🔥🔞⚠️ EXCLUSIVA PARA PUBLICO ADULTO 🔥🔞⚠️
Mónica, obligada a casarse con Valentín Marín para saldar la deuda de su padre, descubre que su nuevo esposo la ve como propiedad. En su noche de bodas, conoce a Lucas, el hermano de Valentín, quien le advierte sobre el destino de la esposa anterior y le ofrece su ayuda. Atrapada entre el miedo y el deseo, ella comienza a acercarse al único hombre que podría ayudarla a escapar de aquel matrimonio, sin imaginar que Lucas también guarda secretos y que sus intenciones están lejos de ser desinteresadas.
NovelToon tiene autorización de R Torres para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
12. Es como yo quiero
Los pasos de Valentín sonaron en el pasillo. Mónica guardó el cuaderno en el bolsillo lateral de su bolso, que colgaba de su hombro, y se sentó en una silla junto a la estantería, cruzando las manos sobre el regazo.
Valentín entró en la sala. Se había quitado la chaqueta, y la camisa gris se tensaba sobre sus hombros al moverse. Llevaba el pelo ligeramente despeinado, como si se hubiera pasado la mano por la cabeza durante la llamada. La miró, y sus ojos oscuros recorrieron la sala antes de posarse en Mónica.
- “¿Has estado esperando aquí todo el tiempo?”, preguntó Valentín.
- “Sí”, respondió Mónica, y su voz sonó extraña en sus propios oídos, demasiado aguda, demasiado rápida.
Valentín la estudió un momento, con la cabeza ligeramente inclinada. Luego asintió, casi imperceptiblemente.
- “Vamos a comer algo. Mi madre tiene a alguien que cocina en el campo”, dijo Valentín.
La guió hacia el pasillo, y Mónica caminó detrás de él, con el cuaderno de Carmen dentro de su bolso. Cada paso que daba sobre las losas de barro le parecía más pesado que el anterior, como si la casa la estuviera tragando lentamente, tragándola hacia el mismo lugar donde Carmen había estado, donde había escrito esas palabras.
La cocina era un espacio pequeño con paredes de azulejos blancos agrietados, una cocina de butano de dos hornillas y una mesa de pino con manteles de cuadros. Una mujer mayor, con pañuelo en la cabeza y manos curtidas, estaba friendo pescado en una sartén de hierro. No levantó la vista cuando entraron. Valentín se sentó en una silla y le indicó a Mónica que se sentara frente a él.
La comida se sirvió en platos de loza blanca desportillada. Valentín comió en silencio, con la mano izquierda sobre la mesa y la derecha sosteniendo el tenedor, masticando despacio, sin levantar la vista del plato. Mónica no tenía hambre, pero se llevó el gazpacho a los labios porque no sabía qué más hacer con las manos.
- “Mañana por la noche otra vez”, dijo Valentín de pronto, sin levantar la vista del plato.
Mónica levantó los ojos. Él estaba cortando el pescado con el cuchillo, separando la espina de la carne con movimientos precisos, quirúrgicos.
- “Otra vez, ¿qué?”, preguntó Mónica, aunque sabía la respuesta.
- “No te hagas la tonta. Necesito que empieces pronto. No tengo tiempo que perder”, respondió Valentín.
Necesito que empieces pronto. No "quiero un hijo" ni "me gustaría tener hijos". Necesito. La misma palabra que Carmen había escrito en su cuaderno. Mónica bajó la vista al plato.
- “Como quieras”, dijo Mónica.
Valentín dejó el tenedor en el plato. Estiró la mano y le tomó la barbilla, levantándole la cara hasta que sus ojos se encontraron.
- “No es como quieras. Es como yo quiero. (Su pulgar le rozó el labio inferior, trazando la línea donde la piel se unía con la mucosa) Tú estás aquí para eso. Para darme lo que necesito. ¿Entendido?”, dijo Valentín.
Mónica asintió, con la barbilla atrapada entre sus dedos, y el cuaderno de Carmen le quemaba a través de la tela del bolso, como si las palabras escritas quisieran salir, quisieran gritar, quisieran decirle que no era la primera, que no sería la última, que en aquella casa, Valentín Marín había traído antes a otra mujer con el mismo propósito, y que esa mujer había escrito su verdad en un cuaderno antes de huir.
Valentín soltó su barbilla, se limpió los labios con la servilleta de tela y se levantó.
- “Vamos. Mi madre querrá verte antes de que nos vayamos”, dijo Valentín.
Mónica se puso de pie, recogió su bolso y lo colgó del hombro, sintiendo el peso del cuaderno. Siguieron el pasillo de cal gruesa hasta el porche, donde la madre de Valentín seguía en su silla de mimbre, con la mirada perdida en los almendros y el vaso de agua a medio beber.
La mujer los vio acercarse. Sus ojos claros se posaron en Mónica, y luego en el bolso, como si pudiera ver a través de la tela, como si pudiera oler el papel viejo y la tinta seca. Extendió la mano y la posó sobre el brazo de Mónica, que se había detenido a su lado.
La mujer la miró a los ojos, y sus labios se movieron, formando una palabra que no llegó a pronunciar. Después soltó su brazo, la miró y volvió a los almendros.
- “Carmen también llevaba bolso”, dijo la mujer en voz baja, casi para sí misma.
Valentín no reaccionó. No la corrigió, no la miró, no dijo nada. Se quedó de pie junto a la silla de mimbre, como si la palabra "Carmen" no significara nada para él, como si fuera un nombre que había sido borrado de su vocabulario hacía tiempo.
- “Vámonos”, dijo Valentín, y dio la espalda a su madre.
Mónica lo siguió por los escalones, con los tacones crujiendo sobre la gravilla, el bolso golpeándole la cadera, el cuaderno de Carmen dentro. La fuente del león los observó con su hocico seco y abierto, y el jazmín muerto colgó sus hojas marrones sobre sus cabezas como dedos que señalaban el camino de regreso, el mismo camino por el que Carmen había huido y por el que Mónica entraba, más profunda, más ciega, más sola.
El coche arrancó con un ronquido sordo. La finca se empequeñeció en el retrovisor, las paredes encaladas, el jazmín seco, la silla de mimbre donde la madre seguía sentada sin moverse, con la mano aún extendida en el aire donde había tocado el brazo de Mónica, como si buscara algo que ya no estaba, o que todavía no había llegado.