Morgana tiene 24 años y siente que su vida se detuvo entre los campos de soja de Entre Ríos. Cansada de la monotonía, del trabajo pesado y de la presión de un futuro trazado por su familia, decide armar las valijas y mudarse a la provincia de Buenos Aires en busca de una nueva oportunidad.
Sin embargo, el cambio de aire resulta ser más caótico de lo que esperaba. En medio del bullicio de la gran ciudad y durante una multitudinaria marcha manifestante, un choque fortuito cambia sus planes por completo: termina cara a cara con el hijo mimado de la presidenta de Argentina.
Entre el choque de dos mundos opuestos -la vida rural y humilde contra el privilegio y la política de alto nivel-, Morgana se verá envuelta en un torbellino de secretos, flashes de prensa y una tensión inesperada de la que no podrá escapar tan fácilmente.
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CAPÍTULO 15
La luz fría de la mañana atravesó las cortinas y me dio de lleno en la cara, trayéndome de vuelta a la realidad con un peso aplastante.
Me desperté en el mismo lugar donde me había derrumbado la noche anterior, sobre el piso helado de la entrada. Tenía el cuerpo entumecido, los hombros rígidos y las pestañas pegadas por las lágrimas secas. A unos centímetros de mi mano, las llaves de la casa seguían tiradas, resplandeciendo bajo la luz matutina como un recordatorio silencioso de mi colapso.
Me incorporé despacio, sintiendo un dolor punzante en la espalda y un vacío brutal en el pecho. El apartamento estaba sumido en un silencio ensordecedor; no había risas, no había conversaciones sobre arte ni pasos apresurados. Elian ya estaba volando sobre el Atlántico, buscando un pasado que nunca me perteneció, mientras yo me quedaba a juntar los pedazos de algo que jamás llegó a construirse.
Caminé en automático hacia el baño. El espejo me devolvió una imagen lamentable: ojos hinchados, ojeras marcadas y una palidez que reflejaba exactamente cómo me sentía por dentro.
Abrasé el borde del lavatorio y abrí la canilla, dejándome caer agua fría en el rostro. El impacto del agua helada me despejó la mente. Caín lo había dicho sin rodeos: en su mundo, la entrega y la ingenuidad se pagaban caro. Había pasado un año entero esperando un lugar que nunca iba a ser mío.
Me limpié la cara con la toalla y me miré fijamente a los ojos a través del cristal. El dolor no iba a desaparecer de la noche a la mañana, pero la ilusión sí se había terminado. Era momento de dejar de ser la sombra a la espera de un milagro y empezar a preocuparme por mí misma.
Pasaron las semanas y mi único consuelo fue el taller. Dejé la universidad, ya que sabía que eso no me apasionaba. Ya me estaba preparando para volver a Entre Ríos, adonde me había ido por el mero hecho de estudiar abogacía y tratar de ser alguien en la vida, aunque no logré ninguna de las dos cosas.
Me cansaba de hacer jarrones que transmitían mi dolor, y todos por una sola persona que se había grabado en mi corazón: Elian.
Un día, sin pensarlo mucho, le saqué una foto a uno de los jarrones y lo publiqué en Instagram preguntando si alguien quería comprarlo.
Lo que pasó después me dejó en shock.
En cuestión de días, la publicación se llenó de miles de mensajes de personas diciendo que la pieza transmitía un sentimiento brutal. En pocas semanas mis redes explotaron: personas de todos lados me pedían jarrones y fue ahí donde descubrí cuál era mi verdadero talento y de qué podía vivir.
Sin buscarlo, me volví una referente en la cerámica, mostrando mi proceso y cómo cada obra era distinta a la anterior. Aunque todas tenían algo en común: el rostro calcado de un chico elegante con un toque de amargura en la mirada.
Una tarde, mientras ordenaba el taller, sonó mi teléfono. Era un mensaje de Hestia; ella y yo nos habíamos acercado un poco, aunque me siguiera diciendo por ese apodo tonto:
«Morita, no vas a creer esto... Caín acaba de ver tus publicaciones. Se quedó en silencio mirando las fotos de los jarrones. Creían que te ibas a hundir cuando Elian se fuera, pero estás demostrando de qué estás hecha.»
Leí el mensaje con una mezcla de orgullo y distancia. Ya no me importaba lo que pensaran los Capell; ahora estaba construyendo mi propio camino.
No había sabido nada de Elian en todas estas semanas, pero estaba mejor sin que él me escribiera. Cada vez que dormía era una tortura; solamente soñaba con él, así que tuve que recurrir a la manera más simple para conciliar el sueño: sedantes.
El timbre del taller sonó a media tarde, rompiendo la concentración con la que moldeaba la arcilla fresca. Me limpié rápidamente las manos en el delantal y me acerqué a abrir.
Al otro lado de la puerta no había un mensajero ni un cliente curioso, sino un hombre de unos cincuenta años, de traje impecable y postura refinada, que observaba el espacio con curiosidad analítica.
—¿Morgana? —preguntó con un acento italiano marcado pero fluido.
—Sí, soy yo. Buenas tardes —respondí, sorprendida.
—Soy Matteo Rossi, representante de la Galleria d'Arte Brera en Milán.
El corazón me dio un vuelco. Milán era una de las capitales mundiales del diseño y el arte.
—He estado siguiendo tu trabajo en las últimas semanas —continuó Matteo, dando un paso al frente mientras miraba los jarrones expuestos en los estantes—. Tus piezas tienen una carga emocional única. La forma en que moldeás la melancolía sobre la cerámica es algo que no se ve todos los días.
Se detuvo frente a una de las vasijas donde la figura de Elian resplandecía bajo el barniz. Lo examinó en silencio durante unos segundos antes de volver a mirarme.
—Queremos comprar la colección completa de estas piezas para una exposición exclusiva en nuestra galería —declaró con firmeza—. Y no solo eso: quiero llevarte a Milán para presentar tu trabajo en la Semana del Diseño. Es una oportunidad para posicionarte en el mercado europeo.
Me quedé helada. La chica que unos meses atrás se sentía perdida en las aulas de abogacía, la que había llorado en el suelo de su apartamento pensando que no valía nada, ahora tenía frente a sí la oportunidad de su vida.
—Milán... —murmuré, procesando sus palabras.
—Pensalo, pero no tardes demasiado —dijo Matteo, extendiéndome una tarjeta de presentación dorada—. El arte verdadero merece salir del anonimato. Te quiero en Italia el mes que viene.
Cuando cerré la puerta, me apoyé contra la madera con la tarjeta apretada en la mano. El dolor y la dependencia seguían ahí, silenciados por los sedantes cada noche, pero por primera vez en mucho tiempo, el futuro no se veía como un abismo, sino como un nuevo comienzo.