Valentina Solís entregó tres años de su vida para salvar a Sebastián Ríos, el Alfa que la Diosa Luna había marcado como su compañero predestinado. Pero la noche en que él volvió sano y victorioso, la humilló frente a toda la manada: rompió su vínculo y eligió a Catalina como su nueva Luna.
Todos esperaban verla caer. Valentina, en cambio, se mantuvo de pie.
Con el corazón destrozado y la marca rota ardiendo en su piel, Val decide recuperar todo lo que le quitaron: su dignidad, su poder y su nombre. Mientras desenmascara traiciones dentro de la manada Ríos, una presencia imposible comienza a seguirla desde las sombras: Damián Montero, el Rey Alfa.
Él no solo parece conocerla. Su lobo la reconoce como destino.
Y cuando Valentina descubra el sacrificio que Damián hizo en silencio por ella, entenderá que la Luna no la estaba castigando. La estaba guiando hacia el hombre que siempre la esperó.
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Capítulo 16
Cap 16: El Lobo Seductor
—Está entre manadas. Sin lealtad a ninguna, sin territorio propio. —El viejo Delta hablaba con la vista fija en la brida que fingía reparar—. Se mueve por Ciudad Capital desde hace años. Guapo, de lengua fácil. Se acerca a mujeres con poder, con dinero, con maridos ausentes. Las enamora. Luego les vacía las arcas y desaparece.
—¿Y nadie lo ha detenido? —preguntó Val, sin levantar la vista del retazo de tela que bordaba junto a la ventana del establo, las manos firmes pese a la satisfacción que le corría por dentro.
—¿Cómo lo detendrían, Doña Valentina? —El viejo soltó una risa seca, sin humor—. Las mujeres a las que arruina no pueden denunciarlo sin confesar su propia infidelidad. Él lo sabe. Cuenta con eso.
Val clavó la aguja en la tela. "Perfecto. Caza justo donde necesito."
—Necesito saber una cosa más. —Dejó el bordado a un lado—. ¿Con quién se relaciona? ¿Quién le abre las puertas a los círculos donde se mueve la gente de dinero?
El viejo lo pensó un momento, rascándose la nuca.
—Hay una mujer. La segunda concubina de un noble menor de la Hacienda Ríos, prima lejana de Don Ricardo. Se ve con un amante en secreto desde hace años, alguien de su juventud. —Bajó aún más la voz—. Dicen que ese amante conoce bien a Tomás. Que fueron compañeros de manada antes de que a Tomás lo expulsaran.
Val entendió el camino.
—¿Cómo se llama esa concubina?
—Doña Refugio. Viene a las reuniones de té de Doña Milagros cada quince días.
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Esa noche, Val abrió el cuaderno de tapas oscuras y trazó líneas entre nombres: Doña Refugio, su amante secreto, Tomás, Doña Milagros. La relación entre ellos ya existía. Val solo tenía que empujarla en la dirección correcta.
—¿Vas a usar a Doña Refugio para meter a Tomás en las reuniones de Doña Milagros? —Sofía se sentó en el borde de la cama y miró las flechas entre los nombres.
—Voy a usar su miedo. —Val no levantó la vista—. Doña Refugio tiene tanto que perder como Doña Milagros si su amorío sale a la luz. Bastará con que le sugiera, como quien no quiere la cosa, que un viejo amigo suyo busca reinsertarse en sociedad. Ella misma hará la presentación. Nadie sospechará de una mujer que solo intenta ayudar a un conocido.
—¿Y luego?
—Luego Tomás hará lo que mejor sabe hacer. —La sonrisa de Val fue breve—. Doña Milagros pasó veinte años enterrando ese escándalo, comprando silencios, fingiendo que nunca amó a nadie más que a Don Ricardo. Si Tomás vuelve a aparecer, ella puede cometer errores. No necesito acusarla de nada. Solo necesito que se exponga sola.
Sofía guardó silencio un momento, mirando las flechas trazadas con tinta oscura.
—Es cruel.
—Es exacto. —Val cerró el cuaderno—. Ella no tuvo compasión cuando pagó para que la noticia de mi repudio llegara con la crueldad más grande posible a mi familia. No tuvo compasión cuando mi Abuela murió de esa noticia. Yo tampoco voy a tenerla.
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Tres días bastaron para que Val organizara, a través de Sofía y de un mensaje discreto entregado a Doña Refugio en la próxima reunión de té, el "encuentro casual" que pondría a Tomás en el camino de Doña Milagros. Todo estaba dispuesto: el lugar, el momento, la excusa perfecta de una feria de flores donde las señoras del círculo social solían coincidir.
Val cerró el cuaderno oscuro y lo guardó bajo llave. Se sentó junto a la ventana y sacó el colgante de piedra lunar que llevaba desde la muerte de Abuela Elena. Lo sostuvo entre los dedos.
—Esto es por ti, Abuela —susurró, cerrando los ojos.
Por primera vez desde la noche del repudio, Val respiró sin apretar los dientes. La trampa empezaba a cerrarse.
Duró poco.
Las orejas de su loba se irguieron de golpe. Val ya había aprendido a no ignorarlo. Alguien se acercaba al Ala de Orquídeas. No eran los pasos pesados de los guardias de Doña Milagros, ni el andar medido de Sebastián. Eran pasos ligeros, casi silenciosos.
Tres golpes secos contra el marco de la ventana.
Val se puso de pie despacio, el corazón acelerándose sin que ella se lo permitiera. Apartó la cortina.
Marco estaba de pie en el jardín, bañado por la luz de luna, con la misma expresión imperturbable que Val recordaba del funeral de su Abuela. Hizo una reverencia formal, breve pero completa.
—Luna Valentina. —Su voz era grave, profesional, sin rastro de la sorpresa que debería sentir al hablarle a una mujer a través de una ventana en plena noche—. El Rey Alfa solicita su presencia. Una reunión, en tres días.
se jodió esto
por fin ya era hora