Tras los frío ojos del príncipe Jack hay un fuego que intenta controlar, ¿un diario robado y el amor de una joven dama sera suficiente para derribar las murallas del príncipe?
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La Fachada y la Complicidad Silenciosa
La noticia del permiso de cortejo otorgado por el Duque de Rothwood al Príncipe Jack cayó sobre los salones de la nobleza como un auténtico rayo en cielo despejado. Las vizcondesas y damas de honor que semanas atrás se burlaban del desdén del "Príncipe Frío" hacia Jessica se quedaron atónitas. Sin embargo, lo que más desconcertaba a la corte imperial era la actitud pública que la pareja adoptó a partir de aquel anuncio.
A pesar de contar con la autorización formal para pasar tiempo juntos, tanto Jack como Jessica sabían que debían actuar con una cautela extrema. La corte era una madriguera de víboras sedientas de escándalos, y cualquier muestra excesiva de afecto o pérdida de compostura podría manchar la reputación de Jessica o desatar rumores maliciosos. Además, ambos eran conscientes del peligroso fuego de pasión que ardía justo debajo de la superficie de sus interacciones; sabían que debían mantener ciertos límites estrictos para no cruzar una línea de no retorno antes de tiempo.
Esa misma semana, durante una recepción vespertina en el Gran Salón de los Espejos, el contraste entre su apariencia pública y su complicidad privada se hizo evidente.
Jack permanecía de pie junto a la gran chimenea, rodeado por varios duques y ministros del consejo. Su porte continuaba siendo imponente, vestido con su túnica oscura y manteniendo su clásica mirada gélida y distante hacia el resto de la concurrencia. Quien lo mirara desde lejos diría que el compromiso de cortejo no había cambiado en absoluto el carácter hosco del príncipe.
Sin embargo, cuando Jessica cruzó el salónluciendo un vestido de seda crema bordado con motivos botánicos, los ojos grises de Jack se desviaron hacia ella instantáneamente. No hubo una sonrisa abierta ni un saludo efusivo, pues el protocolo no lo permitía. En su lugar, el príncipe sostuvo la mirada de Jessica durante tres segundos continuos, inclinando la cabeza imperceptiblemente.
En ese breve intercambio visual, Jessica leyó todo lo que necesitaba saber: la intensa devoción, la posesividad contenida y la vulnerabilidad que él solo le permitía atisbar a ella.
Jessica se acercó al grupo acompañada por la Princesa Julieta. Siguiendo las reglas de etiqueta del cortejo noble, la joven duquesa hizo una reverencia impecable.
—Buenas tardes, caballeros. Príncipe Jack —saludó Jessica con una voz clara y serena.
—Lady Jessica —respondió Jack con una voz grave, baja y aparentemente formal—. Me complace ver que se ha recuperado plenamente del frío de los últimos días.
—Le agradezco su preocupación, Alteza —contestó ella, ofreciéndole una pequeña taza de porcelana con té que un sirviente le había alcanzado—. He tomado sus recomendaciones sobre el cuidado de la salud de forma muy rigurosa.
Al tomar la taza de las manos de Jessica, las puntas de los dedos de Jack rozaron deliberadamente la piel enguantada de la joven. Fue un contacto de apenas una fracción de segundo, imperceptible para los ministros que conversaban a su alrededor, pero una descarga cálida recorrió la espalda de ambos. Jessica sintió un leve rubor en sus mejillas, mientras que Jack apretó ligeramente la porcelana para disimular la aceleración repentina de su pulso.
Para los fisgones de la aristocracia, el encuentro parecía frío, medido y estrictamente formal. Pero para ellos dos, era un baile de alto riesgo donde cada palabra con doble sentido, cada roce calculado y cada mirada compartida se transformaba en un lenguaje secreto de seducción y lealtad inquebrantable.