Renata Linares pasó tres años en prisión por un crimen que jamás cometió. Maximiliano Bracamonte, el hombre al que amaba, creyó las mentiras de Bianca Sáenz, le destrozó la muñeca, la llamó asesina y la entregó a la policía por un supuesto aborto que nunca existió.
Cuando Renata recupera la libertad, ya no es la joven dispuesta a soportarlo todo por amor. Su abuelo le dejó el control de Grupo Linares y una oportunidad para recuperar el apellido, la fortuna y la dignidad que le arrebataron.
Mientras Renata reconstruye su imperio y reúne las pruebas para limpiar su nombre, las mentiras de Bianca empiezan a derrumbarse. El embarazo fue una farsa. El accidente que unió a Maximiliano con ella también. Incluso la mujer que le salvó la vida años atrás no fue Bianca, sino Renata.
Cuando Maximiliano descubre la verdad, ya es demasiado tarde. La mujer que destruyó por confiar en la persona equivocada ya no lo necesita.
Ahora él está dispuesto a enfrentarse a su familia, renunciar a su poder y arriesgar la vida para recuperarla. Pero Renata no salió de prisión para volver a ser la mujer que lo perdonaba todo.
Esta vez, Maximiliano tendrá que demostrar que su arrepentimiento vale más que sus palabras.
Y Bianca todavía guarda una última mentira capaz de acabar con ambos.
NovelToon tiene autorización de Leslie Michelle Gonz para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
Capítulo 21
Capítulo 21: La grieta se abre
Llegué al departamento todavía con el vestido del Club Dorado pegado al cuerpo, oliendo a piso encerado y a la humillación de treinta pares de ojos que prefirieron mirar sus copas antes que a mí. Me senté en el borde de la tina, sola, y me limpié los raspones de la duela con un algodón empapado en alcohol, apretando los dientes cada vez que ardía. No lloré. Ya no me quedaban lágrimas nuevas para Max Bracamonte; las había gastado todas hacía meses.
Julián tocó la puerta antes de que terminara de vendarme la palma de la mano izquierda. Lo dejé pasar sin maquillaje, sin excusas, con el algodón todavía en la mano.
—Me enteré por Ortega —dijo, viéndome el raspón del brazo con la mandíbula tensa—. ¿Necesitas que llame a alguien?
—Necesito que me ayudes a hacer otra cosa —le dije, dejando el algodón sobre el lavabo—. Ya no quiero llorar por esto. Quiero que le duela a él lo mismo que me dolió a mí.
Se sentó frente a mí, esperando.
—Se acabó lo de aguantar con dignidad —dije—. Ayúdame a devolverle el golpe donde más le duele: en el dinero.
—Dime qué necesitas.
—Quiero que tu empresa finja interés en una coinversión con el proyecto más ambicioso que Grupo Bracamonte tenga en este momento. El que menos se puedan dar el lujo de perder. Que parezca real hasta el último minuto, y que se caiga cuando ya no puedan hacer nada para salvarlo.
Julián me miró un momento largo, calculando cada implicación legal antes de contestar, como siempre hacía.
—Va a parecer un retiro de última hora por condiciones de mercado. Nadie podrá probar mala fe.
—Exacto.
—Lo tendrás armado en tres días.
—————
El plan funcionó mejor de lo que esperaba. La empresa de Julián se presentó como socio interesado en un desarrollo inmobiliario que Grupo Bracamonte llevaba meses construyendo en Santa Fe, ofreció condiciones demasiado buenas para no aceptarlas, y se retiró justo antes de firmar, cuando Bracamonte ya había comprometido recursos propios pensando que el trato estaba cerrado. En cuestión de días, el proyecto se derrumbó, arrastrando con él una pérdida millonaria que ningún comunicado de prensa pudo maquillar del todo.
Me enteré por las noticias, sentada en mi oficina, con una taza de café que se me enfrió sin tocar. Los titulares hablaban de "un revés inesperado" para Grupo Bracamonte, de acciones cayendo, de un comunicado apresurado que no lograba explicar del todo qué había salido mal. Le marqué a Ortega para que confirmara que nada, en ningún papel, llevaba mi firma.
—Está limpio, Renata —me dijo—. Nadie puede probar nada. Pero él va a saber que fue usted. Los hombres como Bracamonte siempre saben.
No sentí culpa. Sentí, por primera vez en semanas, algo parecido a la justicia.
Mi asistente entró con una carpeta nueva, sin poder ocultar del todo la sonrisa.
—Ya está circulando en los grupos de empresarios, Renata. Dicen que Bracamonte se confió, que subestimó al inversionista equivocado.
—Que digan lo que quieran.
—¿Está bien? —preguntó, notando quizás algo en mi cara que yo misma no lograba ver—. Se le nota rara desde ayer.
—Estoy perfectamente —dije, cerrando la carpeta con más fuerza de la necesaria—. Avísame si llama alguien de Bracamonte.
No tuve que esperar mucho.
—————
Max llegó a las oficinas de Grupo Linares al día siguiente, sin avisar, con la mandíbula tensa y los ojos oscuros de quien no ha dormido.
—Sé que fuiste tú —dijo, plantado frente a mi escritorio, sin que mi secretaria lograra detenerlo—. El proyecto fantasma. Tu firma, la de Julián, todo lleva tu nombre por debajo aunque lo hayan escondido bien.
—No sé de qué habla —dije, sin levantar la vista de los documentos que tenía enfrente.
—Renata.
—¿Qué, Max? —Ahí sí lo miré—. ¿Vino a reclamarme por perder dinero? Qué irónico, viniendo de usted.
—Perdimos dieciocho meses de trabajo en ese proyecto —dijo, con la voz baja, la más peligrosa de todas—. Y una fortuna que no se recupera con un comunicado bonito.
—Qué lástima.
Bajó la vista un segundo hacia mi mano vendada, apoyada sobre el escritorio, y algo le cruzó la cara que no supe nombrar. Volvió a subirla enseguida, como si no quisiera que yo lo notara.
—¿Y esa mano?
—No es asunto suyo.
—Todo lo que te pasa es asunto mío, Renata, aunque tú te empeñes en lo contrario.
—Qué curioso que lo diga usted, precisamente.
Se quedó un momento sin decir nada, con la rabia peleándose en su cara contra algo que se parecía, aunque él nunca lo hubiera admitido, a la vergüenza.
—Esto no se queda así —dijo por fin, y salió de mi oficina con el mismo paso furioso con el que había entrado.
No lo supe hasta después, pero nunca llegó a su auto.
En el estacionamiento subterráneo de Grupo Bracamonte, un grupo de mujeres encapuchadas lo esperaba entre las columnas de concreto. Lo rodearon antes de que pudiera reaccionar del todo, lo golpearon con la misma frialdad profesional con la que sus propias mujeres me habían golpeado a mí en el Club Dorado, y se fueron tan rápido como llegaron, dejándolo tirado junto a su auto, humillado, sin poder identificar una sola cara entre tanta capucha y tanta oscuridad.
Nunca le pregunté si sospechaba de mí. Nunca se lo confirmé tampoco. Hay silencios que dicen más que cualquier confesión, y ese fue uno de los míos.
—————
Esa misma tarde, en otro punto de la ciudad, Julián tuvo una conversación de la que yo no fui parte, pero que me contó después, palabra por palabra, porque dijo que yo merecía saberla completa.
Encontró a Bianca en su departamento, sirviéndose una copa de vino como si el mundo no se le estuviera cayendo encima.
—Necesito preguntarte algo, y necesito que me digas la verdad —le dijo, sin rodeos—. ¿Tú tuviste algo que ver con lo que le pasó a Renata? ¿La bodega, los golpes, todo eso?
Bianca dejó la copa sobre la mesa con un cuidado exagerado, ganando tiempo, y un poco de vino se derramó por el borde sin que ella pareciera notarlo.
—¿Cómo puedes preguntarme eso? —dijo, con los ojos ya humedecidos, la voz quebrándose en el punto exacto de siempre—. Soy tu hermana, Julián. Yo jamás le haría daño a nadie.
—No te pregunté qué eres. Te pregunté qué hiciste.
—No tuve nada que ver —insistió, sosteniéndole la mirada—. Nada.
—Entonces no te va a molestar que le pida a Ortega que revise las cámaras del estacionamiento de la bodega esa noche.
Bianca parpadeó, apenas un segundo, antes de recuperar la compostura.
—Haz lo que quieras. No tengo nada que esconder.
Julián no dijo nada más. Se quedó viéndola un momento largo, buscando en su cara algo que la delatara, y aunque no encontró ninguna prueba, tampoco encontró la certeza que necesitaba para creerle del todo. Salió del departamento sin despedirse, con una duda instalada en el pecho que ya no se le iba a ir, por más que ella jurara y volviera a jurar su inocencia.
—————
Max se quedó sin un enemigo al que golpear; Julián, con la sospecha clavada sobre su propia hermana. Yo apagué la lámpara convencida de que había ganado aquella noche. Ninguno entendía aún qué acababa de romperse.