Camila llega sola a Hollow Creek para olvidar la muerte de su madre. Su auto queda destrozado por trampas en el camino y encuentra a cinco jóvenes acampando. Pronto descubre que ese rincón de Texas esconde una familia que lleva generaciones aislada… y algo mucho más antiguo que ellos.
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Capítulo 19
El primer paso que no era suyo lo escuchó cuando llevaba casi una hora caminando sola.
Venía de detrás. Pesado. Irregular. No intentaba esconderse. Camila se detuvo en seco y contuvo la respiración. El sonido continuó unos segundos más y después se detuvo también. Exactamente cuando ella lo hizo.
Empezó a caminar otra vez, más despacio.
El paso volvió a sonar. A la misma distancia. Como si alguien estuviera midiendo sus movimientos y copiándolos.
Corrió.
Las ramas le pegaron en la cara y le dejaron rayas calientes en las mejillas. El suelo subía y bajaba sin aviso. En un momento resbaló de lado y cayó de rodillas entre las hojas secas. El ruido de la caída fue demasiado alto. Se quedó quieta, con las manos clavadas en la tierra, escuchando.
Los pasos se acercaron.
Más rápido ahora.
Camila se levantó y echó a correr otra vez, sin mirar atrás. El corazón le golpeaba tan fuerte que le dolía el pecho. El aire le quemaba la garganta. Escuchó un sonido gutural detrás, bajo y largo, como el que habían oído en la cabaña. No era una voz humana. Era algo que intentaba imitar una.
Se metió entre unos arbustos densos y se agachó hasta quedar casi plana contra el suelo. Las ramas le arañaron los brazos. Se tapó la boca con las dos manos para que no se oyera la respiración. Los pasos llegaron hasta el borde de los arbustos. Se detuvieron. A través de las hojas vio una sombra alta y deformada. No pudo distinguir rasgos. Solo la forma ancha de los hombros y la cabeza ligeramente inclinada, como si estuviera oliendo el aire.
El olor dulce se volvió casi insoportable.
Se le metió en la nariz y en la boca. Tuvo que tragar saliva varias veces para no toser. La sombra se movió un poco. Después otro paso. Después silencio. Camila contó los segundos dentro de su cabeza. Diez. Veinte. Treinta. Cuando llegó a sesenta la sombra ya no estaba. Solo el bosque otra vez.
No se movió todavía.
Permaneció agachada hasta que las piernas le hormiguearon y el frío se le metió en los huesos. Cuando por fin salió de los arbustos, lo hizo despacio, mirando en todas direcciones. Nada. Pero sabía que no se había ido lejos.
Empezó a caminar otra vez, cambiando de dirección cada poco para no dejar un rastro claro. El bosque parecía más cerrado. Los árboles más juntos. En un momento creyó ver una figura quieta a la derecha y se detuvo. Cuando parpadeó ya no había nada. Solo troncos.
El segundo encuentro fue peor.
Esta vez no fueron pasos. Fue un sonido de algo pesado arrastrándose por encima de las hojas, paralelo a ella, a su izquierda. Camila cambió de rumbo hacia la derecha. El sonido la siguió. Aceleró. El sonido también. Cuando empezó a correr de verdad, el arrastre se convirtió en pasos rápidos y desiguales.
Tropezó con una raíz y cayó de frente.
El golpe le sacó el aire. Se quedó unos segundos sin poder respirar, con la cara contra la tierra húmeda. Escuchó los pasos llegar muy cerca. Se hizo un ovillo y cerró los ojos. Algo pasó a su lado. Tan cerca que sintió el desplazamiento del aire y un olor a carne vieja y a tierra removida. No se detuvo. Siguió de largo. Como si la hubiera olido pero no visto.
Cuando el sonido se alejó, Camila se levantó temblando.
Tenía sangre en una ceja. La había golpeado con una piedra al caer. Se limpió con el dorso de la mano y siguió. Ya no corría. Correr hacía demasiado ruido. Caminaba rápido, casi trotando, deteniéndose cada pocos metros para escuchar.
Encontró un hueco bajo un tronco caído y se metió dentro. El espacio era justo. Las rodillas le quedaron contra el pecho. Allí se quedó, escuchando su propia sangre en los oídos. Afuera el bosque seguía en silencio. Pero el silencio ya no era vacío. Estaba lleno de algo que esperaba.
Pensó en Leo y en Tomi.
En si habían corrido en otra dirección. En si seguían vivos. En si el grito que creyó oír al principio de la persecución había sido de uno de ellos. No tenía forma de saberlo. Y esa incertidumbre la aplastaba casi tanto como el miedo inmediato.
Salió del hueco cuando ya no pudo soportar más la posición.
Las piernas le crujieron. El frío le había entumecido los dedos de los pies. Empezó a caminar otra vez, más hacia arriba, buscando terreno más abierto. Si encontraba un altozano quizá podría ver algo. O al menos orientarse.
No lo encontró.
El bosque se mantuvo cerrado. Y los pasos, aunque más lejanos, no desaparecieron del todo. A veces se oían a la izquierda. A veces a la derecha. Como si hubiera más de uno y se estuvieran turnando para no dejarla descansar.
Camila apretó el llavero de Mateo dentro del bolsillo hasta que el metal se le clavó en la palma. El dolor mínimo la ayudó a concentrarse. Ya no pensaba en salir del bosque. Solo pensaba en el siguiente paso. En el siguiente árbol. En no hacer ruido. En seguir respirando.
Estaba sola.
La estaban cazando.
Y por primera vez desde que llegó a Hollow Creek, no había nadie más a quien mirar para compartir el miedo.
hey y aparezco ahí, mi nombre también es Leo