Mi esposo quería quedarse con mis bebés, criarlos con su amante y echarme después del parto.
Pero mis gemelos no eran suyos.
La clínica había usado por error la muestra de Jerónimo Alcántara, el magnate más temido de México.
Decidí divorciarme, recuperar mi dinero y sacar a la luz las mentiras de los Cardona. Rodrigo creía que yo no era nadie sin su apellido. Pronto descubriría cuánto le iba a costar haberme subestimado.
La esposa que había humillado era V, una artista reconocida. Y el hombre al que él jamás se atrevería a desafiar llevaba tiempo buscándome.
Mientras mi matrimonio se derrumbaba, Jerónimo empezó a hacer algo que mi esposo nunca había hecho: escucharme, protegerme y tomarse en serio lo que yo quería.
Ahora mi ex me ruega que vuelva.
Pero el padre de mis gemelos quiere casarse conmigo.
Y yo no pienso volver con el hombre que quiso quitarme a mis hijos.
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Capítulo 6
Capítulo 6
—Desde que me ofreció una gasa mientras esperaba una ambulancia.
Le quité la tarjeta a Rodrigo. Me molestó descubrir que tenía fuerzas para sentir celos de una atención que él no había prestado.
Tadeo me acompañó a la habitación de la casona que usaba cuando me quedaba con Prudencia. Revisó el informe de la clínica y repitió las indicaciones de vigilancia. Le pedí que dejara una copia con Herlinda.
—No se la entregue a mi marido —añadí.
Rodrigo estaba detrás de él.
—Soy tu marido, Renata.
—Por eso puede preguntarme a mí.
Se quedó cuando los demás salieron. Yo me había cambiado el vestido por una bata y quería acostarme sin que nadie me mirara. Él sostuvo la prenda manchada entre las manos.
—Pudiste no venir —dijo.
—También tú pudiste esperarme para el baile.
Dejó el vestido sobre una silla.
La respuesta que esperaba de él no llegó. En su lugar hubo un intento de acomodarme la almohada, tan torpe que durante un segundo me dieron ganas de ayudarlo a pedir perdón. Sabía hacerlo. Había pasado tres años suavizándole las frases, buscando la intención que él no se molestaba en expresar.
Me acosté sin decirle cómo seguir.
—Descansa —murmuró.
Se sentó al borde de la cama. Yo cerré los ojos. Cuando volví a abrirlos, ya se había ido.
No sabía si estaba arrepentido o asustado por lo ocurrido en el jardín. Antes me habría conformado con que le costara dejarme sola. Ahora necesitaba algo que no dependiera de cómo se sintiera aquella noche.
A la mañana siguiente llegó Flor para ayudarme con la ropa y cambiar la funda de la almohada. Miró hacia la puerta antes de hablar.
—Anoche vinieron a buscarlo.
—¿A Rodrigo?
Asintió.
Flor trabajaba en la casona desde hacía varios años. Una vez, Fabiola rompió una vajilla y dejó que su madre culpara a Flor. Yo había estado presente y lo dije. No me pareció una hazaña, pero la muchacha nunca olvidó que le creyeran antes de revisar siquiera lo sucedido.
—Ámbar lo esperó junto a la fuente —continuó—. Herlinda me pidió que no pasara por el jardín.
La almohada que Rodrigo había acomodado seguía detrás de mí.
—¿Los viste?
—Al llevar las toallas al cuarto de servicio. No estaban escondidos, señora. Solo no querían que usted saliera.
Sentí ganas de taparme otra vez. No porque me sorprendiera lo que hacía mi marido, sino porque yo todavía podía recordar con precisión los minutos en que había creído que se preocupaba por mí.
Flor se sentó en la silla.
—Puedo grabarlos desde el corredor. A esa hora llevo la ropa al anexo.
—Si necesitas salir de tu recorrido para hacerlo, no.
—Desde la ventana se ve la fuente.
—Y si te ven, guardas el teléfono. No discutes con nadie. Lo que ya tenemos sirve.
No quería convertirla en otra persona que tuviera que sufrir para demostrar que estaba de mi lado. Le di el número de Poncho y le dije que guardara una copia con él si llegaba a conseguir algo. Después le pregunté si tenía dónde quedarse fuera de la casona.
—Con mi hermana —respondió.
Aquella respuesta me tranquilizó más que cualquier promesa de lealtad.
Pasé la tarde ordenando lo que había reunido. El audio de Rodrigo no demostraba por sí solo lo que había ocurrido en la clínica. El diagnóstico requería revisión. El video, si Flor lograba tomarlo, mostraría lo que mi esposo todavía negaba en público. Eran asuntos distintos. Yo necesitaba dejar de meterlos todos en una misma rabia y encontrar a alguien que supiera qué hacer con cada uno.
Escribí a Poncho para buscar un abogado.
Cuando anocheció, Flor me avisó de que los dos estaban en el jardín. Bajé por la escalera de servicio despacio; el movimiento todavía me empeoraba el dolor de cabeza.
No iba a enfrentarlos. Quería pedirle a Flor que se retirara en cuanto terminara, y una parte menos razonable de mí quería verlos una última vez sin tener que imaginar las explicaciones de Rodrigo.
Los oí antes de llegar. Una risa, una conversación baja.
Una mano me detuvo del brazo.
—Por ahí no, hija.
Prudencia estaba en camisón, con el chal mal puesto y el bastón hundiéndose en el césped.
—¿Qué hace levantada?
—Te vi desde la ventana.
Miré hacia la fuente. Ella no tuvo que seguir mi mirada.
—Sé que está ahí —dijo.
La ayudé a afirmarse en el sendero.
—¿Desde cuándo lo sabe?
—Renata…
—¿Desde antes de la gala?
La abuela apretó los labios.
De pronto recordé la tarjeta bancaria que Sergio Miranda había empujado hacia mí cuando me pidió que saliera de su casa. No recuerdo la cantidad. Recuerdo haber esperado a que Blanca bajara las escaleras para decirle que se detuviera. Tenía diecinueve años y esperé hasta que el chofer vino por mi maleta.
Ahora había vuelto a escoger a una mujer de esa casa para creer que alguien iba a ponerse de mi lado.
—No le estoy pidiendo que deje de querer a su nieto —dije—. Solo que no me diga que no lo sabe.
Prudencia se apoyó más en mí.
—Quiero que te quedes. Estoy arreglando cosas para ti, pero necesito tiempo.
—¿Arreglando qué?
—No puedo explicártelo todavía.
Me dolió más que si hubiera defendido a Rodrigo. Quería darle crédito. El brazalete estaba en mi muñeca y no dejaba de recordarme que su cariño había existido, aunque ella quisiera usarlo para pedirme algo que me hacía daño.
—Puedo venir a verla —le dije—. No necesito seguir casada para eso.
—No sería lo mismo.
Para ella, quizá no.
Prudencia intentó dar un paso y se detuvo. Su mano se cerró en mi brazo. Pensé que iba a insistir hasta que vi que buscaba aire.
—Abuela.
El bastón cayó. La sostuve como pude y bajé con ella hasta el pasto para evitar que se golpeara.
Grité el nombre de Flor. La luz del corredor se encendió enseguida; oí correr a alguien detrás de los rosales.
Prudencia tenía los ojos abiertos, pero ya no me respondía.
—Llame al médico —le dije a Flor—. Ahora.