Mi vida terminó con un susurro roto, traicionada por el hombre que amaba, y mi muerte fue solo el comienzo. Cuando abrí los ojos, el dolor de un pasado ajeno me golpeó, revelando una verdad brutal: no estaba en el cielo ni en el infierno, sino en el cuerpo de Bárbara Drax, una mujer hermosa, manipulable y suicida. Ahora, con una segunda oportunidad y la furia de dos almas, juro que los que tuvieron la osadía de usarnos pagarán por su crimen. El juego acaba de empezar, y esta vez, la reina soy yo.
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No vas a dormir en ese sofá, ¿verdad?
La puerta se abrió con un suave clic y Lucian apareció con una bandeja humeante en sus manos. El aroma de hierbas frescas y algo ligeramente tostado flotó por la habitación, haciendo que el estómago de Bárbara rugiera por primera vez.
—No es un festín, pero es ligero y, con suerte, sabroso —anunció con una sonrisa que no llegó del todo a sus ojos, aún teñidos de preocupación. En la bandeja había un pequeño cuenco de sopa de verduras con crotones caseros y un plato con tostadas de aguacate y tomate cherry.
Barbara se incorporó ligeramente, sus ojos seguían el movimiento de la bandeja.
—Se ve increíble, Lucían. Gracias.
Él la ayudó a acomodarse, colocando una almohada extra detrás de su espalda y la bandeja sobre sus piernas.
—Es lo menos que puedo hacer. ¿Tienes apetito?
—Para ser sincera, sí. El hospital hace que la comida sepa a cartón.— Bárbara tomó una cucharada de sopa; sus ojos se cerraron con placer.
—Mmm, esto es mil veces mejor. En serio.
Mientras cenaban en un silencio cómodo, solo roto por el tintineo de la cuchara y los suaves sorbos, Bárbara sintió una oleada de frustración. Dejó la cuchara en el plato.
—Ya estoy bien, Lucían —dijo, con su voz un poco más firme de lo que esperaba—. Quiero ir a casa. El hospital me tiene cansada. Estas paredes blancas, el olor a desinfectante… necesito mi espacio.
Lucian la miró, deteniendo su propia cuchara a medio camino de su boca. Había una mezcla de comprensión y cautela en sus ojos.
—Lo entiendo, Barbi. De verdad que sí. Pero la doctora dijo que aún era un poco arriesgado que te fueras sola a tu apartamento.
—¿Sola? ¡No voy a estar sola, tú estás aquí! —replicó Bárbara con un atisbo de impaciencia en su tono, sin percatarse de lo que realmente significaban sus palabras.
Él sonrió suavemente.
—Si me permites. Mira, podríamos ir a la villa mañana por la mañana, si te sientes con fuerzas. Es un lugar mucho más… privado. Nadie te molestaría allí; tendrías espacio para recuperarte sin miradas indiscretas ni enfermeras entrando cada cinco minutos.
Bárbara consideró sus palabras. La villa Drax… no la conocía pero sonaba infinitamente mejor que el aséptico ambiente del hospital.
—Mañana por la mañana iremos a instalarnos en la Villa, somos esposos; es lógico que vivamos juntos.
Lucían casi se ahoga con la sopa, la única vez que Bárbara se había atrevido a hablarle antes del matrimonio, había sido para decirle que no viviría con el ni muerta, el oculto sus dudas y siguió comiendo con normalidad.
Terminaron de cenar en un ambiente más relajado. Lucían recogió la bandeja y mientras Bárbara lo veía acomodar los platos en una pequeña mesa auxiliar, notó cómo sus ojos se dirigían al sofá. Un sofá que, a pesar de ser de hospital, no parecía precisamente un nido de confort.
— Lucían —llamó Bárbara, su voz sonaba un poco dudosa.
—¿Sí? —Él se giró, alzando una ceja.
—No vas a dormir en ese sofá, ¿verdad? —Lo miró, luego en la cama en la que estaba sentada, que, a pesar de ser de hospital, era bastante amplia—. La cama es grande. Puedes dormir aquí. No quiero verte incómodo.
—Hm. —Lucian rió suavemente, un sonido ronco y agradable.
—No te preocupes por mí, Bárbara. He dormido en lugares peores. No quiero incomodarte. Necesitas descansar.
—No me incomodarías —insistió ella, sintiendo una punzada de honesta preocupación— Es una cama espaciosa. Y después de todo lo que has hecho por mí… por favor. No quiero sentirme culpable si mañana te despiertas con el cuello torcido.
Él dudó, sus ojos bicolor fijos en los de ella. La sinceridad en su expresión era innegable. Suspiró, una pequeña sonrisa formándose en sus labios.
—De acuerdo, de acuerdo. Tú ganas. Pero con una condición.
—¿Cuál? —preguntó Bárbara, curiosa.
—Que si ronco, me patees. No soy de los que se ofenden fácilmente.
—Hehe. — la risa de Bárbara era un sonido ligero y musical que Lucían no había escuchado— Trato hecho.
Lucian se acercó a la cama con cautela, se quitó los zapatos y la chaqueta, dejándolos en una silla. Se acostó en el lado opuesto de la cama, dejando una distancia prudencial entre ellos.
La cama crujió levemente bajo su peso. El aire se cargó con una nueva intimidad silenciosa. Bárbara se tensó un poco, consciente de su presencia tan cerca. Trató de mantenerse en su propio espacio, pegada al borde, pero el agotamiento y la medicación comenzaron a hacer efecto.
A medida que las horas avanzaban en la quietud de la noche hospitalaria, la distancia entre ellos comenzó a evaporarse. El subconsciente de Bárbara, buscando calor y seguridad, hizo que su cuerpo se moviera instintivamente. En plena madrugada, Lucian sintió un peso ligero sobre su pecho y un aliento suave en su cuello. Abrió los ojos, sorprendido, y miró hacia abajo.
Allí estaba Bárbara, completamente enroscada contra él. Su cabeza descansaba cómodamente en su hombro, una de sus piernas entrelazada con la suya y su brazo cruzado sobre su torso. Estaba profundamente dormida.
—Chh— Una risa suave y contenida escapó de los labios de Lucían. La ironía de la situación no pasó desapercibida. Quería mantener la distancia, ser respetuoso, y ahora ella, en su sueño, había anulado completamente cualquier barrera.
Con una ternura que lo sorprendió a sí mismo, Lucían ajustó su brazo alrededor de la cintura de Bárbara, apoyándola aún más a su cuerpo. Su calor era reconfortante, inesperadamente dulce. Se permitió cerrar los ojos de nuevo; la sentía completamente a salvo en sus brazos. Por primera vez en mucho tiempo, Lucían Drax durmió profunda y tranquilamente.