, para que solo él oyera—. Todos tus favores, pagados. Ya no me debes, ya no te debo. Y esto —me separé, y subí la voz para el cuarto entero— no es porque me gustes, Rogelio Fuentes. Es una despedida. No me vuelvas a buscar.

Él, por puro reflejo, me pescó de la cintura, con la boca abierta, los ojos idos, como si le hubieran apagado la razón. No alcanzó a decir nada.

Porque una mano lo agarró del cuello de la camisa y lo arrancó de mí de un tirón.

Santiago. No sé a qué hora entró. Traía la cara descompuesta.

—Ya estuvo —dijo, y me sacó del privado jalándome de la muñeca, entre los gritos de los demás.

Afuera, en el pasillo, me metió a la fuerza al baño, abrió la llave, me puso un vaso de plástico en la mano.

—Enjuágate.

—Estás loco. Fue en el cachete.

—Enjuágate, Daniela.

Lo hice, más por su cara que por ganas. Cuando cerré la llave, estaba recargado en la pared, mirándose los tenis, respirando como si hubiera corrido.

—¿Qué le debes? —dijo—. ¿Eh? ¿Qué favor tan grande que tienes que andar besando a ese idiota enfrente de medio salón?

—Ya nada. Justo por eso lo hice. Para no deberle.

—¿Y a mí no me ibas a hablar? —levantó la vista, y me sorprendió lo lastimado que sonaba—. ¿No somos amigos? Todo se lo cuentas a Lucero. Todo. Que si tu abuela, que si tu mochila, que si tus corajes. A mí nunca me cuentas nada. Me tengo que enterar de tus cosas por chismes, o cayéndote de casualidad en una nevería. —Se pasó la mano por el pelo—. Yo te di ese teléfono para que me hablaras. Para eso era. Y nunca suena.

No supe qué decirle. Porque tenía razón, y porque no podía explicarle que yo cargo con dos vidas y que confiar de veras me sale carísimo. Que a Lucero le cuento lo chico, lo de todos los días. Y que lo grande, lo que de veras me quema, no se lo cuento a nadie, ni a él, porque no hay palabras que un vivo pueda creer.

—Perdón —dije al fin. Y lo dije en serio—. Te hablo. Va. Te lo prometo.

Me miró un rato largo, todavía dolido, y acabó soltando el aire.

—Más te vale. —Me quitó el vaso de la mano y lo tiró—. Vámonos. Te llevo.

Me dejó a media cuadra, como siempre, para que no lo vieran. Y cuando doblé hacia el edificio, en la oscurita, bajo el árbol pelón de la banqueta, había una brasa naranja prendiéndose y apagándose.

Emiliano. Recargado en el tronco, con un cigarro entre los dedos, la camisa blanca fantasmeando en lo oscuro. Quieto. Mirando hacia la esquina por donde yo acababa de bajar del coche de Santiago.

Nos habíamos visto los dos. Él a mí, bajando de un coche que no era de la familia, a las once de la noche, despeinada. Yo a él, fumando a escondidas lo que ningún muchacho de quince años debería.

Se quedó mirándome. Le dio una fumada, despacio, sin apuro, y soltó el humo por un lado.

—No me gusta ese olor —dijo, sin quitarme los ojos de encima. Y no supe si hablaba del cigarro, o de Santiago, o de mí bajando de ese coche a esa hora.

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