En mi primera vida, amé a Julián con todo mi corazón.
Le entregué mi confianza, mi fortuna y hasta la casa de mi familia.
¿Y cómo me lo agradeció?
Me asesinó.
Junto a Lucía, mi supuesta mejor amiga, me hizo firmar los documentos que necesitaban y después puso veneno en mi sopa. Morí creyendo que había perdido al amor de mi vida.
Pero desperté diez años antes.
Tengo diecisiete años. Estoy de nuevo en la escuela. Mi fortuna sigue intacta y el cucaracho que me mató todavía cree que puede manipularme.
Esta vez, no.
No necesito adelgazar para ser valiosa. No necesito comprar amor. Y definitivamente no necesito salvar a un hombre que solo quiere hundirme.
Voy a recuperar mi vida, proteger mi fortuna y descubrir quién soy lejos de ellos.
Porque en esta segunda oportunidad, Julián aprenderá una verdad muy sencilla:
La heredera gordita ya no lo quiere.
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LAS CENIZAS DEL PASADO
La luz matutina se filtraba por las persianas de la oficina de seguridad del colegio. El guardia principal, Don José, un hombre mayor que conocía a mi padre desde hacía años, me miraba con una mezcla de profunda preocupación y ternura paternal mientras me entregaba un pañuelo de papel.
—Señorita Sofía, por favor, no llores más —dijo el guardia con voz suave, sirviéndome un vaso de agua—. Si usted dice que el joven Julián ha estado actuando de forma extraña sobre el incidente del laboratorio del año pasado, nosotros podemos revisar las bitácoras.
Tomé el pañuelo con manos temblorosas, apretándolo contra mi pecho. Mis ojos estaban rojos y bien abiertos, brillando con lágrimas contenidas que amenazaban con rodar por mis mejillas redondas. La imagen perfecta de una chica rota y confundida por el desamor.
—Es que... es que no lo entiendo, Don José —murmuré con la voz entrecortada, bajando la cabeza como si el peso de la culpa me aplastara—. Julián siempre me dijo que él arriesgó su vida entrando al fuego para salvarme... Yo le creí con todo mi corazón. Le compré el reloj, le pagué sus viajes... solo quería recompensar a mi héroe. Pero ahora la gente dice que él mintió... y si él mintió, significa que yo fui una tonta ignorante que lo presionó.
—Usted no es ninguna tonta, mi niña —respondió el guardia, apretando los dientes con rabia contenida hacia Julián—. Echemos un vistazo a las grabaciones del archivo digital de ese día.
Don José tecleó en la computadora antigua del colegio. En la pantalla iluminada, el video en blanco y negro del pasillo del laboratorio de reactivos comenzó a reproducirse con la fecha del año pasado.
El humo negro salía por debajo de la puerta del laboratorio. La pantalla mostró a la Sofía del pasado cayendo desmayada cerca de los casilleros.
Pocos segundos después, una figura corrió a través del humo. No llevaba el uniforme impecable de Julián. Llevaba la sudadera deportiva de la escuela, las mangas arremangadas y una agilidad atlética inconfundible.
Era Mateo.
En el video se veía claramente cómo Mateo me cargó en sus brazos sin dudar un segundo, sacándome del edificio en llamas por la puerta trasera de emergencia. Dos minutos más tarde, cuando el humo ya casi se disipaba y las alarmas sonaban, apareció Julián desde el jardín principal, despeinado a propósito, frotándose ceniza en las mejillas y posando para los camarógrafos de los diarios locales.
Un escalofrío helado recorrió mi espalda. La verdad estaba ahí, grabada en pixeles.
—¡Maldito muchachos descarado! —exclamó el guardia, golpeando el escritorio con el puño—. ¡El joven Mateo fue quien la sacó y este sinvergüenza se adjudicó el mérito para sacarle dinero a su familia!
Me tapé la boca con ambas manos, dejando escapar un sollozo ahogado, perfectamente ensayado.
—No... no puede ser... —susurré entre lágrimas, mirando la pantalla con dolor fingido—. ¿Julián solo me usó? Don José... por favor, no le diga nada a nadie. No quiero que sancionen a Julián... él debe tener sus razones... no quiero ser una mala persona y arruinar su futuro por un error...
Don José me miró con una compasión infinita. En su mente, yo era un ángel demasiado puro para este mundo cruel.
—Señorita Sofía, usted es demasiado noble. Pero la verdad tiene que saberse. El comité directivo y el joven Mateo deben enterarse de esto.
—Por favor, Don José... déjeme hablar yo sola con él primero —pedí, limpiándome las lágrimas con el pañuelo y poniéndome de pie con fragilidad fingida—. Solo quiero entender por qué me hizo esto...
Salí de la oficina de seguridad guardando una copia del video en una memoria USB dentro de mi bolsillo. En cuanto crucé la puerta del pasillo y quedé fuera de la vista del guardia, me limpié las lágrimas del rostro con la manga del uniforme.
La fragilidad desapareció en un parpadeo. Mi rostro recuperó su expresión fría y calculadora.
Perfecto.
Al llegar al patio central durante el receso, Julián estaba parado junto a la fuente, intentando convencer a dos alumnos de primer año para que le prestaran dinero para el almuerzo. Lucía estaba a su lado, luciendo demacrada y angustiada.
Caminé hacia ellos con paso lento, abrazando mi libreta contra el pecho y manteniendo la mirada gacha, actuando como una paloma asustada.
—Julián... —llamé con voz suave, temblorosa y dulce.
Julián se giró de golpe. Al verme llegar sola y con cara de haber estado llorando, su postura cambió de inmediato. Pensó que su momento de manipularme había vuelto.
—Sofía —dijo él, dando un paso al frente con una sonrisa de falsa compasión—. ¿Por fin entraste en razón? Sabía que no podías estar enojada conmigo por mucho tiempo.
—Julián... yo... yo fui a la oficina de seguridad hoy —dije, alzando los ojos grandes y brillantes hacia él, haciendo que mi voz sonara profundamente dolida—. Quería pedir que te devolvieran tu beca... quería decirles que todo fue mi culpa por ser tan caprichosa e insegura...
Lucía abrió los ojos sorprendida y Julián esbozó una sonrisa de triunfo.
—Lo sabía. Eres una buena chica, Sofía. Sabía que recapacitarías —dijo él, intentando tomar mis manos.
Retrocedí un paso con timidez, esquivando su contacto y llevándome las manos al pecho.
—Pero... pero mientras estaba ahí, Don José me mostró el video del incendio del año pasado —continué, inclinando la cabeza con una tristeza infinita—. Yo solo quería ver el momento en que me salvaste para recordar lo mucho que te debía y convencerme de perdonarte todo... pero en el video... en el video no eres tú quien me saca del fuego, Julián. Es Mateo.
El aire en el patio pareció congelarse. Los dos alumnos de primer año que estaban cerca se detuvieron a escuchar.
—¿Q-qué? —balbuceó Julián, perdiendo el color de la cara por completo—. Sofía, eso... eso es un error del video...
—Yo no entiendo nada, Julián —comencé a sollozar suavemente, llamando la atención de los estudiantes que pasaban por el patio—. ¿Por qué dijiste que te habías quemado los brazos por mí? ¿Por qué dejaste que mi papá te comprara el auto como agradecimiento por salvarme la vida? ¿Acaso hice algo malo para que me mintieras así? ¡Solo quería recompensar a mi héroe!
—¡Sofía, cállate! ¡No hables tan alto! —siseó Julián aterrado, mirando a su alrededor mientras varios compañeros comenzaban a acercarse a la fuente.
—¡No me pidas que me calle cuando mi corazón está roto! —exclamé con una voz melódica y quebrada, secándome una lágrima invisible—. Si necesitabas el auto o el dinero de mi papá, ¡solo tenías que pedírmelo! ¡Sabes que te lo habría dado todo por bondad! ¿Por qué tuviste que inventar que arriesgaste tu vida? ¡Eso es muy cruel, Julián!
—¡Sofía, estás confundida! —chilló Lucía, intentando intervenir para salvar el barco que se hundía—. ¡Julián de verdad te ama y arriesgó todo por ti!
—¿Me ama? —la miré con ojos llenos de una inocencia devastadora—. Lucía, si de verdad me ama... ¿por qué tú tienes en tu cuello el collar de esmeraldas de mi abuela que Julián me dijo que se había quemado el día del incendio?
Lucía se llevó las manos al cuello por instinto, cubriendo la cadena que llevaba oculta bajo el cuello de la camisa.
Los murmullos de la multitud explotaron a nuestro alrededor.
—¡No puede ser! —¡El tipo inventó que la salvó de un incendio para sacarle un auto al papá! —¡Y le dio las joyas que 'se perdieron' a la otra! —¡Qué asco de tipo! ¡Pobre Sofía, es demasiado noble e ingenua para esta gente!
Julián miraba a la multitud aterrado. Intentó acercarse a mí para taparme la boca, pero antes de que pudiera dar un paso, Mateo apareció entre la gente, poniéndose frente a mí con el rostro serio.
—Aléjate de ella, Julián —dijo Mateo con voz grave y protectora.
—¡Mateo, no te metas! ¡Ella está malinterpretando todo por despecho! —gritó Julián, acorralado.
—No malinterpretó nada —dijo Mateo, sacando su teléfono del bolsillo y mostrando la captura del informe de seguridad que Don José le acababa de enviar—. La Dirección acaba de llamar a la policía por el fraude del auto y la desaparición de las joyas.
Miré a Julián desde detrás de la espalda de Mateo. Escondí mi rostro contra la sudadera de Mateo, fingiendo llorar desconsoladamente para que nadie viera la sonrisa de pura satisfacción y burla que se dibujaba en mis labios.
El cucaracho no solo había quedado como un estafador y un cobarde frente a toda la escuela; ahora enfrentaría cargos legales. Y lo mejor de todo era que, ante los ojos del mundo, yo solo era una pobre e inocente heredera a la que le habían roto el corazón.