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Mi ex quiere volver. Yo espero gemelos del magnate

Mi ex quiere volver. Yo espero gemelos del magnate

Status: Terminada
Genre:Venganza / Mujer poderosa / Posesivo / Mujer despreciada / Amante arrepentido / Embarazo no planeado / Completas
Popularitas:720
Nilai: 5
nombre de autor: Leslie Michelle Gonz

Mi esposo quería quedarse con mis bebés, criarlos con su amante y echarme después del parto.
Pero mis gemelos no eran suyos.
La clínica había usado por error la muestra de Jerónimo Alcántara, el magnate más temido de México.
Decidí divorciarme, recuperar mi dinero y sacar a la luz las mentiras de los Cardona. Rodrigo creía que yo no era nadie sin su apellido. Pronto descubriría cuánto le iba a costar haberme subestimado.
La esposa que había humillado era V, una artista reconocida. Y el hombre al que él jamás se atrevería a desafiar llevaba tiempo buscándome.
Mientras mi matrimonio se derrumbaba, Jerónimo empezó a hacer algo que mi esposo nunca había hecho: escucharme, protegerme y tomarse en serio lo que yo quería.
Ahora mi ex me ruega que vuelva.
Pero el padre de mis gemelos quiere casarse conmigo.
Y yo no pienso volver con el hombre que quiso quitarme a mis hijos.

NovelToon tiene autorización de Leslie Michelle Gonz para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 17

Capítulo 17

La foto era auténtica.

Tania reconoció al fotógrafo que la había tomado y habló con él antes de que yo contestara el mensaje. Trabajaba para un portal, había recibido el comunicado de la fundación y no quería que lo usaran para publicar una versión que sus propias imágenes contradecían.

No conocía mi horario en el juzgado. Me había escrito al número de contacto que circulaba entre periodistas desde la nota de Tania.

La explicación no me hizo sentir cómoda, pero sí me permitió dejar de imaginar a alguien escondido detrás de la camioneta.

Esa noche fui a la gala.

Me puse un vestido rojo que llevaba tiempo guardado. Rodrigo había dicho una vez que llamaba demasiado la atención. Al probármelo, descubrí que la espalda seguía quedándome bien y que podía respirar sin que me apretara el vientre.

No lo elegí para demostrar que no me dolía nada. Me dolía bastante y estaba cansada de vestir como si tuviera que pedir disculpas por ocupar espacio.

Beto entró conmigo. Tito y Poncho se quedaron pendientes desde afuera.

El comunicado de la fundación había funcionado en parte: varios invitados me saludaron con una cautela nueva, como si quisieran saber si yo había exagerado una vieja relación para perjudicar a mi marido.

Acepté una copa de agua mineral y busqué a la directora del evento. Había fotografías de donantes programadas con Rodrigo. Quería estar presente si intentaban usarlas para dar por resuelta una reconciliación que nunca había aceptado.

Prudencia me vio desde su silla de ruedas. La saludé con la cabeza. Su expresión no me dijo si le alegraba verme.

Rodrigo no estaba junto a la mesa de la fundación. Ámbar tampoco.

Poncho me avisó por el auricular que uno de los empleados los había visto salir a la terraza norte. Me acerqué lo suficiente para comprobarlo desde el corredor.

Ella le estaba acomodando la corbata.

Él tenía una mano en su cintura.

Podían negarle una foto a un periodista. Era más difícil negarle a quienes habían convocado esa noche lo que estaban haciendo a unos metros del salón.

Busqué al pequeño grupo de prensa que esperaba la fotografía oficial.

—Rodrigo está en la terraza norte —dije—. Si quieren preguntarle por el comunicado, lo encuentran ahí.

Uno de los reporteros levantó la vista.

—¿Va a acompañarnos?

—No.

Eso bastó. No tuve que inventar una vista de la luna ni fingir que desconocía lo que podían encontrar. Me quedé al final del corredor, con Beto a la vista.

Cuando llegaron al cristal, Rodrigo estaba besando a Ámbar.

La primera periodista levantó el teléfono. Otro llamó su nombre.

Rodrigo se separó de golpe. Ámbar intentó sujetarlo de nuevo, sin haber visto todavía a la gente del otro lado.

—Señor Cardona —dijo alguien—, esta tarde aseguraron que la relación terminó hace años.

Ofelia llegó antes de que su hijo contestara.

Pidió que guardaran los teléfonos. Al no conseguirlo, quiso cerrar el acceso y empezó a amenazar con retirar acreditaciones. Un empleado le preguntó si también debían sacar a los patrocinadores que estaban detrás de los reporteros.

La pregunta la detuvo un segundo. Fue suficiente para que Rodrigo entrara al salón y me viera.

No supe cuándo entendió que yo había señalado la terraza. Sí vi que venía hacia mí mirando de reojo los teléfonos.

—Renata, tenemos que hablar.

—Mis abogados ya están hablando con los suyos.

—No hagas esto aquí.

La frase era la misma del cumpleaños. Esta vez ya había demasiadas personas escuchando.

—Ustedes mandaron un comunicado esta tarde —respondí—. Pueden explicar aquí lo que decía.

Rodrigo abrió la boca. Ámbar llegó detrás de él y le tocó el brazo.

La reportera volvió a preguntar si la relación había terminado antes de la boda. Mi marido miró la mano de Ámbar sobre su manga y ella la retiró.

Me fui antes de oír la respuesta.

No necesitaba verlos sufrir durante otra media hora para que lo ocurrido sirviera. Habían querido convertir mis pruebas en una mentira antigua. Ahora tenían que responder por algo de esa misma noche.

Desde el rellano vi a Jerónimo en el nivel superior, junto a un hombre al que no conocía. Me estaba mirando. Levantó apenas la cabeza, preguntando a distancia si necesitaba ayuda.

Le hice una señal de que estaba bien.

No bajó a reclamar la escena ni a hablar por mí. Agradecí ese lugar que me dejaba, aunque me hubiera gustado que me acompañara al coche.

Un empleado me ofreció esperar en un privado mientras despejaban la salida. Le pedí a Beto que comprobara dónde estaba Tito antes de aceptar.

En cuanto cerré la puerta, me quité los zapatos. Tenía los pies hinchados y una marca roja donde el vestido me había rozado bajo el brazo. Me senté sin elegancia alguna y bebí el agua que había llevado hasta allí sin probarla.

Poncho llamó.

—La declaración de esta tarde ya aparece junto al video. Tu abogada recomienda que no respondas más preguntas hoy.

—No pensaba hacerlo.

—¿Estás bien?

Miré mis zapatos en el suelo.

—Quiero irme a casa.

Hubo dos golpes en la puerta. Beto abrió y se hizo a un lado.

Prudencia esperaba en su silla, con Herlinda detrás. La anciana miró los zapatos, el vaso vacío y después mi cara.

—Déjanos un momento —le pidió a Herlinda.

Yo asentí a Beto para que se quedara cerca.

Prudencia entró y esperó a que se cerrara la puerta.

—No voy a hablarte de Rodrigo —dijo—. Voy a hablarte de lo que todavía puedo ofrecerte yo.

1
Mar Sol
¡¡que horror!! Rodrigo es un poco hombre, Ofelia y Ámbar, son unas descaradas.
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