Renata Sinclair lleva años casada con un hombre que la mira como si fuera un mueble más de su casa. Sin caricias, sin besos, sin palabras dulces… ni siquiera de noche comparten la cama. El rechazo constante ha despertado en ella un fuego que no logra apagar: su cuerpo pide lo que su alma anhela, y la ausencia de afecto se transformó en un deseo incontrolable que la avergüenza y la consume. Desesperada por salvar su matrimonio y sanar esa parte rota de sí misma, acude a una consulta médica privada. Allí conoce al doctor Gabriel Sterling: hombre alto, imponente, mirada de acero y voz que la eriza con cada sílaba. Es autoritario, directo, exigente… y despierta en ella algo que ni su propio cuerpo logra entender. Cuando Renata se atreve a acercarse a su esposo una última vez, buscando recuperar lo que perdieron, recibe la humillación más cruel de su vida. Destrozada, volverá a los brazos —y a la cama— del doctor, sin imaginar que él oculta un secreto: detrás de esa bata blanca.
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Capítulo 18: Cicatrices Compartidas
Esa noche no hubo prisa ni sombra acechando tras la puerta. Se sentaron frente a frente junto a la chimenea, con las luces bajas y el fuego iluminando sus rostros, como dos personas que se disponen a reconstruir el mundo palabra por palabra. Gabriel permaneció largo rato en silencio, observando las llamas, como si buscara el valor en ellas para desenterrar lo que llevaba sellado siete años. Renata esperó en calma, con una mano sobre la suya, sin presionar, solo sosteniendo.
—Elena era luz —empezó de pronto, con voz baja y serena, como si hablara de alguien presente en la habitación—. Brillaba sin esfuerzo. Reía con tanta fuerza que contagiaba a quien estuviera cerca. Nos conocimos en la universidad. Ella estudiaba arquitectura, dibujaba ciudades enteras en cuadernos que luego dejaba olvidados por todas partes. Yo la amé desde el primer instante en que la vi llegar tarde a clase, despeinada y cargada de libros, pidiendo disculpas con una sonrisa que me robó el aliento.
Hizo una pausa, tragó saliva y apretó su mano entre las suyas.
—Todo era futuro. Íbamos a casarnos. A viajar. A construir una vida lejos de la frialdad de mi familia. Pero yo tenía prisa. Quería riqueza, poder, seguridad… pensaba que si lograba todo rápido, podría darle el mundo entero. Aquella noche llovía torrencialmente y ella me pidió que fuéramos al día siguiente. Yo insistí. «Solo una cena rápida, vuelvo enseguida», le dije. La obligué a salir. Y el coche patinó en la curva del puente. El conductor murió al instante. Ella… no sobrevivió a la ambulancia. Me quedé solo en la acera, viendo cómo se llevaban lo único bueno que me había pasado jamás. Y la culpa me atravesó como un cuchillo que nunca se retiró.
Renata sintió lágrimas rodar por sus mejillas, silenciosas y sinceras.
—Gabriel… tú no la mataste. Fue un accidente. Uno terrible y desdichado, pero no fue tu voluntad.
—Me lo repitieron mil veces. No sirvió de nada —murmuró él, pasándose una mano por el cabello—. Beatriz me miraba con ojos de verdugo cada vez que nos veíamos. Los negocios se volvieron mi refugio y mi castigo: trabajaba hasta desmayarme para no pensar. No amaba a nadie, no sentía nada… hasta que entraste tú. Con tu dolor callado y tu mirada de pidiendo ayuda sin saber cómo pedirla. Me vi en ti. Y me rompiste el hielo que llevaba encima desde aquel día.
Renata se acercó más, le tomó el rostro entre las manos y lo obligó a mirarla a los ojos.
—Entonces ayúdame a mí también. Yo cargué con la creencia de que no era suficiente, de que mi deseo era pecado, de que merecía el desprecio de Andrés. Me convertí en sombra para no estorbar. Tú me enseñaste a brillar. Ahora déjame enseñarte a perdonarte a ti mismo.
Gabriel cerró los ojos y se inclinó hacia ella, apoyando la frente contra la suya, soltando un sollozo contenido durante años que pareció aligerar el aire de la habitación.
—¿Cómo haces eso? ¿Cómo llegas a la herida exacta sin tocar el dolor innecesario?
—Porque también llevo cicatrices —susurró ella besándole suavemente los párpados—. Las mías son invisibles, pero duelen igual. Somos dos rotos aprendiendo a ser enteros juntos. ¿No lo dijiste tú?
Él la atrajo contra sí con fuerza, abrazándola como si quisiera coser sus almas con el abrazo. Permanecieron así mucho tiempo, escuchándose latir, compartiendo peso, soltando cadenas que arrastraban desde antes de conocerse. Cuando se besaron, fue distinto: más profundo, más limpio, sin culpa ni secretos entre los labios. Subieron a la alcoba despacio, desvistiéndose con reverencia, tocándose donde la piel guardaba memoria de heridas viejas. Gabriel la adoró esa noche no solo con pasión, sino con gratitud infinita, como si cada caricia fuera una ofrenda a lo que vivió, a lo que perdió… y a lo que por fin había ganado.
—Te perdono —le susurró Renata al oído cuando el amanecer los encontró abrazados—. Gabriel, te perdono. Y te elijo. Cada día.
Él la estrechó con más fuerza contra su pecho y besó su sien con lágrimas en los ojos.
—Y yo te elijo a ti. Con todo mi pasado y todo mi porvenir. Para siempre.