Ximena Robles nunca debió terminar vestida de novia.
Esa boda era de su hermana. Ese hombre también.
Pero cuando Lorena desapareció antes de la ceremonia, la familia Robles no tuvo otra salida: Ximena ocupó su lugar y se casó con Dante Montalvo, el hombre más poderoso, frío y peligroso de la ciudad.
Dante era mayor que ella, demasiado serio, demasiado seguro de sí mismo. Un hombre acostumbrado a mandar, a controlar cada espacio que pisaba… y ahora también su matrimonio.
Ximena quiso convencerse de que solo era un acuerdo. Que podía dormir bajo el mismo techo, llevar su apellido y seguir siendo inmune a él.
Pero Dante no era un esposo fácil de ignorar.
Sus manos, su voz baja, su forma de mirarla como si ya supiera todo lo que ella intentaba esconder, empezaron a romperle la calma. Entre celos, secretos familiares y una atracción que ninguno de los dos podía apagar, Ximena descubrió que ocupar el lugar de su hermana era mucho más peligroso de lo que imaginaba.
Porque Dante no la eligió al principio.
Pero una vez que la tuvo como esposa, tampoco pensaba dejarla ir.
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Capítulo 13
Capítulo 13
Dante levantó la cabeza.
Lorena venía hacia él.
Traía un traje rosa, falda ajustada y tacones del mismo tono. De lejos parecía dulce, correcta, la clase de mujer que una familia presenta con orgullo en una comida elegante.
El cliente la miró y sonrió.
—¿Su esposa?
La voz de Dante se enfrió.
—No.
Lorena alcanzó a escucharlo.
La sonrisa se le apagó.
El cliente entendió enseguida que había metido la pata.
—Disculpe.
Luego miró a Dante, a Lorena, y decidió salvarse solo.
—No le quito más tiempo, Montalvo. Hablamos luego.
—Claro.
Cuando el cliente y su asistente se fueron, Dante volvió a mirar a Lorena.
—¿Qué haces aquí?
—Necesitaba hablar contigo.
—No tenemos nada que hablar.
—Tú no. Yo sí.
Lorena apretó el bolso contra su cuerpo.
—Me arrepiento todos los días. No sabes lo que he sufrido desde la boda. Si pudiera volver atrás, no dejaría que nada de eso pasara.
Dante no se movió.
—Ya pasó.
—Lo sé. Sé que lo arruiné. Pero no quiero que lo nuestro termine así.
—Lo nuestro terminó antes de que Ximena y yo nos casáramos.
Los ojos de Lorena se llenaron de lágrimas.
—¿Ni una oportunidad?
—Ninguna.
—Todos se equivocan. Hasta a un niño le dan oportunidad de corregir.
—No eres una niña.
La frase cayó seca.
Lorena se quedó sin aire.
Dante continuó:
—Y necesitas entender algo. Estoy casado. Con tu hermana. Eso me convierte en tu cuñado, aunque no te guste. Mi vida la voy a hacer con Ximena, no contigo.
—No.
Lorena negó con la cabeza.
—No digas eso. Tú te casaste con ella para castigarme.
—No te des tanta importancia.
Lorena lo miró como si la hubiera golpeado.
—¿Qué?
—No estaba enamorado de ti. El compromiso era entre familias. Tú lo rompiste. La familia Robles propuso a Ximena, y yo acepté.
—No puedes hablar así de nosotros.
—No había nosotros.
Lorena se quebró.
Se lanzó hacia él y lo abrazó por la cintura.
—No. Estás enojado. Por eso eres cruel. Pero me conoces, Dante. Fueron años. No puedes no sentir nada.
Dante bajó la mirada.
Sus manos fueron directo a los brazos de Lorena para apartarla.
Entonces la vio.
Ximena estaba a unos pasos.
Yo acababa de salir del elevador cuando vi la escena.
Mi esposo.
Mi hermana.
Ella abrazada a su cintura.
Él con las manos sobre sus brazos.
Por un segundo no entendí nada.
O entendí demasiado.
Me quedé quieta con el bolso en la mano.
Qué oportuno, Ximena.
Subes a la empresa de tu esposo y lo encuentras en una escena de telenovela barata.
Dante también me vio.
Su expresión cambió apenas.
Pero sus manos se movieron más rápido.
Apartó a Lorena de golpe.
—Si no quieres que llame a seguridad, vete ahora.
La voz no tuvo nada de paciencia.
Lorena retrocedió, perdió un poco el equilibrio y casi chocó conmigo.
Yo me hice a un lado.
No por generosa.
Por instinto.
Lorena levantó la cara y me vio.
Sus ojos estaban rojos.
También llenos de odio.
No dijo nada. Se mordió el labio, giró y se fue por el pasillo.
Su espalda se veía rígida.
Y humillada.
Entonces entendí.
La otra “señora Montalvo” era ella.
Claro.
¿Quién más?
Cuando Lorena desapareció, el pasillo quedó demasiado silencioso.
Dante y yo nos miramos.
Ninguno habló.
Yo no sabía qué cara debía poner.
¿Esposa ofendida?
¿Mujer madura y comprensiva?
¿Persona que sólo vino a ver una Maserati y de pronto cayó en un drama familiar?
Elegí la tercera.
—¿No estabas con un cliente? —pregunté.
Dante me observó.
—Ya se fue.
—Ah.
Asentí.
—Entonces... ¿podemos ir a ver el coche?
Algo pasó en su cara.
No mucho. Dante era experto en cambiar medio milímetro y aun así hacerte sentir que la temperatura bajó.
—¿Eso es todo lo que quieres preguntar?
—¿Hay algo más?
—Si tienes dudas, pregunta.
—No tengo dudas.
Bueno.
Sí tenía.
Pero ninguna que quisiera decir en medio de su empresa, frente a un pasillo donde seguramente había tres secretarias fingiendo ordenar papeles.
Dante respiró por la nariz.
—Lorena me abrazó. Yo iba a apartarla cuando llegaste.
—Está bien.
—¿Está bien?
—Sí.
Su mirada se volvió más fija.
—¿No te molesta?
Me encogí apenas de hombros.
—No vi que tú la abrazaras.
Eso era verdad.
También era verdad que ver a Lorena pegada a él me había dado una punzada rara en el estómago.
Pero yo no iba a regalarle eso a nadie.
Menos a Dante.
—Además —agregué—, vine por el coche.
Dante se quedó callado.
Muy callado.
—Tengo que firmar unas cosas —dijo al fin.
—Está bien. Te espero.
—Ven a mi oficina.
Lo seguí.
Su oficina era enorme.
No enorme de “qué bonito escritorio”.
Enorme de “aquí se decide cuánto vale media ciudad”.
Todo era oscuro, limpio, frío: madera profunda, vidrio, metal negro, una mesa de trabajo impecable, libreros altos y un ventanal con la ciudad extendida abajo.
Me senté en el sofá que me señaló.
—¿Quieres algo?
—Agua está bien.
—¿Café?
Pensé un segundo.
—Café con leche. Medio dulce.
Dante tomó el teléfono del escritorio.
—Un café con leche, medio dulce.
Pausa.
—Y pastel de fresa.
Levanté la mirada.
¿Pastel de fresa?
Él no comía dulce.
Yo sí.
Y sólo me había visto comerlo una vez.
Me hice la distraída, pero algo se me calentó en el pecho.
Una secretaria entró poco después con una charola.
—Señor Montalvo, el café y el pastel.
Dante revisaba documentos.
Ni levantó la cabeza.
Sólo señaló hacia mí.
—Para ella.
La secretaria vino al sofá y dejó todo en la mesa.
—Señora, que lo disfrute.
—Gracias.
Me miró con curiosidad, pero no preguntó nada.
Apenas salió, las secretarias del piso ejecutivo ya tenían tema.
—Hay una chica en la oficina del señor Montalvo.
—¿La esposa?
—Seguro. Le mandó café y pastel.
—¿Pastel? Él nunca pide pastel.
—Está jovenísima. Y bonita. Como de esas que ni se maquillan y aun así te arruinan la autoestima.
—Con razón el señor se casó rápido.
Yo no escuché nada de eso.
Por suerte.
Estaba ocupada probando el café.
No estaba mal. Amargo, con leche, dulce apenas.
Luego tomé el pastel.
La primera cucharada fue perfecta.
Fresa fresca. Crema suave. Pan esponjoso.
Qué bendición.
Dante firmaba documentos en su escritorio.
O eso intentaba.
El sonido pequeño del tenedor contra el plato le llamó la atención.
Levantó la vista.
Ximena estaba sentada en el sofá, con una pierna cruzada bajo la otra, el plato en la mano. Comía pedacitos pequeños, concentrada, como si el mundo pudiera esperar mientras hubiera pastel.
Dante bajó los ojos a los documentos.
Volvió a subirlos.
Ella tenía un poco de crema en la comisura.
Sacó la lengua y la limpió.
Lento.
Sin saber lo que hacía.
La boca le quedó brillante.
Dante dejó de leer.
El deseo no llegó como una idea elegante.
Llegó bajo, directo, en el cuerpo.
Quiso besarla.
Ahí.
En su oficina.
Con la puerta cerrada y el sabor a fresa todavía en su lengua.
Apretó la pluma entre los dedos.
Ximena era su esposa.
No había nada indebido en querer besar a su esposa.
El problema era que la quería besar demasiado.
Sentí su mirada.
Levanté la vista con el tenedor a medio camino.
Dante me estaba viendo.
No al pastel.
A mí.
O eso creí.
Mi pulso se desordenó.
—¿Quieres pastel? —pregunté.
Su silencio me puso más nerviosa.
—Ven.
Creí que sí quería.
Qué ingenua.
Tomé otro plato, corté un pedacito y caminé hasta su escritorio.
—Está rico. Pruébalo.
Le acerqué el tenedor.
Dante no abrió la boca.
Me tomó la muñeca.
—Dante...
Con un movimiento rápido, me giró.
De pronto estaba sentada en sus piernas.
El pastel cayó sobre su saco.
Una mancha blanca de crema quedó en la tela oscura.
—Perdón. Perdón.
Tomé servilletas del escritorio y empecé a limpiarlo sin pensar.
Mi mano pasó por su pecho.
Una vez.
Otra.
Debajo de la tela, su cuerpo estaba firme.
Demasiado firme.
La mano de Dante se cerró en mi cintura.
Me jaló hacia él.
Choqué contra su pecho.
El aire se me fue.
—¿Qué haces? —susurré.
Mi voz sonó mal.
Demasiado débil.
Estaba sentada sobre su muslo. Su pierna estaba caliente, dura, y cada pequeño movimiento mío me hacía consciente de lugares que no quería nombrar.
Dante levantó la mano.
Su pulgar tocó mi labio inferior.
Me quedé inmóvil.
—¿Está rico?
—Sí.
La palabra salió rota.
Su dedo arrastró un poco de crema de mi boca.
No lo miré a los ojos.
Error.
Miré su boca.
Dante bajó la voz.
—Entonces voy a probar.
No me dio tiempo a contestar.
Su boca cayó sobre la mía.
Fuerte.
Caliente.
Con sabor a café, a fresa y a algo de él que me aflojó las manos sobre su saco.
El tenedor cayó en algún lado.
No me importó.