Monique es médica, independiente y decidida. Después de que su ex la traicionara, tomó una resolución radical: tener un hijo sola mediante inseminación artificial en una clínica de Albania. El procedimiento salió bien —o eso creyó—, hasta que un desconocido irrumpió en la sala en el peor momento posible.
Meses después, con una bebé preciosa en brazos y una vida reconstruida al lado de su familia en casa, Monique está convencida de que lo peor ya quedó atrás. Hasta que veinte hombres armados invaden el comedor durante el desayuno.
Al frente de ellos está Drilon Meksi: segundo hijo de la mafia albanesa Exilio, ejecutor implacable y —según él— el verdadero padre biológico de Estela.
Drilon no vino solo a reclamar a su hija. Vino a llevarse a las dos.
Arrancada de su mundo y encerrada en la mansión de una de las familias más temidas de Albania, Monique descubre que su única opción es aprender a sobrevivir entre mafiosos. Pero la matriarca Hana le enseñará que las batallas más importantes no se ganan con rabia, sino con inteligencia. Que el respeto pesa más que la imposición. Y que a veces los muros más gruesos no están en las fortalezas, sino dentro de las personas.
Mientras Monique lucha por proteger a Estela y recuperar su libertad, algo inesperado empieza a crecer entre ella y el hombre que juró odiar: pequeños gestos, conversaciones honestas, un padre que arrulla a su hija con una ternura que contradice todo lo que representa.
¿Puede una mujer libre enamorarse de un mafioso sin perderse a sí misma?
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capítulo 18
La cena de compromiso de Altin había terminado hacía pocos minutos. La mansión, que durante horas estuvo llena de conversaciones y celebraciones, volvía lentamente al silencio habitual.
En la habitación, Monique permanecía acostada en la cama, perdida en sus pensamientos. Isabela acomodaba algunas cosas para mantener la mente ocupada. Ninguna de las dos decía gran cosa.
Desde la emboscada, Monique parecía otra. Más callada, más distante. Las imágenes de los disparos volvían a su mente cada vez que cerraba los ojos.
ISABELA— ¿Estás bien, amiga?
MONIQUE— Todavía no lo sé.
ISABELA— No me contaste qué pasó.
MONIQUE— Balazos, llanto y miedo.
ISABELA— ¿Qué?
DRILON— Déjenme que me encargue de esto. —Entró en la habitación con Estela toda inquieta en sus brazos.
ESTELA— Dadadada.
MONIQUE— Mi niña. —Tomó a la bebé del regazo del mafioso.
DRILON— Besnik quiere verte. ¿Puedes dejarnos a solas?
Isabela miró a su amiga y se retiró, a encontrarse con el descarado que vivía agarrándola y robándole besos.
Drilon se pasó la mano por el cabello y se quedó observando a Monique y Estela un instante, antes de animarse a hablar.
DRILON— ¿Estás bien?
MONIQUE— ¿Tú qué crees?
DRILON— Lo siento mucho.
Monique levantó la vista. Era la segunda vez que le pedía disculpas en pocos días. Aquello era inesperado.
MONIQUE— ¿Lo sientes? —Repitió lo que él había dicho.
DRILON— Sí. Por lo que pasó en la carretera. Por haberte secuestrado. Por otras cosas. —Ella no respondió—. Nadie debería pasar por eso. —Monique seguía en silencio. Drilon respiró lentamente—. Desafortunadamente... —Hizo una breve pausa—. Eso forma parte de mi vida. —Monique cerró los ojos un instante—. Y ahora... de la vida de Estela también. —Las palabras pesaron en el ambiente—. Es justamente uno de los motivos por los que insisto tanto en este matrimonio.
Monique por fin habló.
MONIQUE— Un matrimonio no detiene las balas.
Drilon asintió levemente.
DRILON— Sé que no las detiene. —Se acercó un poco—. Pero fortalece la posición de ustedes dentro de la familia. —Monique siguió escuchando—. Estela es mi primogénita. —Miró de nuevo a su hija, que le sonreía con la inocencia de una niña que cree que el mundo es seguro—. Eso significa mucho dentro de nuestra tradición.
MONIQUE— A mí no me importa la tradición.
DRILON— A nuestros enemigos sí les importa. —Ella permaneció en silencio—. Mi hija puede convertirse en blanco de personas muy peligrosas.
Monique sintió un nudo en el pecho. La emboscada volvió de inmediato a su memoria: los disparos, el llanto de Estela, el auto sacudiéndose.
DRILON— Hay personas que atacarían a una niña solo para herirme a mí. Por eso necesito asegurarme de que ustedes estén protegidas.
MONIQUE— ¿Secuestrándome?
Drilon bajó la cabeza.
DRILON— Reconozco que empecé todo de la peor forma posible.
Monique soltó una risita sin humor.
MONIQUE— Por fin coincidimos en algo.
DRILON— Pero la intención nunca fue lastimarlas. Quería tenerlas cerca.
MONIQUE— Me arrebataste la libertad.
DRILON— Lo sé.
MONIQUE— Me alejaste de mi familia.
DRILON— Lo sé.
MONIQUE— Me metiste en medio de una guerra que nunca fue mía. —Drilon permaneció callado—. Y ahora tengo miedo hasta de salir de la casa.
El mafioso respiró profundamente.
DRILON— Quisiera poder cambiar eso.
MONIQUE— Pero no puedes.
DRILON— No.
La habitación volvió a sumergirse en el silencio, roto únicamente por los sonidos felices de Estela. Los dos miraron automáticamente a la bebé. Drilon esbozó una sonrisa discreta, con pesar en el corazón.
MONIQUE— Ella merecía una vida normal.
DRILON— La merecía. Era exactamente ese motivo el que me hacía no querer hijos. —Sus ojos encontraron los de ella—. Quisiera que fuera diferente, pero no puedo prometer un mundo perfecto. —Monique desvió la mirada—. Solo puedo prometer que daré mi vida por ella.
Ella lo creía. Nunca lo había puesto en duda. El problema era que tal vez un día él realmente necesitara cumplir esa promesa.
Monique no respondió de inmediato. Su cabeza iba a mil. Después de unos segundos, soltó:
MONIQUE— Estoy cansada. Quiero quedarme sola, ¿puedes retirarte? —Él permaneció inmóvil un instante—. Estela duerme conmigo.
Drilon miró a Estela. Se acercó a las dos, le acarició delicadamente el cabello a su hija y le besó la pequeña frente.
DRILON— Buenas noches, mi amor. —Después se volvió hacia Monique—. Buenas noches.
Ella apenas hizo un pequeño movimiento con la cabeza, sin decir nada más. Él salió. La puerta se cerró lentamente.
La habitación quedó en completo silencio. Monique permaneció inmóvil durante varios minutos. Observaba a su hija, tan pequeña e inocente.
Su mente volvió a la carretera. El miedo de perder a su hija. Cerró los ojos. Durante mucho tiempo creyó que resistir era la única respuesta posible.
Que jamás aceptaría ninguna propuesta de Drilon. Pero aquella noche, por primera vez, su convicción vaciló.
No por él.
Nunca por él.
Por Estela.
Si la niña realmente corría peligro por el simple hecho de ser hija de un mafioso, si ese apellido podía atraer enemigos...
Entonces tal vez necesitara pensar más allá de su propio orgullo. Tal vez necesitara sacrificar parte de su propia libertad para garantizar la seguridad de su hija.
La idea le causaba dolor. Pero cuando miraba a Estela durmiendo plácidamente, entendía que ya no podía tomar decisiones pensando solo en sí misma.
En esa ecuación cruel, proteger a su hija debía ir antes que cualquier sentimiento. Aunque eso significara aceptar una realidad que jamás imaginó vivir.
Aquella noche, Monique no tomó ninguna decisión. Pero se admitió a sí misma que, tal vez, casarse con Drilon fuera la alternativa que ofrecía mayor seguridad para Estela.
Y esa simple posibilidad fue suficiente para quitarle por completo el sueño.