Dulce Serrano fue a una convivencia universitaria para hacerles un favor a sus amigas. Terminó contra una pared, besada por Emiliano Montero, el número nueve del equipo de básquet y el hombre al que medio campus quiere llevarse a la cama.
Él solo había salido del salón para librarse de las chicas que lo perseguían. Entonces Dulce tropezó frente a él y Emiliano reconoció la voz de la desconocida que llevaba cuatro días buscando. La sostuvo, ella le exigió que la soltara… y él perdió el control.
Dulce debería odiarlo. Emiliano es enorme, arrogante y peligrosamente intenso: justo lo contrario de los hombres tranquilos que siempre le han gustado. Pero el chico que con todos es hielo la cubre con su chamarra bajo la tormenta, vela su sueño por teléfono y aparece cada vez que ella tiene miedo.
Y Dulce lleva demasiado tiempo viviendo con miedo.
Uriel, un excompañero obsesionado que se hace pasar por su novio, ha vuelto a encontrarla. Cuando sus mentiras convierten a Dulce en el blanco de todo el campus, Emiliano le propone un trato: fingir que están juntos para dejar claro que ella nunca le perteneció a Uriel. Él pondrá el cuerpo, el nombre y hasta su carrera deportiva en juego. Ella no le deberá nada.
El problema es que Emiliano no sabe fingir cuando se trata de Dulce.
Entre rumores que se vuelven virales, una madre dispuesta a separarlos y una atracción que termina ardiendo detrás de cada puerta cerrada, el acuerdo empieza a parecerse demasiado a una relación de verdad. Uriel quiere poseerla. Emiliano quiere protegerla. Pero Dulce se cansó de que otros decidan por ella: esta vez va a defender su nombre, su deseo y su derecho a elegir… antes de que los celos, el escándalo y el deseo los consuman a todos.
Porque el número nueve nunca falla un tiro. Pero con Dulce ya perdió la cabeza, la defensa y el corazón.
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Capítulo 23
Cap 23: Duele
—Dul. Dul. Despierta. —Fer la sacudía del hombro con el celular en la otra mano—. Mira esto. Mira, mira, despierta.
—¿Qué… qué hora es? —Dulce se talló los ojos, con la voz pastosa.
—Temprano. No importa la hora. Mira la foto que mandó Toño al grupo del equipo. Karla se metió al grupo con su cuenta falsa y me la pasó.
Le puso la pantalla en la cara, demasiado cerca. Dulce parpadeó, la alejó un poco, enfocó, y se le fue el sueño de un tirón, como si le hubieran echado agua fría.
Era Emiliano. En una banca del gimnasio, serio, con el brazo derecho enyesado y colgado de un cabestrillo azul. Y abajo, el pie de foto que Toño había escrito con su humor de siempre: "Señoras y señores, el nueve quedó fuera 3 meses. Un minuto de silencio por la liga 🙏".
—Tres meses —susurró Dulce, y algo se le apretó en el pecho, un puño frío—. Fer, se lastimó. Se lastimó el brazo. El derecho. El de tirar.
—Pues sí, eso dice. —Fer se sentó en la orilla de la cama, ya sin broma en la cara—. ¿Tú sabías? ¿No te dijo nada?
—No. Anoche… no, antenoche me escribió que ya iba a dormir, que tenía una cosa que arreglar. Nada más eso. —Dulce ya estaba parándose, buscando la ropa a tientas en la penumbra—. No me contestó ayer en todo el día. Yo pensé que estaba entrenando. No me dijo nada, Fer. Nada.
—Ah, no, no, no. Esa cara la conozco. —Fer la señaló con el dedo, entrecerrando los ojos—. Esa es la cara de "me voy a saltar clases para ir a verlo". Ve. Ve, ve, no seas orgullosa. El galán está herido y quiere que su niña dulce le sople el bú. Ve. Yo te cubro con la lista.
—No es por eso. Es que… —Dulce se quedó con el vestido a medio poner—. ¿Y si fue por algo grave? ¿Y si le pasó algo feo y no me quiso decir?
—Por eso mismo, ve y averigua. —Fer le aventó la liga del pelo—. Péinate y ve. Ya, ándale.
Dulce ya no la oía del todo. Se estaba haciendo la coleta a toda prisa, con los dedos torpes, y por dentro le daba vueltas una sola cosa: "una cosa que arreglar". Qué cosa. Con quién.
*
Le marcó camino a la parada, con el vestido blanco todavía a medio abrochar por la espalda y el corazón acelerado.
—¿Bueno? —La voz de Emiliano sonó débil. Débil a propósito, arrastrando las sílabas.
—¡¿Qué te pasó?! —Dulce casi lo grita en plena banqueta, y una señora volteó—. ¡Vi la foto! ¡El brazo! ¿Por qué no me dijiste nada, Emiliano?
—No te quería preocupar. —Un suspiro largo, de mártir de estampita—. No es nada. Bueno. Casi pierdo el brazo, pero no es nada.
—¡¿Cómo que casi pierdes el brazo?!
—Los doctores hicieron lo que pudieron. —Pausa dramática, calculada—. Dijeron que estuvo cerca. Ya. No llores.
—¡No estoy llorando! —Y la voz le falló justo en la última sílaba, delatándola, y se le llenaron los ojos ahí en plena banqueta, delante de la señora, delante de todos—. No estoy… ay, Emiliano, de verdad que… ¿Cómo pasó? ¿Duele mucho? ¿Te operaron? Dime la verdad.
Él no respondió enseguida. Cuando volvió a hablar, su voz había cambiado, ya sin teatro, suavecita, apurada, como quien se arrepiente de la broma en cuanto la oyó llorar.
—Oye. Oye, ya, no llores, era broma, perdón. No voy a perder el brazo, es una fisura y ya va a empezar a soldar en unas semanas. No me operaron ni nada. Para volver a jugar sí tengo que esperar tres meses. —Bajó el tono, ronco—. No aguanto oírte llorar, se me hace un nudo aquí, en serio. Perdón, fui un idiota. Ven. Vente a la casa a la salida y te cuento todo, ¿sí? Aquí te espero. No llores más.
—Voy ahorita. Me salto todo.
—No te saltes… —empezó él, por decir lo correcto, y luego, feliz, se corrigió a media palabra—: bueno. Sáltate todo. Ven. Pero por el camino no llores más, que se te va a poner la nariz roja y no vas a ver los números de las casas, y mi calle es un laberinto. —Bajó la voz—. Y come algo antes de venir. ¿Desayunaste?
—No tengo hambre.
—No te pregunté si tenías hambre. Te pregunté si desayunaste. Cómprate algo en el camino. Un pan, lo que sea. Te espero.
Dulce colgó, se limpió la cara con la manga del vestido, y se dio cuenta, ahí en plena banqueta, con la nariz colorada y todo, de que le acababa de dar más gusto que la regañara por no desayunar que cualquier cosa bonita que le hubieran dicho en semanas. Se compró un pan en el puesto de la esquina, sin hambre, nada más por hacerle caso.
*
El fraccionamiento de Emiliano era otro mundo. Casas grandes con portones automáticos, calles limpias sin un papel, jardineras podadas al ras, y un silencio raro, de dinero, sin gritos de niños ni música ni perros. Dulce se bajó del taxi con el pan a medio comer y se dio cuenta enseguida de que no tenía ni idea de por dónde. Todas las cuestas se veían iguales. Todos los portones eran del mismo gris elegante. Caminó una calle, la otra, se regresó, se paró en una esquina bajo un jacarandá enorme que soltaba flores moradas sobre la banqueta y sobre su pelo, y sacó el celular para marcarle, entre apenada y perdida, sintiéndose fuera de lugar con su vestido barato en medio de tanta casa cara.
Lo que no vio fue que, desde el balcón de arriba, Emiliano ya la había visto.
La había estado esperando pegado a la ventana como un perro esperando la puerta, con el cabestrillo y todo, desde que ella escribió "ya casi llego". Y en cuanto la vio doblar la esquina —el vestido blanco, la coleta alta meciéndose, la cara de niña perdida buscando el número de las casas, una flor morada cayéndole en el hombro— se le olvidó por completo el brazo enyesado, el dolor, los tres meses, todo. Bajó las escaleras de dos en dos, con el cabestrillo brincándole en el pecho, y antes de salir se detuvo un segundo detrás del portón, sin que ella lo viera, sacó el teléfono con la mano izquierda torpe, y le tomó una foto.
Salió medio movida, medio chueca, mal encuadrada. No importaba. Dulce ahí parada bajo la lluvia morada de la jacaranda, con el vestido blanco y la cara al sol, el pan olvidado en la mano, buscándolo a él entre las casas. La guardó pensando, sin ninguna duda, que esa era la imagen más bonita de todo el verano, y que ninguna cámara profesional le habría sacado esa cara de "¿dónde estará?" que ella tenía sin saber que la miraban.
—¡Aquí! —le gritó, saliendo del portón—. Estás en la calle de al lado, muñeca, te pasaste una cuadra.
Dulce volteó, lo vio —el yeso, el cabestrillo azul, la sonrisa de niño que hace travesura— y se le fue todo encima de golpe: el susto, la culpa, el alivio, las ganas de llorar otra vez. Corrió los pasos que faltaban, con el pan todavía en la mano.
—Ay, tu brazo —dijo, frenándose en seco frente a él, sin atreverse a tocarlo, con las manos flotándole cerca del cabestrillo sin posarse—. De verdad tu brazo. Emi, ¿está muy mal? ¿Te duele ahorita? ¿Cómo pasó? ¿Quién te lo…?
—Sube y te cuento. —Le abrió el portón con la mano buena, haciéndose a un lado—. Es una historia larga. Y guarda ese pan, que te lo vas a acabar de estrujar. ¿Ya ves? Sí desayunaste.
—Poquito.
—Poquito es algo. —La empujó suavecito hacia adentro con el hombro sano—. Pasa.
Subieron juntos al elevador, hombro con hombro, y mientras las puertas se cerraban despacio con un ronroneo, Dulce se quedó mirándole el yeso, el cabestrillo, los dedos que asomaban por la orilla del yeso, hinchados. Y de pronto, en voz muy bajita, con un miedo que no se había atrevido a decir hasta ese momento, ni a sí misma, preguntó lo único que de verdad le pesaba en el pecho:
—Emi… ¿y vas a poder volver a jugar? ¿De verdad vas a poder?