Cal murió solo, arruinado y consumido por el recuerdo de Rose. Pero, contra toda lógica, despierta diez años antes, a bordo del Titanic, justo cuando su antigua historia está a punto de repetirse.
Esta vez no piensa cometer los mismos errores.
Rompe su compromiso, deja de financiar las deudas de Rose y Ruth y decide construir una vida completamente diferente. Entonces conoce a Amaya, una joven de buena familia caída en desgracia que viaja en tercera clase para casarse con un hombre al que no ama.
Lo que comienza como un acuerdo termina convirtiéndose en un amor verdadero.
Pero Cal sabe que el Titanic está condenado.
Cuando llega la noche del desastre, utilizará todo lo que recuerda para intentar salvar vidas.
¿Podrá cambiar el destino?
¿Y qué ocurrirá cuando el hombre que una vez lo perdió todo descubra que su verdadera riqueza nunca estuvo en el dinero… sino en Amaya, su familia y la vida que eligió?
NovelToon tiene autorización de EspirituCreativo para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
El regreso
El sonido de una cuchara chocando contra un plato de porcelana fina lo arrancó de golpe de la oscuridad absoluta. Durante unos instantes, no supo dónde estaba. Todo lo que había conocido durante sus últimos años —el frío que calaba hasta los huesos, el suelo de piedra húmeda de un callejón olvidado, el hambre que le carcomía las entrañas día tras día, la soledad que pesaba más que cualquier carga— se desvaneció como humo al viento. Abrió los ojos despacio, y la luz cálida de los candelabros lo deslumbró por un momento. Parpadeó varias veces, con el corazón latiéndole con violencia contra el pecho, como si quisiera salirse.
Miró sus manos. Estaban limpias, cuidadas, vestidas con unos guantes de cuero fino que recordaba haber usado muchas veces, pero que hacía décadas había perdido. No eran aquellas manos arrugadas, manchadas de suciedad y temblorosas que pertenecían al anciano en el que se había convertido. Esas manos pertenecían al hombre que había sido antes de que todo se viniera abajo. Levantó la vista poco a poco, reconociendo cada detalle a su alrededor: los altos techos con molduras doradas, las mesas cubiertas con manteles blancos inmaculados, el brillo de la plata y el cristal, y el murmullo elegante de personas que hablaban con calma, ajenas a cualquier tragedia.
—¿Es posible? —susurró, y su voz sonó fuerte y firme, muy distinta a ese débil hilo de voz que apenas le quedaba al final de sus días—. He vuelto. Estoy aquí.
Sabía exactamente en qué momento se encontraba. Lo reconoció por cada rostro, por cada vestido, por cada palabra que se decía a su alrededor. Era una noche de abril de mil novecientos doce. Estaba en el gran salón comedor del barco más grande y lujoso que jamás había surcado los mares. Y esa cena… era la cena que él mismo había propuesto organizar, cediendo a la insistencia de Rose, para invitar al muchacho que había logrado cautivar su atención de una manera que él no lograba comprender en su momento.
Miró hacia donde estaban sentados. Allí estaban. Rose, hermosa como siempre, con ese vestido oscuro que le sentaba tan bien, con la mirada brillante y una sonrisa en los labios que, en su otra vida, le habría llenado de orgullo y satisfacción, pero que ahora solo le provocaba una extraña sensación de distancia, como si estuviera viendo a alguien que conocía de lejos pero que ya no formaba parte de su camino. Y junto a ella, estaba él: Jack. El joven artista que viajaba en la parte más humilde del barco, que había ganado su pasaje en una partida de cartas y que miraba a Rose con unos ojos que hablaban de todo lo que él creía tener pero que en realidad nunca poseyó.
En aquel instante, la memoria de toda una vida perdida en la miseria le golpeó con una claridad que le hizo cerrar los ojos por un momento. Recordó cómo había sido todo después de aquello. Recordó la obsesión que lo consumió por completo, la búsqueda incesante, el orgullo herido, la certeza absoluta de que si no tenía a Rose, su vida no tendría sentido. Recordó cómo había perseguido una sombra, descuidando todo lo que realmente importaba, dejando que la amargura echara raíces profundas en su alma. Y luego vinieron los años duros: las malas decisiones, los negocios que fracasaron, las personas que se alejaron de él poco a poco hasta que se encontró completamente solo. Y finalmente, llegó aquel día terrible en que el mundo entero pareció desmoronarse. La gran crisis se llevó lo poco que aún le quedaba, y con ello, su dignidad, su hogar y cualquier esperanza de un final tranquilo.
Recordó el último día de su existencia: lloviendo, tiritando bajo un abrigo roto que apenas le cubría del viento, sentado en un rincón que nadie miraba, preguntándose con sus últimas fuerzas cómo había llegado hasta allí, qué había hecho mal, por qué había desperdiciado años de su vida luchando por algo que jamás le habría dado paz. Y la respuesta, que llegó demasiado tarde, fue dolorosa y sencilla: había puesto su felicidad en manos de alguien que nunca quiso sostenerla. Había amado tanto a otra persona que se había olvidado de amarse a sí mismo. Había construido su mundo entero sobre alguien que estaba destinado a irse, y cuando esa persona se fue, su mundo entero se derrumbó con ella.
Abrió los ojos de nuevo. Rose reía por algo que Jack había dicho, y el muchacho la miraba como si ella fuera lo más valioso del universo. En su otra vida, esa escena le habría provocado rabia, celos, una furia incontrolable que lo habría llevado a decir palabras hirientes, a amenazar, a hacer el ridículo intentando reclamar lo que creía suyo. Pero ahora… no sentía nada de eso. No había ira en su pecho. Solo había una inmensa y profunda compasión por aquel hombre que había sido, tan ciego, tan perdido, tan convencido de que el dinero y la insistencia podían comprar el afecto de alguien que no quería quedarse.
Comprendió de golpe que el amor no es una batalla que se gana con fuerza, ni una posesión que se defiende con orgullo. Si tienes que correr para que alguien no se vaya, ya se fue. Si tienes que convencer a alguien de que te elija, nunca te elegirá. Y luchar contra eso no demuestra amor, solo demuestra miedo a estar solo. Y él ya había pagado un precio demasiado alto por aprender esa lección. No iba a desperdiciar una segunda oportunidad repitiendo los mismos errores.
—Aquí termina la primera parte —dijo en voz baja, sintiendo que su corazón ya latía con otra cadencia, más tranquila, más segura—. Ahora viene lo diferente.