Un divorcio es solo el principio
NovelToon tiene autorización de Eliette Maldondo Velazquez para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
De niños a adultos
Elena caminó por el salón de mármol con la espalda tan recta que parecía haber nacido para llevar coronas. El escándalo en la entrada se disolvió en el aire como el humo de un cigarrillo caro; para los invitados, lo ocurrido con Alberto ya era una anécdota vulgar que contar en las cenas, pero para ella, era el último residuo de una vida que ya no le pertenecía.
—Brillante ejecución, Elena —murmuró Dante, acercándose con dos copas de cristal de Baccarat. Su voz, esa barítono que solía hacer temblar a las juezas, tenía ahora un matiz de vulnerabilidad que rara vez mostraba—. Has limpiado la casa y el apellido en menos de diez minutos.
Elena tomó la copa, rozando los dedos de Dante con una indiferencia que a él le dolió más que cualquier desplante. Lo miró a los ojos, esos ojos que ella conocía desde que ambos tenían diez años y jugaban en los jardines de sus padres.
—Gracias, Dante. Pero no lo hice por el apellido, lo hice por mi paz mental —bebió un sorbo de champagne, sintiendo las burbujas frías contra su paladar—. Ahora, si me disculpas, tengo una gala que atender. Soy la anfitriona, después de todo.
Dante no se movió. Se interpuso sutilmente en su camino, desprendiendo ese aroma a éxito y masculinidad que hacía que las mujeres a su alrededor giraran la cabeza.
—Sabes que no me rindo fácilmente, Elena. Te conozco desde que usabas trenzas y ya eras la niña más terca de la cuadra. Ahora que el "obstáculo" está en una patrulla, quizás podamos dejar de hablar de activos y empezar a hablar de... nosotros.
Elena soltó una risa suave, melódica y completamente carente de coqueteo. Se acercó a él, acomodándole la solapa del esmoquin con una confianza fraternal que lo desarmó.
—Dante, eres el mejor abogado del país, eres insultantemente guapo y sospecho que medio salón está esperando que me descuide para saltar sobre ti. Pero para mí, sigues siendo el niño que lloró cuando se le cayó su helado de pistacho en mi vestido de comunión.
—He mejorado mucho desde entonces —replicó él, bajando la voz, intentando esa mirada de "depredador" que solía funcionarle—. Y mis gustos han evolucionado. Ya no me gusta el pistacho, me gustan las mujeres que saben cómo destruir imperios antes de la cena.
—Lo sé, y me halaga —respondió ella, dándole una palmadita afectuosa en la mejilla, el gesto más antierótico del mundo para un hombre que intenta seducir—. Pero mi corazón está en remodelación, Dante. Y cuando termine, dudo que busque a un tiburón para que lo cuide. Busca a alguien que no sepa tus trucos; conmigo pierdes el tiempo.
Elena se alejó con un paso fluido, deteniéndose a saludar a un embajador y a un magnate del acero, moviéndose por el salón como si fuera la dueña del mundo. Dante se quedó allí, con la copa en la mano, viéndola brillar.
—Maldita sea, Elena —susurró para sí mismo con una sonrisa torcida—. Eso es exactamente lo que un tiburón diría antes de morder. No tienes idea de lo difícil que me lo estás poniendo... y de cuánto me gusta el reto.
Mientras tanto, en una esquina del salón, un grupo de fotógrafos cuchicheaba sobre la "pareja de poder" que hacían, sin saber que ella solo veía en él a un hermano molesto pero útil, y que su verdadera pasión en ese momento no era un hombre, sino la libertad absoluta.