Los malentendido de mantener un amor oculto, los fantasmas de un rey que no sabe expresar amor y una segunda op0rtunodad que Anastacia no desperdiciaría
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El Destello Fatal
Anastasia corrió a ciegas por los interminables y fríos pasillos de piedra del castillo de Veloria. Los guardias de turno la veían pasar como una exhalación blanca, silueta deshecha en llanto que ignoraba sus voces desorientadas. Descendió a toda prisa por las peligrosas escaleras del ala norte, cruzó el patio de armas bajo la mirada perpleja de los centinelas y atravesó el portón de roble principal que conducía hacia las afueras de la muralla.
Al salir a campo abierto, la tormenta la recibió con una ferocidad salvaje. El viento huracanado azotaba los copas de los pinos centenarios y la lluvia helada, casi granizo, caló en cuestión de segundos las múltiples capas de su vestido de seda, volviéndolo pesado como el plomo y adhiriéndolo a su cuerpo tiritante.
Los zapatos de raso de Anastasia se perdieron en el barro a los pocos metros, pero ella no se detuvo. Corrió descalza sobre las piedras filosas, las espinas y las raíces rugosas que le cortaban la piel de los pies. El dolor físico no era nada comparado con el abismo de desolación que llevaba en el pecho. Corría sin rumbo fijo, internándose más y más en el denso bosque que rodeaba las murallas del castillo, queriendo escapar de las palabras acusadoras de Nataniel, de sus ojos oscuros llenos de desprecio y de la prisión de oro en la que se había convertido su matrimonio.
—¿Por qué me odia de esa manera? —sollozaba entre convulsiones mientras tropezaba y caía de rodillas sobre la tierra fangosa, para luego levantarse de nuevo con las manos cubiertas de barro—. ¿Qué mal le hice para que me aborrezca tanto? Yo solo quería ser una buena esposa... Solo quería aprender a respetarlo...
Llegó finalmente al punto más alto de una colina despejada de árboles, un acantilado rocoso conocido como el Mirador del Eco, que se erigía a más de cien metros sobre el torrencial río Veloria.
Exhausta, con los pulmones ardiendo por la falta de aire y las fuerzas completamente agotadas, Anastasia se dejó caer de rodillas sobre la hierba empapada. Alzó el rostro hacia el cielo nocturno y convulsivo, dejando que las gotas de lluvia helada se mezclaran con sus lágrimas desbordadas. Ya no le importaba el frío, ni la tormenta, ni su corona. Solo deseaba que el dolor cesara.
De pronto, la atmósfera alrededor de la colina se cargó de una presión estática sofocante. El vello de sus brazos se erizó y un zumbido ensordecedor ahogó el ruido del viento.
Un estruendo titánico resquebrajó la bóveda celeste. La luz ciega y abrasadora de un rayo divino descendió directamente desde las nubes negras y cayó sobre la figura solitaria de la reina en la cumbre del monte.
El impacto fue desintegrador. Un dolor fulgurante e indescriptible recorrió cada fibra del cuerpo de Anastasia durante una fracción infinitesimal de segundo, antes de que su mente se desconectara por completo. El fuego de la tempestad consumió su aliento y, de inmediato, un silencio absoluto y sobrecogedor se apoderó de la cima de la colina. Tras la partida de la luz, solo quedó el cuerpo inerte y calcinado de la reina de Veloria, yaciendo sin vida sobre la tierra bajo el azotar incesante de la lluvia nocturna.